¿Qué es contar nuestros días? Una manera es llevar un registro cuidadoso de ellos. Ese es un conteo matemático. Decimos que tenemos tantos años. Anotamos nuestros cumpleaños. Pero no es ese el conteo que se desea en la antigua oración bíblica: «Enséñanos a contar nuestros días». La mera suma de días no es vivir. Hay quienes, con sus años, no dejan ninguna bendición en el mundo, y no recogen en su propio corazón ningún crecimiento del bien ni de la sabiduría a medida que avanzan por la vida. Hay personas que llegan a vivir setenta años, ochenta años, que bien podrían no haber nacido jamás.
Otra manera de contar nuestros días se ilustra con la historia de un prisionero. Cuando entró por primera vez en su celda, hizo marcas en la pared, correspondientes a todos los días de la condena que iba a cumplir. Luego, al final de cada día, borraba una marca. Tenía un día más de vida carcelaria cumplido, y un día menos por delante para permanecer allí. Continuó este proceso hasta que hubo completado el tiempo de su encarcelamiento. Cada uno de nosotros, cada noche, tiene un día más borrado de su tiempo designado sobre la tierra. Un día más se ha ido, con sus oportunidades, sus privilegios, sus deberes, sus responsabilidades, idos para siempre. Nunca podremos recuperarlo para cambiar nada, para deshacer algún mal cometido en él, para cumplir algún deber omitido que le pertenecía, para tomar algún don o bendición que se nos ofreció y rechazamos durante las horas luminosas, para aprovechar alguna oportunidad que llegó y ya pasó.
Hay algo sobrecogedor en este pensamiento de la irreversibilidad del tiempo pasado. Al cerrar un día, una línea más se borra de la columna, y se va de nosotros para siempre. Si hemos vivido bien el día, todo está en orden. Los días que se van de nosotros llenos de una vida verdadera, dulce y noble, la pequeña página escrita toda ella con pensamientos puros y blancos, y con registros de hechos bondadosos, no necesitan ser jamás objeto de lamento. Pero es triste tener que borrar las líneas de días de ociosidad, de impureza, de egoísmo, de oportunidades perdidas, de privilegios y bendiciones no aceptados. Ese conteo de los días no es el que Moisés tenía en mente. Tales días son días perdidos.
La verdadera manera de contar nuestros días se sugiere en la oración del antiguo Salmo cuando la leemos por completo: «Enséñanos a contar nuestros días, para que tengamos un corazón de sabiduría». Hemos de vivir nuestros días, a medida que pasan, de tal modo que saquemos de ellos nueva sabiduría. Las lecciones de la vida no pueden aprenderse todas de los libros. Las enseñanzas pueden quedar escritas en los libros, pero solo en la vivencia real podemos aprenderlas. Por ejemplo, la paciencia. Un libro o un maestro pueden decirnos con mucha claridad qué es la paciencia, qué hace, cómo se comporta en medio de las fricciones de la vida; pero aprender todo eso no nos hará pacientes. Tenemos que adquirir nuestra paciencia en la escuela de la vida.
Hablamos de aprender de la experiencia de otras personas. Hay cosas que podemos obtener de este modo. Probablemente deberíamos aprender más de lo que la mayoría lo hacemos, de quienes han recorrido el camino antes que nosotros. Pero la verdad es que tenemos que recorrer nosotros mismos la senda para obtener sus lecciones. Tenemos que aprender haciendo, fallando, tropezando, sufriendo, cometiendo nuestros propios errores, soportando los resultados y las consecuencias de nuestra propia soberbia y necedad.
De la experiencia de nuestros días, deberíamos sacar un corazón de sabiduría. Algunas personas nunca lo hacen. Dijo el sabio: «Aunque muelas al necio en un mortero, majándolo como grano con un pisón, no quitarás de él su necedad». Proverbios 27:22. Hay abundancia de tales necios, en todo tiempo. Cometen el mismo error una y otra vez, sufriendo siempre de ello del mismo modo, pero sin aprender jamás sabiduría de la experiencia. Esta es una manera de vivir muy poco provechosa. Deberíamos ganar un corazón de sabiduría a partir de los días que van pasando.
Llegamos a un cumpleaños o a un año nuevo. No podemos cambiar nada de lo que se haya hecho en nuestro año pasado. Es inútil incluso perder un momento llorando por los errores que hemos cometido, las locuras en que hemos incurrido. Las lágrimas no borrarán nada de lo que la vida haya escrito en sus páginas ya pasadas. El lamento no corregirá los errores. Pero deberíamos aprender sabiduría de las experiencias del año. «Errar es humano»; pero no deberíamos repetir nuestros yerros. No deberíamos necesitar quemarnos los dedos dos veces en el mismo fuego. No deberíamos dejarnos engañar dos veces por la misma tentación.
Deberíamos comenzar nuestro año nuevo con un corazón más sabio. La vida debería ser acumulativa. Cada año debería vivirse en un plano más alto que el anterior, con una visión más verdadera del objeto de la vida, con mayor energía. Las heridas que este año nos han causado las cosas que nos han sobrevenido deberían convertirse en nuevos adornos y enriquecimientos de nuestro carácter. Si vivimos rectamente, en obediencia y cerca del corazón de Cristo, todas las cosas obrarán juntas para nuestro bien. Es parte de la sabiduría sacar de todas las cosas el bien que el amor de Dios quisiera darnos.
No importa, pues, cuál haya sido la experiencia de cualquier año que termina para nosotros: es nuestro privilegio y parte de sabiduría llevar de él algún bien. En verdad es triste que hayamos vivido trescientos sesenta y cinco días, con sus cargas, deberes, cuidados, dolores, ganancias, pérdidas, gozos, penas, errores, éxitos, fracasos, amores, y no seamos más sabios, ni mejores, ni más fuertes, ni más semejantes a Cristo de lo que éramos cuando cruzamos el umbral del año. Quien ha vivido bien lleva las marcas de las experiencias del año en su carácter, en una varonilidad más grande, más verdadera, más noble y más fuerte.
Algunas personas hablan con tristeza del cierre de un año. Lo piensan como a un amigo con quien han caminado en estrecha compañíay del que ahora deben separarse. Hablamos de la muerte del año cuando se acerca su final; pero mejor es el pensamiento de que es un año vivo del que nos separamos. Ningún año en que hayamos vivido y obrado puede ser jamás un año muerto.
Si hemos vivido de manera verdadera, ferviente y sabia, cualquier año que hayamos atravesado es para nosotros en verdad un año vivo. Vive en nosotros en sus lecciones, sus avances, sus impresiones, sus influencias, su nueva fuerza ganada en la lucha, sus victorias, sus pruebas, sus purificaciones, sus nuevas revelaciones de Dios, sus amistades y compañerismos. Vive también en nosotros en sus pérdidas convertidas en ganancias, en sus dolores iluminados por el consuelo divino.
Y el año vive también, si hemos sido fieles en el deber del amor, en las cosas que hemos hecho, en las palabras que hemos pronunciado, en las influencias de bien que hemos entregado. Hemos dejado caer semillas y plantado árboles, que estarán creciendo y dando fruto dentro de muchos años. Si hemos contado bien nuestros días, un año viejo es en verdad un año vivo, lleno de vida: un año que hará la vida del mundo mejor, más dulce, más rica, más noble.
La lección puede desglosarse un poco. Contamos nuestros días como es debido cuando damos a cada uno, al pasar, su propia medida de fidelidad. Nuestros días nos llegan «uno por uno». Dios divide sus grandes años en «pequeñas secciones» para nosotros, para que podamos salir adelante con nuestra obra, nuestras cargas y nuestras luchas. Quien ha aprendido este secreto ha ganado un corazón de sabiduría.
Toma los «días sueltos» a medida que te llegan. No mires más allá del horizonte que la noche extiende tan solo un breve trecho delante de ti. Toma «el pequeño día». Cumple fielmente todos sus deberes; acepta sus bendiciones; aprovecha sus oportunidades; soporta sus pruebas; vence sus tentaciones; lleva sus cargas; recibe sus bendiciones; no dejes pasar sus privilegios; haz todo el bien que puedas; conviértelo en un día hermoso.
Cualquiera puede vivir un solo día con dulzura y con victoria. Haz hermoso el día de hoy. Luego haz lo mismo con el de mañana, y con el siguiente, y así hasta el fin de tu vida. De este modo «contarás tus días» de una manera que hará provechoso a cada uno. Así escribirás en la página de cada día un registro del que no te avergonzarás cuando sea extendido ante ti en el día del juicio.
Nunca podremos contar nuestros días como es debido si no tenemos a Dios en ellos. Pedimos a Dios que nos enseñe a contar nuestros días. Una de las primeras lecciones de la verdadera sabiduría que hemos de aprender es que no podemos dejar a Dios fuera de nuestra vida. La guía humana tiene su lugar. Es una de las maneras en que Cristo nos guía. Todos nos sentimos más fuertes por una compañíahumana probada, por un consejo humano sabio; pero lo humano no basta. La sabiduría humana es falible; la fuerza humana es a menudo debilidad. Necesitamos a Cristo como guía y compañero. Nuestra oración matinal cada día debería ser: «Señor, enséñame a contar mis días».
Necesitamos el perdón de Dios aun en el mejor de nuestros días. ¿Podemos levantar las manos ante Dios al cierre de cualquier día y decir: «Estoy libre de pecado. He vivido este día a la perfección. No he manchado ninguno de sus momentos blancos. He pronunciado solo palabras buenas. He hecho solo cosas rectas. No tengo pecados que confesar»? Hemos fracasado en nuestros empeños. Hemos caído por debajo aun de nuestros propios ideales. Hemos hecho cosas que no debíamos haber hecho; hemos dejado sin hacer cosas que debíamos haber hecho. Hemos fallado en nuestros deberes los unos hacia los otros, los deberes del amor. No siempre hemos sido caritativos con las faltas y las flaquezas ajenas. No siempre hemos sido amables, mansos y perdonadores. No siempre hemos sido el buen samaritano para los heridos que hemos hallado en el camino trágico de la vida.
Y hacia Dios hemos sido negligentes. Hemos hecho, en el mejor de los casos, solo fragmentos de nuestro deber. No hay un solo día en que nuestra oración vespertina pudiera cerrarse sin la confesión del pecado y la súplica de misericordia.
Necesitamos también a Dios para obtener un corazón de sabiduría de nuestras experiencias. Apenas descubrimos una falta en nuestro carácter o temperamento, deberíamos ponernos a curarla. Apenas vemos un deber que debíamos cumplir y que hasta ahora hemos dejado de cumplir, deberíamos comenzar a hacerlo de inmediato. Deberíamos estar siempre tras las cosas más excelentes de la vida y del carácter, todo lo que es verdadero, todo lo que es amable. Cuando cometemos un error, es inútil pasar tiempo llorando por él: las lágrimas no borran ninguna mancha ni reparan ningún daño. Más bien deberíamos poner toda la energía de nuestro arrepentimiento en una vida mejor, guardándonos bien de caer de nuevo mañana en el mismo error, y mañana, y mañana, hasta que nuestros pies hayan trazado para sí mismos una senda por el camino equivocado.
La sabiduría que esperamos obtener de la experiencia es sabiduría para la vida, para que crezamos cada día en belleza de alma, en fortaleza de carácter y en ayuda a nuestros semejantes. En todo esto necesitamos a Dios. Nunca podremos alcanzar la verdadera hermosura espiritual sin la continua ayuda divina. Así como la flor más dulce necesita la luz del sol, la lluvia y el rocío del cielo, así nuestras vidas necesitan la bendición del cielo para tener su verdadera hermosura.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Numbering Our Days
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.