¡Dios debe tener la nata!
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas." Deuteronomio 6:5
La naturaleza del amor consiste en deleitarse en un objeto.
El amor a Dios es un fuego santo encendido en los afectos, mediante el cual un cristiano es llevado con fuerza tras Dios como el bien supremo.
El resumen de nuestro deber hacia Dios es el amor. El amor es el alma de la religión y aquello que constituye a un genuino cristiano. El amor es la reina de las gracias; ¡brilla y centellea en el ojo de Dios!
El conocimiento de la Escritura siempre precede al amor. El Espíritu resplandece sobre el entendimiento y revela las bellezas de la sabiduría, la santidad y la misericordia que hay en Dios. Estas son el imán que atrae y saca el amor hacia Dios. Quienes no conocen a Dios no pueden amarle.
Si es un amor sincero, amamos a Dios "con todo nuestro corazón." Dios quiere el corazón entero. No debemos dividir nuestro amor entre Él y el pecado. La verdadera madre no quiso que el niño fuera dividido, ni querrá Dios que el corazón sea dividido; tiene que ser el corazón entero.
Debemos amar a Dios por Él mismo, por sus propias excelencias intrínsecas. Debemos amarle por su hermosura.
"Es un amor de ramera amar la porción más que a la persona." Los hipócritas aman a Dios porque Él les da trigo y vino. El cristiano sincero ama a Dios por Él mismo; por aquellas perfecciones resplandecientes que hay en Él.
Debemos amar a Dios "con todas nuestras fuerzas", en el texto hebreo, "con toda nuestra vehemencia." Debemos amar a Dios tanto como nos sea posible. Los cristianos deberían ser como serafines, ardiendo en santo amor. Nunca podemos amar a Dios tanto como Él merece. Ni aun los ángeles en el cielo pueden amar a Dios tanto como Él merece.
El amor a Dios debe ser activo en su esfera. El amor es un afecto laborioso. Pone a la cabeza estudiando para Dios, a las manos trabajando, a los pies corriendo por los caminos de sus mandamientos. Se llama "la labor de amor." 1 Tesalonicenses 1:3. María Magdalena amó a Cristo y derramó sus perfumes sobre Él. Pensamos que nunca hacemos lo suficiente por la persona a quien amamos.
El amor a Dios debe ser superlativo. Dios es la esencia de la hermosura, todo un paraíso de deleite. Él debe tener la prioridad en nuestro amor. Nuestro amor a Dios debe estar por encima de todas las demás cosas, como el aceite flota sobre el agua. Debemos amar a Dios por encima de la hacienda y de los parientes. Podemos dar a la criatura la leche de nuestro amor, ¡pero Dios debe tener la nata! La esposa guarda el jugo de sus granadas para Cristo. Cantares 8:2.
Nuestro amor a Dios debe ser constante. El amor debe ser como el movimiento del pulso, que late mientras hay vida. "Las muchas aguas no podrán apagar el amor." Cantares 8:7.
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Watson
Título original: Los Diez Mandamientos — God must have the cream
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Watson, publicado originalmente en Grace Gems.