La soledad endulzada

Adoramos a un Dios que apenas conocemos

Aun en nuestra devoción adoramos a un Dios que excede toda comprensión; junto a la reverencia y la ignorancia, damos gracias porque el Hijo unigénito nos lo ha declarado, y anhelamos el día de la gloria.

Fue una pregunta propuesta hace mucho, por un gran maestro, en sus divinas lecciones acerca de Dios: "¿Cuál es su nombre, y cuál es el nombre de su Hijo, si lo sabes?" Y permanece sin respuesta hasta el día de hoy: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo." Ahora bien, esta revelación, debido a nuestra ignorancia, no puede ser luminosa; pues si, cuando el gran Maestro nos hablaba de cosas terrenales, no podíamos entenderlas, ¿cuánto menos si nos hablara de cosas celestiales, y sobre todo si nos revelara los misterios de su eterna Deidad?

¡Ay! ¿No soy yo, en cierto sentido, un pagano cristiano —si me es permitida la expresión— mientras rindo mis devociones al Dios desconocido? Ando en el crepúsculo, adoro en una nube, y doy culto a quien no conozco. Pero ¿no adoro a Dios? Bien, ¿qué es Dios? ¿No es un espíritu infinito, eterno e inmutable; sabio, poderoso, santo, justo, bueno, misericordioso, fiel, omnisciente y omnipresente? Pero qué es ser infinito, eterno e inmutable, ni puedo concebirlo ni expresarlo. Extiendo mis pensamientos hacia el infinito hasta perderme en el abismo insondable; considero su duración eterna antes que el tiempo comenzara y cuando el tiempo ya no sea, hasta que todos mis pensamientos quedan absorbidos. Pero cuando he hecho mi utmost, mis concepciones sólo forman algunas grandes ideas de una criatura; pues como mis pensamientos de su infinitud están circunscritos dentro de límites, y los de su eternidad llegan a un fin, pertenecen a una criatura y no al Creador. ¿Cómo, pues, puedo reparar el agravio hecho a su majestad por mis pensamientos rastreros? Sólo así, confesando que, después de todo mi esfuerzo, cada una de sus perfecciones sigue siendo infinitamente superior a todo cuanto pueda decir o pensar.

Por tanto, una a mi reverencia con mi ignorancia; el santo temor con mis concepciones superficiales de Dios; y el amor ardiente y la profunda humildad con todas mis devociones. Consciente de que el solemne misterio no pudo ser revelado por nadie, porque nadie ha visto ni conocido a Dios, dé gracias por que "el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, le ha dado a conocer."

Cada perfección divina, cada atributo adorable, es más que suficiente para absorber el estudio y la atención de hombres y ángeles para siempre; y cuanto más escudriñan y cuanto más tiempo aprenden, más ven y confiesan que Dios es infinito y desconocido.

¿Cuándo alboreará aquella gloriosa mañana, en que mi ignorancia, como las nieblas matutinas que huyen ante el sol naciente, no será más, y el gran Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe me declarará, a la luz de la gloria, al Dios que ahora, en el mejor de los casos, adoro ignorantemente?

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Still ignorant of God below

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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