La soledad endulzada

Aprender a vivir recordando que hemos de morir

Todos los hombres son mortales, pero pocos lo graban en el corazón. Meditar en la propia muerte y en el juicio venidero, y someter con amor la voluntad a la de Dios aun en la pérdida de los seres amados, es sabiduría celestial.

Hay una lección que interesa a todo el mundo, y que pocos del mundo toman a pecho: que todos los hombres son mortales. La vida de la mayoría de las personas niega la inevitabilidad de la muerte; viven como si nunca hubieran de morir.

Yo mismo confieso que he de encontrarme con la muerte, pero me tengo por inmortal por ahora, y así no me ocupo de la muerte por el momento, aunque multitudes caigan a mi alrededor. ¡Ah! ¿Cuándo pienso en la muerte, o supongo cercana su llegada? Muchas escenas vanas y placenteras de la vida pienso en mi imaginación; mas ¡cuán rara vez pienso en la escena final de mi muerte! ¿Cuándo me represento a mí mismo, tendido en un lecho de enfermedad, en un lecho de muerte, con gemidos quebrados, sudores fríos, articulaciones temblorosas, miradas lánguidas, pulso desfalleciente, y todas las señales de la muerte, mientras los amigos se lamentan a mi alrededor? O ¿cuándo recorro la parte más solemne e importante de la escena: cómo, al dejar el mundo, estarán las cosas entre mi alma y Dios? Cómo compareceré ante la majestad del cielo y estaré en el tremendo juicio. ¡Extraño! ¿Es esta la práctica de uno que sabe y cree sinceramente que ha de morir?

Algunos reyes sabios mandaron labrar sus sepulcros mucho antes de su muerte, para que cada vez que los vieran, en medio de toda su pompa y gloria, pudieran ver donde pronto habrían de yacer. En esto aun los paganos me avergüenzan, pues algunos, por propia orden, se hacían recordar diariamente su mortalidad; mientras otros colocaban las calaveras de los difuntos en sus mesas de banquete, para moderar su alegría y recordarles su condición mortal.

Cuando miro al mundo, por todas partes se ven escenas de dolor. A veces ambos padres son arrebatados a una joven familia de huérfanos desvalidos. Otras veces, los hijos que crecen, aparente sostén de sus ancianos y enfermos padres, son arrancados de junto a los canosos dolientes. ¿Quién ha de contender con la Omnipotencia, sea que corte los tiernos planteles de alrededor de la mesa, o que desgaje el árbol anciano de en medio de los renuevos que de él dependen?

Ciertamente, es difícil reducir al cariño afectuoso al silencio, o alcanzar resignación bajo la pérdida de un amigo amado. Pues cuando mi parte renovada está postrada ante el trono del Disponedor todopoderoso, entonces mi corrupción se levanta en rebelión contra los hechos del Altísimo. Mas ¿dónde tengo mayor interés: en mis más cercanos y amados parientes, o en Dios? ¿Está una criatura más unida a otra criatura por algún lazo, que el Creador de ambas a cada una? ¿Qué pido en mis oraciones, sino que se haga la voluntad de Dios? Y con todo, si la muerte se acerca a mi familia, retiro mi palabra y querría que mi voluntad se antepusiera a la de Dios.

Todo lo que soy y tengo es de Dios, para que disponga de ello como y cuando le plazca. Él nunca infringirá su justicia, ni olvidará su compasión y amor, aun en mis aflicciones.

¿No glorificaría yo a Dios en mi vida y en mi muerte? ¿Y por qué no también en la muerte de mis amigos? Él se glorificó a sí mismo en la vida de ellos, por eso existieron; se glorifica a sí mismo en su muerte, por eso mueren. ¿Tiraré con Dios o contra él? ¿Le diré que no puede aún llevarse a mis amigos, pues aunque ellos sirvieron a su generación, no han servido sin embargo a mi afecto cariñoso? Un exceso de grief aquí delata mi falta de amor a Dios, a mis parientes y a mí mismo. Pues si amo a Dios, me gozaré de que su voluntad se haga conmigo y con los que amo, aun hasta la muerte. Si amo a mis amigos, me alegraré en su felicidad; y si amo mi propia alma, bendeciré a Dios por llevarse a los amigos cuando es probable que se interpongan demasiado entre mí y mi Amado, y que aparten de él demasiado de mi afecto, de aquel que es del todo amable y el principal entre diez mil.

Muerte y vida, tierra y cielo, tiempo y eternidad, el escabel y el trono son tuyos, oh Dios soberano. ¿Puedo entonces lamentar a mis amigos piadosos, de cuya felicidad tengo firme esperanza, que han sido llevados de muerte a vida, trasladados de la tierra al cielo, del tiempo a la eternidad, y del escabel al trono? Están fuera del alcance del dolor; ¿y por eso estaré yo debajo del alcance del consuelo? Aunque los lazos carnales se disuelven en la muerte, la relación espiritual nunca cesa. Así que no importa donde more la familia espiritual; pues aun en el cielo son miembros exaltados de nuestra exaltada Cabeza, y yo un miembro terrenal de la misma Cabeza exaltada. Así, aunque dispersos, unos en este mundo, otros en el otro, todos serán congregados en la asamblea general e iglesia de los primogénitos, libres de pecado y libres de dolor.

Casi mi angustia se trocaría en gozo, si los arroyos del lloro salado no contaminaran la corriente cristalina y recordaran mi pesada pérdida. Mas ¿qué llamo pérdida? Ausencia, no pérdida. Están con Dios, habitan en y con Dios; ¿en qué respectos se han perdido? Solo en cuanto no puedo verlos. ¿Qué es mi dolor para los que son tan felices? ¿Y por qué he de entristecerme, cuando sé que son tan felices? Si mi amigo, lejos de casa, en tierra extraña, me informara que le iba bien en todo, yo me alegraría por él.

Mas cuando mueren mis amigos piadosos, estoy seguro no solo de su felicidad, sino de su perpetuidad. Sea cual sea mi pérdida, mire a Dios para suplirlo todo. Y puesto que ya no los tengo para conversar con cariño, sea mi soliloquio para Dios. Y como mi amor no puede penetrar el sepulcro que se desmorona, para abrazar su carne que se pudre; ni entrar en la eternidad para abrazar su alma desencarnada, que retorne y se vacíe solo sobre Dios.

¡Ahora veo la vanidad del mundo! La muerte, cuando es enviada, no se apiada de la vida del pobre, ni perdona al rico; sino que es fiel a su encargo, y no puede ser rechazada. Mis amigos piadosos son felices al dejarme e ir a Dios; yo soy feliz al perderlos y volver a Dios. Dios ha quebrado, como Ezequías la serpiente de bronce, el ídolo al que ofrecí incienso debido solo a Dios, y lo ha llamado pedazo de barro. Mas ahora las dulces esperanzas de una inmortalidad bienaventurada destierren los pesares de la presente disolución y mitiguen mi dolor; tanto más cuanto no tengo por qué entristecerme como los que no tienen esperanza. ¡Un poco más, y yo mismo ya no seré! Pronto mi polvo se mezclará con el de ellos, y esperará aquella trompeta gozosa, que convoque a todo piadoso dormido a la inmortalidad y la bienaventuranza.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: DEATH

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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