Jesús da aquí algunas instrucciones acerca de la disposición en que debe hacerse la oración. En la oración del Señor se nos indica decir: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». Esta petición parece como pedir a Dios que no nos perdone si no perdonamos a otros. Algunos podrían haber deseado que se omitiera una parte de la frase, y que se les instruyera simplemente a pedir a Dios que los perdonara, perdonen o no a otros. Pero de nada serviría hacer tal oración; porque Dios ha determinado no perdonarnos a menos que perdonemos a otros.
Es necesario, por tanto, indagar si de verdad los perdonamos; pues nuestro corazón es tan engañoso que nos imaginamos fácilmente que perdonamos, cuando aún albergamos rencor contra un hermano que nos ha ofendido. ¿Cuáles son, entonces, las señales de haber perdonado de verdad a un ofensor? Cuando le hemos perdonado de corazón, dejamos de recrearnos en el pensamiento de su ofensa, y no hallamos placer en hablar de ella. Cuando le hemos perdonado de corazón, ni deseamos que le sobrevenga ningún mal, ni nos alegrarnos si le sobreviene; al contrario, deseamos que le ocurra toda clase de bienes. Cuando le hemos perdonado de corazón, ni hablamos con amargura de él nosotros mismos, ni nos sentimos satisfechos si oímos a otros hablar duramente de él. Esta última, acaso, es la mejor prueba de nuestro estado de ánimo; pues algunos que no se atreverían a hablar duramente de un enemigo, se alegrarían de oír que otros lo hacen. Estos deben ser nuestros sentimientos aun hacia quien no nos ha pedido perdón; pero si nuestro hermano ofensor nos pide que le perdonemos, debemos restituirle a la amistad y al cariño, y nuestro corazón debe volverse a él como antes; y así debemos seguir actuando, a pesar de ofensas repetidas.
¿Es cosa fácil perdonar así? ¡No! Es imposible a la naturaleza, y solo puede realizarse por el Espíritu Santo, que obra en nuestros corazones el sentido de nuestra propia indignidad, nos llena de amor a Dios por su misericordia hacia nosotros, y luego de amor a nuestros semejantes.
Aunque miles ofrecen cada día esta oración de nuestro Señor, solo es aceptada de aquellos cuyos corazones son renovados por la gracia. Antes de que nuestras oraciones sean aceptadas, nosotros mismos debemos ser aceptados. La ofrenda de Caín no fue aceptada por Dios, porque él mismo no era aceptado. La ofrenda de Abel fue aceptada, porque él mismo era aceptado. ¿Queremos, pues, ofrecer oraciones aceptables? Primero debemos entregarnos nosotros mismos al Señor; debemos venir en el nombre de Jesús, y a causa de su sacrificio que ofreció en la cruz, Dios nos aceptará, renovará nuestros corazones por su gracia y responderá nuestras oraciones. Dios no puede ser burlado. El hombre gladly querría contentar a Dios con oraciones formales y sin corazón; pero Él no las recibirá. Desprecia la ofrenda y dice: «¿Quién demanda esto de vuestras manos, para pisotear mis atrios? Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; y cuando multipliquéis oraciones, yo no oiré».
Pero que ningún pecador arrepentido se desaliente por estas declaraciones. Podemos acudir con nuestros pecados a Cristo, si nos son dolor y carga, pues solo Él puede perdonarlos, y solo Él puede someterlos. Su Espíritu Santo nos hará aborrecer nuestros pecados, nos ayudará a luchar contra ellos y nos capacitará para vencerlos.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ declares whom God will forgive
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.