La consideración parece ser natural en algunas personas. No tienen que aprenderla. Son atentas con los demás y nunca causan problemas ni dolores innecesarios.
Pero hay muchas personas que parecen carecer por completo de esta gracia. Parecen no tener en cuenta las sensibilidades de los demás. Solo piensan en su propio placer, y dicen y hacen lo que sus propios impulsos les sugieren, sin preguntarse nunca cuál puede ser el efecto en quienes los rodean.
Hay abundantes ejemplos de esto en nuestra vida cotidiana. En muchos hogares, la comunión se ve empañada por constantes manifestaciones de este espíritu inconsiderado.
La vida familiar debería ser una fusión de todos los gustos, disposiciones, talentos, dones y recursos de todos los miembros del hogar. Cada uno debería vivir para los demás, y en cada uno debería haber un continuo dominio de sí mismo.
Nadie puede vivir en el círculo del hogar como si habitara solo en una casa grande, sin más que a sí mismo para pensar. Debería mantenerse bajo una disciplina constante por el bien de los demás miembros. Debería hacer muchas cosas que quizá no necesitaría hacer si estuviera solo, porque es miembro de una pequeña comunidad cuya felicidad y bien debe procurar en todo momento. Ninguna vida familiar puede ser verdaderamente ideal cuando cada uno hace lo que le place.
Sin embargo, muchas personas olvidan esto. No consideran la comodidad, la paz ni el placer de nadie, sino el suyo propio. Dejan que sus propios impulsos se expresen con total libertad. No hacen ningún esfuerzo por reprimir en sí mismos los elementos o disposiciones que resultarían desagradables para los demás. Exigen todos sus derechos, olvidando que los demás miembros de la familia también tienen derechos, y que la felicidad del hogar solo puede alcanzarse mediante la renuncia mutua a los derechos, cediendo cada uno a los demás, procurando cada uno no ser servido, sino servir.
La consideración consiste en pensar en los demás y, así, modificar la propia conducta para evitar todo aquello que les cause problemas, molestias o daño.
Hay una historia de un niño y su canario. Desde la mañana hasta la noche el pájaro cantaba, y su canto llenaba toda la casa. Pero la madre enfermó, tan gravemente que incluso el canto del pájaro la perturbaba y la afligía. El niño llevó al pájaro a una parte de la casa lo más alejada posible de la habitación de la enferma, pensando que el sonido no podría llegar a los oídos de su madre. Pero una mañana, mientras el niño sostenía la mano de su madre, el pájaro comenzó a cantar y las notas llegaron a la habitación, aunque muy tenues. Mientras observaba el rostro de la enferma, vio pasar por él una expresión de dolor. La madre no dijo nada, pero el niño no necesitaba palabras para saber que el canto del pájaro la afligía. "Para mí no es música", dijo, "si causa dolor a mi madre". Así que tomó la jaula y, llevándola a casa de un vecino, la dejó allí hasta que la madre se recuperó. "Pero amas al pájaro", le dijo su madre al enterarse de lo que había hecho. "Sí", respondió él, "pero te amo más a ti".
Eso fue algo hermoso de hacer. Reflejaba una verdadera consideración en el niño. Sacrificó su propio placer, porque gratificarlo causaba dolor a alguien que le era querido.
Este es el espíritu que debería caracterizar a todos. Deberíamos negarnos el gusto de aquello que ofende a nuestros amigos. Deberíamos cortar los hábitos que hieren a los corazones sensibles cuya felicidad nos es querida. Deberíamos apartar de nosotros todo aquello que, sea lo que sea, cause dolor a nuestros seres queridos.
Algunas personas parecen tener un talento para hacer desdichados a los demás. Continuamente tocan los corazones sensibles de manera de causarles dolor. Siempre dicen cosas que hieren e irritan. Si tienes algún defecto corporal, nunca te ven sin hacerte consciente de él, de alguna manera ruda. Carecen de toda delicadeza de sentimiento, sin tener ojos para aquello en los demás que demanda delicadeza.
La consideración es lo contrario de todo esto. Simplemente no hace las cosas que hace la inconsideración. Evita el tema doloroso. Nunca alude al pie torcido ni a la joroba, nunca echa una mirada al defecto, ni hace nada por llamar la atención sobre él o hacer que el hombre sea consciente de él. Respeta tu dolor y se abstiene de tocar rudamente tu herida. Tiene la mayor amabilidad de sentimiento y de expresión. Un caballero ha sido definido como alguien que nunca causa dolor innecesario a otro.
La consideración tiene también un lado activo. No se limita a abstenerse; busca la oportunidad de realizar actos continuos de bondad y buena voluntad. No espera a que le pidan simpatía o ayuda, sino que tiene ojos propios, ve toda necesidad y la atiende sin que se lo soliciten. Cuando un amigo está afligido, el hombre considerado está listo con su consuelo. No llega al día siguiente, cuando la necesidad ha pasado, sino que es oportuno cuando la bondad significa algo.
La consideración es una de las mejores pruebas de un carácter noble. La inconsideración es rudeza, grosería, falta de corazón. La consideración es refinada. Es el amor obrando en todas sus formas delicadas. La inconsideración es "falta de corazón", y quien tiene un corazón bondadoso no puede dejar de ser considerado.
Las personas dicen continuamente: "¡No lo pensé!" cuando se dan cuenta de repente de que algún acto imprudente o palabra descuidada suya ha causado dolor a un corazón sensible. Con demasiada frecuencia, la consideración es un pensamiento tardío. Pero deberíamos tratar de situarla en su verdadero lugar, donde se convierta en motivo e inspiración para la bondad.
Es infinitamente mejor que la consideración cubra de flores el camino de nuestros amigos, a que el arrepentimiento apile ofrendas florales sobre sus ataúdes. Más nos vale procurar hacer nuestras bondades cuando aprovechen, dando aliento y estímulo, y no guardarlas hasta que ya no sean necesarias. No podemos trazarnos mejor lección que esta de incorporar la gracia de la consideración a nuestras vidas como parte de nuestra formación espiritual; y el momento de cultivar este hábito con mayor facilidad es cuando somos jóvenes.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Learning How to be Thoughtful
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.