Está escrito en Levítico 19: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Los fariseos habían dado durante muchas generaciones una explicación muy imperfecta de esta ley, pues no habían explicado rectamente el término «prójimo». Habían declarado que se aplicaba a quienes nos amaban y excluía a quienes nos odiaban. Pero esto no era verdad. Todo ser humano es, en cierto sentido, nuestro prójimo; se nos manda, por tanto, amar a todos. Dios nunca había dicho: «Aborreces a tu enemigo»; pues aunque había mandado a los judíos no trabar amistad con las naciones paganas, nunca les ordenó odiarlas ni dañarlas por sentimientos de venganza. Fue el hombre quien añadió: «Aborreces a tu enemigo». ¡Cuán fácil era obedecer tal ley! Por naturaleza amamos a nuestros amigos y odiamos a nuestros enemigos. Como dijo Cristo: «Aun los publicanos aman a los que los aman». Los publicanos eran gente de mal carácter, que por lo común defraudaban al recaudar los tributos y por ello eran muy despreciados; sin embargo, aun ellos trataban con bondad y respeto a sus amigos íntimos. Los fariseos no tenían motivo para enorgullecerse de una justicia tal.
Bien podía nuestro Salvador decir a sus discípulos: «Si su justicia no excede a la de los escribas y fariseos, de ningún modo entrarán en el reino de los cielos». Y, con todo, esta es la clase de justicia que los hombres aún creen suficiente para hacerlos merecedores de la felicidad eterna. ¡Con cuánta frecuencia se oye decir: «¿No he sido buena madre para mis hijos, amiga fiel, hermano bondadoso? ¿Qué mal he hecho?» ¡Y reclaman a Dios una recompensa por una bondad así! Pero nuestro Salvador espera mucho más de sus discípulos: espera que amen a quienes los odian, que les hablen con amabilidad a pesar de sus palabras injuriosas, y que oren por ellos no obstante las injurias repetidas. Y aun esta conducta no merece recompensa, porque no es más que nuestro deber.
¿Decimos acaso: cómo nos es posible hacer esto? Es imposible sin un corazón nuevo. Somos demasiado pecadores para ello. Los que han sido renovados por la gracia son capacitados para amar a sus enemigos. Los misioneros que fueron a Groenlandia a habitar entre llanuras de nieve y montañas de hielo fueron tratados con la mayor dureza por los nativos. En una ocasión, el barco que debía traerles provisiones no llegó a tiempo y quedaron al borde del hambre, pues no podían procurarse alimento cazando focas como los naturales. Los crueles groenlandeses se burlaron de su sufrimiento y se negaron a ayudarlos. Por fin llegó el barco con provisiones; los misioneros habrían podido volver a su patria, pero permanecieron en Groenlandia. Poco después, muchos de los nativos padecieron necesidad porque, por su imprevisión, agotaron sus reservas de verano. ¿Se negaron los misioneros a alimentarlos? Compartieron con ellos sus escasos víveres. Cuando el pueblo fue atacado por la viruela, los misioneros los cuidaron con suma ternura. Esta conducta tuvo gran efecto en ablandar el ánimo de los paganos hacia sus maestros y en disponerlos a recibir su mensaje. Es con tal proceder como mostramos que somos hijos de Dios.
¿Cómo se conduce Dios con el hombre ingrato? Nuestro Salvador recordó a sus discípulos que Dios envía la lluvia y la luz del día a todos, aun a quienes lo aborrecen. Pero entonces no habló de una prueba aún mayor de amor: el don de su Hijo. Por un justo, alguno se atrevería a morir; pero Dios muestra su amor para con nosotros en que, siendo aún enemigos, fuimos reconciliados con él por la muerte de su Hijo. Esto nos muestra qué clase de amor debemos sentir por nuestros enemigos: el mismo que Dios siente por nosotros. No el amor de aprobación, que solo podemos sentir por los justos, sino el amor de compasión. Es ese amor el que Dios sintió por el mundo al dar a su Hijo para morir por él. Amar a un enemigo es ser perfecto, pues es tener caridad, el vínculo de la perfección. Si tenemos esta caridad, este amor a todos, somos semejantes a Dios, aunque nuestro amor jamás pueda ser tan grande como el suyo.
Si deseamos sinceramente la salvación de nuestros enemigos, podemos saber que somos hijos de Dios. Esforcémonos por ablandar sus corazones con actos de bondad. Tales esfuerzos son a menudo bendecidos para la conversión de los pecadores. Un hombre santo fue encarcelado por la verdad y obligado a compartir la celda con un asesino. La conducta de su malvado compañero era tan insoportable que su compañero de prisión se quejó ante los encargados. Se emitió una orden de trasladar al asesino a otro calabozo. Cuando el desdichado oyó a qué lugar sería llevado, su consternación fue grande, pues sabía que la humedad y el encierro de aquel calabozo le costarían la vida en pocos días. Imploró a su compañero, con muchas lágrimas, que pidiera revocar la sentencia. El hombre santo juzgó deber suyo acceder a estos ruegos y solicitó que el asesino pudiera quedarse con él. Su petición fue concedida, con la condición de que no se quejaría más de la conducta de su compañero. El asesino fue conmovido por la generosidad del hombre que antes había odiado y molestado. Se echó a sus pies y, con lágrimas de gratitud, le imploró perdón. Desde entonces escuchó sus instrucciones y, por la gracia de Dios, se arrepintió y creyó el Evangelio.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ enjoins the forgiveness of enemies
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.