Religión entre semana

Amar a los demás como Cristo nos amó

Amar a los demás va más allá del afecto natural: incluye a los inconvenientes, se expresa en hechos amables y resiste la prueba del trato cotidiano sin fallar.

«Un mandamiento nuevo les doy: Ámense los unos a los otros. Como los he amado, así también deben amarse los unos a los otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.» Juan 13:34-35

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?» Jesús respondió: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. Y el segundo es semejante: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley y los Profetas dependen de estos dos mandamientos.» Mateo 22:36-40

Junto al amor a Dios viene el deber de amar a los demás. La mayoría de la gente encuentra conveniente, en la vida práctica, limitar el alcance de la ley. En la antigua interpretación judía, los enemigos quedaban excluidos; debían ser odiados. Esto hacía que el mandamiento de amar a los demás fuera fácil de observar. Sin ningún glosa rabínica ni tradición de los ancianos que nos justifique, mientras conservamos el texto en su pureza y lo leemos en nuestras Biblias con énfasis y aprobación, es seriamente cuestionable si seguimos el mandamiento mucho más de cerca que los religionistas del tiempo de nuestro Señor.

Hay algunas personas a quienes no es difícil amar, y para con quienes es bastante fácil sentir afecto amable. Son afines a nuestro gusto. Nos sentimos atraídos a ellos por sus cualidades amables o sus modales encantadores; o su trato con nosotros es tan bondadoso y generoso que gana nuestro afecto. Es fácil amar a tales personas.

Pero hay otros para con quienes no sentimos naturalmente esa atracción. No son afines, tal vez no amables. Tienen rasgos desagradables o irritantes. Ciertas faltas estropean la belleza de su carácter, o nos tratan con rudeza y descortesía. No nos resulta nada fácil conducirnos hacia ellos con toda la paciencia, la gentileza, la consideración y la disposición a ayudar del amor. Y, sin embargo, eso es lo que se requiere de quienes quieren seguir las huellas del Señor.

«Si aman a los que los aman, ¿qué recompensa tendrán? ¿No hacen eso mismo los recaudadores de impuestos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué de más hacen? ¿No hacen eso incluso los paganos?» Mateo 5:46-47. Aun los impíos aman a quienes los aman. Aun los impíos hacen bien a quienes les hacen bien. Aun los impíos prestan a aquellos de quienes esperan recibir algo a cambio. Pero nosotros debemos hacer más. Debemos amar a nuestros enemigos. No hemos de escoger de entre la masa que nos rodea a unos pocos a quienes aplicar la ley del amor. Podemos tener nuestros amigos especiales, como los tuvo Jesús, hacia quienes vuelven nuestros corazones y vidas en busca de esa profunda comunión que toda alma pura y verdadera anhela; pero, como él también, debemos amar a todos y mostrar a todos los oficios más santos del amor.

No basta con tener el amor en el corazón; necesitamos atender también a la expresión del amor. En los árboles desnudos y dentados que se yerguen como esqueletos descarnados en los primeros días de primavera hay miles de intenciones de hoja y fruto, pero están plegados y escondidos en yemas sin abrir. Así creo que hay en muchas vidas pensamientos y propósitos de amor que no se revelan. El amor está en el corazón, pero le falta expresión. Muchas veces se pronuncia precisamente lo contrario del pensamiento amable. De muchos labios se deja escapar la palabra impaciente o el tono de amargura mientras el verdadero amor habita en lo profundo del corazón.

La mayoría de los cristianos son mejores de lo que parecen. Hay hombres excelentes cuya bondad es áspera y fría, como las rocas de granito desnudo. Es fuerte, firme, verdadera, recta, pero carece de las gracias más finas de la bondad más propia de Cristo. Es muy posible amar y no ser afectuosamente amable. Hay hogares donde hay un amor que haría cualquier sacrificio, pero donde los corazones se mueren de hambre por la expresión amable. Hay escasez de esas palabras tiernas y pequeños actos atentos que una verdadera gentileza sugeriría. Hay padres que aman a sus hijos y darían la vida por ellos, y sin embargo carecen de aquellas expresiones amables que tanto endulzan la relación paternal.

Hay amistades suficientemente verdaderas, pero que no están santificadas por aquellas atenciones graciosas y aquellas muestras de consideración que cuestan tan poco y valen tanto. Hay hombres cuyos corazones están llenos de disposiciones benevolentes hacia los necesitados y de sincera simpatía por los que sufren, en cuyas vidas ninguno de estos pensamientos benévolos o sentimientos de compasión toma forma práctica. Hay hombres de natura amable cuyos modales son ásperos y rudos. Hay otros que se jactan de una franqueza honesta al hablar, cuyas palabras son tan duras o inoportunas que causan dolor inmenso. ¡Y qué rara es aquella sabia tacto que parece saber siempre de qué carece el otro, y que llega siempre en el momento justo con su delicada atención, su ministerio sin ostentación, su ayuda callada!

Hay gran necesidad, por tanto, de reflexión sobre la expresión adecuada del amor. El sentimiento amable debe hallar algún modo de expresarse, un modo, además, acorde con la belleza del sentimiento. Muchos pensamientos hermosos pierden toda su hermosura cuando se revisten de palabra o de obra. La benevolencia del corazón debe mostrarse en amabilidad de trato y en obras de misericordia. El modo es tan importante como el asunto. El hombre rudo nunca podrá impartir mucha felicidad a otros. La bondad debe expresarse bondadosamente.

La verdadera prueba del amor cristiano está en las relaciones más cercanas de la vida. Hay una gran diferencia entre amar a personas que nunca vimos ni veremos y a aquellas con quienes nos relacionamos continuamente en contacto real. Hay personas cuyas almas arden de amor por los paganos en tinieblas de lejanas tierras, que fracasan del todo en amar a sus vecinos más cercanos o a quienes los rodean cada día en los negocios y la sociedad. Sin duda es más fácil amar a algunas personas a la distancia.

La distancia presta encanto a muchas vidas, así como un paisaje agreste y lejano puede parecer encantadoramente pintoresco. No podemos ver sus faltas y manchas. No estamos obligados a soportar sus cualidades displacenteras o desagradables. No nos encontramos con ellos en las rivalidades de los negocios ni en las fricciones de la vida social. No vemos nada de la mezquindad y el egoísmo que una asociación más cercana revelaría en ellos. Nuestras vidas no son rozadas en ningún punto por las suyas, y por tanto no puede haber fricción. Si fuéramos llevados a una asociación cercana con ellos, ¡nuestro interés en ellos podría disminuir! Muchos hombres que fueron excelentes amigos mientras se encontraban ocasionalmente y en circunstancias favorables dejaron de serlo cuando fueron puestos en contacto estrecho en las fricciones de la vida diaria. Pocos son los caracteres que resisten el lente microscópico.

Pero la prueba del verdadero amor cristiano es que no falla aun en las relaciones más estrechas, en las fricciones más difíciles de la vida real, donde los hombres tan a menudo se muestran en su peor aspecto. El amor todo lo soporta y nunca falla. Cuando en alguien que hemos estimado aparecen faltas o manchas hasta entonces no reveladas ni sospechadas, no por eso debemos amarlo menos. Pueden surgir cualidades desagradables en un trato más estrecho, que romperán el encanto que prestaba la distancia y pondrán a prueba dolorosamente la autenticidad de nuestro amor. Puede haber faltas o excentricidades que estropeen dolorosamente la belleza del carácter de los hombres, haciéndolos incongeniales. Sus acciones hacia nosotros pueden darnos causa aparente para negarles la cortesía y la bondad que acostumbramos manifestar a todos.

Y, sin embargo, ninguna de estas cosas modifica la ley del amor ni restringe su aplicación. En todo nuestro trato con ellos, nuestro trato ha de ser en el espíritu de la caridad más dulce. Ninguna rudeza de ellos debe provocarnos a responder con rudeza. Por muy desagradable que sea para nuestro espíritu sus hábitos o modales, debemos tratarlos con cortesía invariable. Aun las injurias y la injusticia de ellos hacia nosotros deben responderse solo con ese amor que todo lo soporta y no se irrita fácilmente, con la respuesta suave que aplaca la ira, y con la mansedumbre que, cuando es injuriada, no injuria de retorno.

La ley del amor, sin embargo, no ha de retorcerse en aplicaciones nunca intentadas. No se nos exige llevar a toda clase de personas a la compañía íntima o la sagrada amistad. Hay muchos de quienes se nos manda separarnos. Aun entre los piadosos, se permite a nuestros corazones elegir sus afinidades. Sin embargo, debemos nutrir el amor hacia todos. Ante las cualidades más repulsivas, aun bajo las ofensas más profundas, debemos todavía mantener y mostrar el amor en toda su ternura, paciencia, consideración, compasión y disposición a ayudar, no el amor que llama bien al mal, sino el amor que desea para otros las bendiciones que buscamos para nosotros mismos.

Para ayudar a soportar a personas desagradables o a quienes tienen cualidades poco amables, nada hay mejor que un deseo sincero de hacerles bien. Hay un lado mejor en todo carácter marchito o distorsionado. Escondidas bajo las manchas están las semillas y posibilidades de una vida noble y hermosa. Cristo ve tras el exterior más defectuoso aquello que, por su gracia, puede transformar en santidad celestial. Debemos mirar aun a los peores hombres del mismo modo, y considerar nuestro encargo hacia ellos el de ayudar a hacer surgir en ellos la belleza posible. Hay una «llave» en algún lugar para abrir cualquier corazón, y una mano que puede mejorar toda vida. Si encontramos a hombres y mujeres, por distorsionado que sea su carácter, con un deseo sincero de ayudarles y bendecirles, hallaremos fácil soportarlos y tratarlos con amor.

Longfellow dice: «Si pudiéramos leer la historia secreta de nuestros enemigos, encontraríamos en la vida de cada uno dolor y sufrimiento suficientes para desarmar toda hostilidad». Siempre nos sentimos amables y hablamos suavemente en presencia del sufrimiento. Hay algo en nosotros que nos mueve a extender simpatía y ayuda a quien tiene pena. Recordar que en toda vida hay pesares ocultos contribuiría mucho a ayudarnos a observar para con todos la ley del amor.

Un artista solía decir a sus discípulos: «El final del día es la prueba del cuadro». Quería decir que el momento más favorable para juzgar la excelencia de una pintura es la hora del crepúsculo, cuando no hay luz suficiente para distinguir los detalles. Entonces no pueden verse los defectos de ejecución, y el pensamiento del artista resplandece en su belleza más rica.

Del mismo modo, el final del día de la vida es el momento más verdadero para mirar el carácter humano. Al mediodía, bajo el resplandor, aparecen todas las faltas de los hombres. Los celos, las emulaciones y las rivalidades nos muestran unos a otros en el calor del choque, manifestando la vida bajo la luz más desfavorable. Solemos poner la peor interpretación sobre las acciones y los motivos de cada uno. Nos vemos unos a otros a través del lente defectuoso y distorsionador de nuestro propio egoísmo. Todo lo malo aparece magnificado, y muchas de las cosas mejores no se perciben o se muestran en falsos marcos. Pero cuando las sombras de la tarde de la eternidad comienzan a caer sobre nosotros, nos vemos unos a otros con las asperezas suavizadas y las manchas cubiertas por el velo de la caridad. Cuando se acallan las competencias encarnizadas, vemos a los hombres con luz más verdadera. Entonces hacemos justicia a sus virtudes y mejores cualidades. La envidia y el prejuicio en nosotros ya no magnifican el mal que hay en ellos, mientras que el bien resplandece en esplendor transfigurado. Cuando nos sentamos junto al lecho de muerte de un hombre, no tenemos juicios duros que pronunciar. Aparecen bellezas que nunca habíamos observado, y las imperfecciones se desvanecen en el brillo suave y melancólico que fluye desde las puertas del mundo eterno.

¡Con cuánta bondad nos sentimos hacia él en esa hora! ¿No podemos aprender a mirar a los hombres siempre como los miraremos al final del día? Entonces será fácil sentir y mostrar hacia todos ese amor que nunca falla, que no piensa el mal, que todo lo espera.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: On Loving Others

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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