Las puertas de la oración

Acércate a Dios en tu debilidad y halla gracia diaria

Una oración de humilde dependencia en la gracia de Dios, pidiendo ser guardado del pecado y sostenido en la debilidad para vivir cada día sometido a Su voluntad.

LAS PUERTAS DE LA ORACIÓN

LAS PUERTAS DE LA ORACIÓN

por John MacDuff

FRAGMENTOS ESCOGIDOS

Padre celestial, Dios Todopoderoso y Eterno, me acerco a Tu grata presencia. En la extrema debilidad que es la mía, pueda yo apoyarme en Tu brazo Todopoderoso: sosténme, y estaré seguro. Presérvame del poder insinuante y seductor del mundo, y de la traición y el engaño de mi propio corazón malo. Ordena mis pasos en Tu palabra, y que ninguna iniquidad tenga dominio sobre mí.

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Esperando en Ti de nuevo, pueda yo recibir fortaleza y valor para todos los deberes de un nuevo día. Quisiera confiar a Tu oído cada necesidad, cada cuidado, cada pesar, cada cruz.

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Inspírame una piadosa sumisión a Tu voluntad, sabiendo que todo cuanto Tú dispones ha de ser lo mejor. Presérvame de la irritabilidad y el disgusto, de la petulancia en el genio y la precipitación en el hablar, de la codicia y el egoísmo.

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Señor, vengo reconociendo mi gran indignidad. Vengo con mi pobreza e impotencia, mis dudas y conflictos, mis enemigos y temores, mis dificultades y perplejidades, mis pesares y mis pecados. Quisiera depositar la pesada carga de todo ello a los pies de la cruz del Redentor. En esa cruz sola quisiera gloriarme. Aparto la mirada de mí mismo para fijarla en Su obra consumada. Lávame completamente de mi iniquidad y límpiame de mi pecado.

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Con demasiada frecuencia he buscado la felicidad en objetos y propósitos que no logran satisfacer los anhelos del espíritu inmortal. ¡Señor, ten misericordia de mí! Sálvame de los pecados que más fácilmente me enredan. Del amor al mundo que aleja mis afectos de las realidades celestiales; del amor a mí mismo que se interpone a la entera consagración del corazón a Cristo; de la codicia que endurece; de la impureza que envilece y esclaviza. De toda concupiscencia mala, y pasión, y genio, ¡buen Señor, líbrame! Consciente de mi propia y absoluta debilidad, quisiera buscar los recursos de Tu gracia prometida. Solo por ella permanezco. Si me es concedido resistir hoy la tentación, es obra tuya del todo. Eres Tú quien me sostiene con Tu diestra. El poder humano es impotente para romper las cadenas del pecado y de Satanás.

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Te bendigo porque, como el Buen Pastor que diste Tu propia vida por las ovejas, la más débil, la más cansada, la más cargada del rebaño puede reclamar Tu atención. Tú nos señalas nuestro pasto. Conoces a Tus ovejas por nombre y las conduces afuera. Si a veces no puedo comprender el misterio de Tus tratos, si a veces me conduces por sendas espinosas, enseñando mediante designios cruzados y expectativas frustradas y burladas, pueda ser mío confiar en Tu sabiduría infalible. Que pueda confiar implícitamente en Tu fidelidad, glorificando Tu santo nombre con una sumisión sin reservas, diciendo: «Señor, heme aquí; haz de mí y conmigo como mejor te parezca a Tus ojos.» «Aunque me mates, en Ti confiaré.» Fortalecido en Tu gracia, que pueda esforzarme por vivir bajo el dominio de aquel motivo más elevado: que todo lo que te agrada me ha de agradar a mí; que todo lo que sea Tu santa voluntad sea la mía.

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Si la senda de la prosperidad fuere accidentada, si los apoyos humanos fallan, si los refugios humanos se revelan como refugios de mentiras, si los bienes mundanos se mermen, si el amor terrenal muere, que lo perecedero y corruptible solo me acerque más a lo incorruptible, a buscar una comunión más íntima y estrecha con Aquel en cuya presencia hay plenitud de gozo. Así, confiando en Ti y amándote, que pueda elevarme por encima de todo lo pasajero y mudable que me rodea.

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Oh Padre, traigo todas mis necesidades y mis pecados, mis dificultades y pruebas y perplejidades, y las derramo en el oído amoroso de mi Padre-Dios tan lleno de amor. Guárdame de vivir como si este mundo fuera mi descanso final, mi hogar y mi porción. Que busque más bien vivir día tras día como alguien cuyo verdadero hogar está arriba. Que confíe en el amor de un Padre, en la mano de un Padre, en el corazón de un Padre, en la vara de un Padre; considerando Tus tratos como disciplina necesaria; y honrándote con una sumisión sencilla, confiada y sin reservas.

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Adorable Redentor, concédeme gracia para que sea cada vez más asimilado a Tu santa imagen, y cada vez más moldeado conforme a Tu santa voluntad. Transmíteme Tu mansedumbre, Tu humildad, Tu gentileza, Tu perdón de las injurias, Tu tierna consideración hacia los demás; aquella paciencia bajo la provocación que te hizo estar como Cordero silencioso delante de Tus trasquiladores. Hazme más humilde y amoroso, más resignado y sumiso. Que viva bajo el poder de afectos renovados. Levántame por encima de todos los afanes inquietos y temores tímidos, por encima de toda ansiedad morbosa y preocupación por bagatelas.

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Oh Salvador-Dios inmutable, condúceme a Ti mismo, a la Roca que es más alta que yo. Cualquiera que sea la causa de mis pruebas, que pueda decir, en sumisión sin murmurar ni quejarse: «¡Así sea, Padre!» En medio de la salud quebrantada, y los planes frustrados, y las esperanzas decepcionadas, y los corazones rotos, y las voces acalladas por la muerte, pueda ser mío exclamar con júbilo, mientras miro a Aquel que sobrevive a toda pérdida y vacío: «Ellos perecerán, mas Tú permaneces; como un vestido los envolverás, y serán mudados; pero TÚ eres el mismo, y Tus años no acabarán.»

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Oh Dios, que eres el refugio de todos los que te buscan, que conozca hoy la bienaventuranza de aquellos que habitan al amparo del Altísimo, y se mantienen bajo la sombra del Omnipotente. Me regocijo de que jamás esté un solo instante sin Tu tutela y cuidado, de que rodeas mi camino y mi yacer, y conoces todos mis caminos. En medio de todos los cambios, Tú eres el Permanente. Los gozos del mundo son sombra y fugaces: se burlan de la mano que los aferra; los refugios del mundo son refugios de mentiras. Mas en el pabellón de Tu amor estoy siempre seguro y a salvo. Escóndeme allí hasta que las calamidades de la tierra hayan pasado. Te adoro como el Supremo Dispositor de todos los acontecimientos. Tus propósitos ningún accidente los cambia; Tu fidelidad ningún tiempo la menoscaba; Tus consejos ningún ser creado los puede cuestionar ni resistir. Bendiciones y pruebas, consuelos y cruces, vienen igualmente de Ti. Tú envías la calabacera. Tú envías el gusano. ¿No hará el Juez de toda la tierra lo recto? Te adoro de manera especial como el Dios de Salvación, y te alabo por las riquezas de Tu gracia soberana en Jesús.

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Vengo a Ti, Bendito Señor, dándote gracias por todas Tus misericordias. ¡Cuán múltiples han sido las pruebas y señales de Tu bondad y fidelidad! El pasado ha sido empedrado con amor. No hay amigo en el mundo que haya sido como Tú, ni nadie tan dispuesto a socorrerme. Me has colmado con las bendiciones de Tu bondad. Mientras otros han sido puestos en camas de enfermedad o segados por la muerte repentina, yo estoy aún entre los vivos para alabarte. Sobre todo, me has concedido el Don de los dones, aquel Don que en magnitud y preciosidad empequeñece y absorbe a todos los demás. ¡Gracias sean a Dios por su Don inefable! Bien puede la vida ser un himno perpetuo de gratitud por todas Tus misericordias inmerecidas, tanto temporales como espirituales. Soy indigno aun del menor de ellas. A Tu libre y soberana gracia abundante debo todo ello. No a mí, oh Señor, no a mí, sino a Tu nombre daría yo gloria, por Tu misericordia y por Tu verdad.

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Señor, he de lamentar mi constante inclinación a apartarme de Ti, la inestabilidad de mis mejores resoluciones, la volubilidad de mis mejores disposiciones y sentimientos, la mezquindad de mis mejores motivos. Confieso, sin reserva, los pecados de mi corazón, de mis labios, de mi vida; los deberes omitidos, las misericordias abusadas, las advertencias no santificadas, el amor al mundo, el amor a la comodidad, el amor a mí mismo; el tomar Tus dones y olvidar al Dador. Bendito Salvador, ten misericordia de mí. Confío en Tu infinito poder y sabiduría. Hay una virtud en Tu nombre para calmar todo temor y aquietar toda pena. Di, en el poder de Tu omnipotencia y amor entrañados: «¡Tus pecados te son todos perdonados!» Me lanzo sobre Ti, lo mismo para el tiempo que para la eternidad. En la vida, que sienta el poder de Tu gracia sostenedora; en la angustia, el apoyo de Tus tiernos consuelos; y en la muerte, la suficiencia total de Tus promesas grandes y preciosas.

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Prepárame hoy para la batalla de la vida. Confiando en los auxilios prometidos de Tu Espíritu, que pueda resistir al mundo, la carne y el diablo. Guárdame del amor absorbente de este mundo, de todas las sendas prohibidas, de todo terreno dudoso y controvertido. Presérvame de las concupiscencias que envilecen, del egoísmo que endurece, de la ira o malicia que, si no se reprime ni se refrena, puede crecer hasta la malevolencia.

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Que los gozos del camino y las pruebas del camino me acerquen por igual al cielo y a Ti.

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Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE GATES OF PRAYER — Parte 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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