Hay mucho más en las tareas comunes de la vida de lo que imaginamos. A menudo las consideramos el tipo más tedioso de rutina. Muchos hombres nunca aprenden a ir a su trabajo diario con entusiasmo sincero. Muchas mujeres nunca recorren sus deberes del hogar sino con un corazón cansado y un sentimiento de obligación. Es esta monotonía de las tareas comunes de la vida lo que las hace parecer tan difíciles. Si la gente las amara y las emprendiera con deleite, serían ligeras y fáciles, pues el amor hace fácil cualquier cosa. Es la desalentadora monotonía de esta incesante rutina y trabajo lo que desgasta tantas vidas, no la carga real de ellos. La gente se irrita y se descontenta al tener que recorrer cada día, una y otra vez, la misma rutina de siempre. Parece tan tedioso. No resulta nada de ello. Es tejer siempre solo para ver el tejido destejerse.
"¡Oh tareas triviales tantas veces hechas, y sin embargo siempre por hacer de nuevo! ¡Oh cuidados que llegan con cada sol, mañana tras mañana a lo largo de los años! Nos encogemos bajo su mezquino dominio, las tediosas exigencias de cada día.
La inquieta sensación de poder malgastado, la cansadora ronda de las pequeñas cosas, son difíciles de soportar, pues hora tras hora su fútil repetición nos trae; ¿quién podrá evadir, o quién aplazar, las pequeñas exigencias de cada día?"
Pero ¿no hay un modo mejor de mirar todo este trabajo lúgubre? ¿No hay un rayo celestial que pueda iluminarlo? ¿Es meramente una repetición inútil? ¿No sale nada de todo ello? ¿Es, en algún sentido, trabajar para Cristo? Si respondemos estas preguntas a la luz de la enseñanza del Nuevo Testamento, veremos que hay un sentido en que la "rutina" es en verdad "divina". Nuestro Padre nos asigna toda esta tarea. Solo esto le dará grandeza, si lo llegamos a comprender.
Además, esta misma tarea que a muchos de nosotros nos parece tan lúgubre es uno de los modos en que Dios nos enseña algunas de las mayores lecciones de la vida. No estamos en este mundo meramente para hacer las piezas de trabajo, grandes o pequeñas, que se ponen en nuestras manos. Estamos aquí para crecer en fuerza y belleza de carácter. Y no es difícil ver cómo este crecimiento puede proseguir de continuo en medio de los afanes y trabajos cotidianos de la vida. Si somos diligentes, cuidadosos, fieles, prontos, exactos y enérgicos en la realización de las mil pequeñas cosas de la vida común, vamos entretejiendo estas cualidades en el tejido de nuestra alma. Así estamos siempre aprendiendo haciendo. Hay un edificio espiritual invisible que se levanta dentro de nosotros de continuo mientras perseveramos en nuestras incesantes tareas. La negligencia en los deberes comunes echa a perder nuestro carácter. La fidelidad en todo trabajo construye belleza en el alma.
Si recordamos esto al realizar nuestra tarea lúgubre, brillará bajo nuestras manos. Cada pequeño fragmento de ella brillará bajo nuestras manos. Cada pequeño fragmento aparecerá como una lección a la que añadiremos un nuevo toque al templo espiritual que estamos construyendo. Hay una bendición en la realización aun del más pequeño deber. Nos eleva un poco más cerca de Dios.
Esta lección tiene una aplicación muy amplia. Nuestro Señor dijo que quien quiera hacer la voluntad de Dios conocerá la enseñanza. El hacer es, por tanto, mucho más importante en la vida de lo que a veces pensamos. En tiempos pasados hubo una tendencia a ensalzar el creer, no indebidamente, pues creer es siempre importante, sino en menoscabo del hacer. Pero no puede haber un noble creer sin un noble hacer. El carácter se construye haciendo. Solo podemos llegar a conocer más de la voluntad de nuestro Padre haciendo lo que ya conocemos.
Nunca podremos entender realmente la Biblia solo estudiándola. No se nos revelará hasta que comencemos a obedecer lo que ella enseña. Quien se esfuerza por obedecerla la conocerá. Muchas personas tienen la impresión de que hay algo secreto y misterioso en las palabras de las Escrituras. Pero el misterio se disipa si aceptan las enseñanzas divinas y comienzan a modelar sus vidas conforme a ellas. Muchos cristianos recordarán con facilidad cuán tenue y oscura les parecía la fe en Jesucristo antes de creer, cuando trataban de encontrar el camino; y luego cuán sencilla y clara apareció después de haber comenzado a seguir al Salvador.
El mismo principio se halla en otros tipos de aprendizaje además del de la verdad espiritual. Un alumno desea dominar la música. Puede procurarse libros y un maestro y aprender todos los principios. Pero nunca llegará a ser músico sino mediante la práctica. Igualmente, nadie llegará a ser artista solo estudiando las reglas y los principios del arte: debe tomar el pincel y pintar mientras estudia.
Lo mismo ocurre con la Biblia. Lees un mandamiento con una promesa anexa. Dices: "No veo cómo, si hago esto o aquello, este será el resultado." Mientras esta sea tu actitud, la verdad no se te hará clara. Pero si aceptas la enseñanza como revelación de un fragmento de la voluntad de Dios para ti, y empiezas a ponerla por obra, de ella brotará luz. A medida que obedezcas la enseñanza, conocerás.
Los deberes parecen difíciles. Creemos que no podemos hacerlos todos. La puerta parece cerrada ante nosotros, impidiendo nuestro avance. Pero cuando, serenamente y con fe de niño, avanzamos, la puerta se abre. Los israelitas yacían en su campamento en la orilla oriental del río Jordán. Llegó la orden de cruzar. Descendieron sus tiendas y formaron sus columnas, listos para marchar. Pero el río seguía fluyendo, con sus crecidas llenas, sin señal de menguar. Comenzaron a moverse: el avance de la multitud está ya a pocos pasos del borde. Todavía el agua turbulenta corre. ¿Deben retroceder? ¿O deben quedarse allí en el borde del río y esperar que detenga su curso para dejarlos pasar? Eso es lo que muchas personas hacen al margen de los ríos de la vida.
¡Pero no! Obedecieron la voluntad de Dios, y la vanguardia de los sacerdotes, portando el sagrado símbolo de la presencia de Dios, avanzó serenamente como si no hubiera río delante. En el momento en que sus pies tocaron el borde del agua, la crecida fue cortada río arriba y el cauce quedó vaciado. Este viejo fragmento de historia encierra su lección viva. Si queremos hacer la voluntad de Dios, hallaremos el camino abierto ante nuestros pies. La senda del deber nunca es, en realidad, una senda obstaculizada.
La vida cotidiana está llena de puntos en que esta lección puede aplicarse. Una mañana luminosa te entregas de nuevo a Cristo. Resuelves hacer su voluntad todo el día. Hallarás la voluntad de Dios no solo en tu Biblia, al leer sus palabras, sino en muchas circunstancias y experiencias; pues recuerda que estás aprendiendo por la práctica, no meramente por la teoría. Algo sale mal en el desayuno. Alguien dice una palabra áspera, innecesaria desde luego, irreflexiva tal vez, incluso grosera quizá. Duele, el color sube a tu rostro, el destello de ira a tu mirada, y la palabra imprudente a la misma puerta de tus labios. Pero hay una voz pequeña y apacible que te recuerda que has resuelto hacer hoy la voluntad de Dios. Es su voluntad que guardes tu corazón amoroso y dulce, y que no te irrites. Hazlo, y aprenderás el dulce significado a lo largo del día, en la bendición que vendrá a ti.
Muchos de nosotros vemos nuestros planes rotos de continuo por lo que somos propensos a llamar los accidentes de la vida. Las madres en el hogar son interrumpidas todo el día y detenidas en su tarea por sus hijos, que claman por atención, por cuidado, por mimos. Los hombres ocupados encuentran obstáculos constantes que irrumpen en sus horas y entorpecen sus planes. ¿Quién no ha visto muchas veces su hermoso programa del día desbaratado por pequeñas cosas que llegan, sin previo aviso, y reclaman su pensamiento, su tiempo y su fuerza?
A veces podemos sentirnos tentados a resentirnos un poco ante lo que parecen interferencias en el programa que nos hemos trazado por la mañana. Pero debemos recordar que estamos aprendiendo por la práctica. Prometimos hacer la voluntad de Dios todo el día, y estas cosas son la voluntad de Dios para nosotros. No habíamos dejado lugar para hacer cosas por Dios, y él tuvo que introducirlas a la fuerza en nuestro bien ordenado programa.
Esta es la única manera en que Dios puede lograr que algunos de nosotros hagamos algo por él. No tenemos tiempo para su obra especial. No dejamos pequeños huecos en nuestro programa para hacer pequeños recados para él. Llenamos nuestras horas tan de cosas para nosotros mismos que no nos queda ni un momento para ministerios por Cristo. La única manera que tiene de lograr que hagamos estas cosas es introducirlas en medio de nuestras horas programadas.
Aquí está la lección: Estas cosas que llamamos "interrupciones" son pequeños fragmentos de la voluntad de Dios que irrumpen en medio de los planes que habíamos querido para nuestro propio placer o provecho. Nos hemos propuesto para el día hacer su voluntad, y no debemos rechazar ninguna de estas interrupciones. Él sabe lo que quiere que hagamos. Supongamos que estamos cansados, o que nuestro propio trabajo nos espera, o que nos venimos abajo de nuestro objetivo: ¿nos atreveríamos a apartarnos del servicio que Dios nos pide, algún pequeño ministerio a un niño, algún consuelo a alguien que sufre, algún toque tierno a una vida que llevará la bendición por días, alguna indicación del camino a un alma perpleja que llama a nuestra puerta preguntando, algún alivio de la carga para alguien abatido? ¿Nos atreveríamos, querríamos apartar lo que Dios nos ha enviado, estas tareas que los ángeles saltarían por hacer, para seguir con nuestras pobres y pequeñas tareas terrenales?
Nunca debemos olvidar, al menos, que estamos aprendiendo haciendo la voluntad de Dios, y que la voluntad de Dios no nos llega toda de una Biblia escrita. Parte de ella viene fresca de los propios labios de Dios en las circunstancias de nuestra vida. Sea cual sea el modo en que llegue, hemos de hacerla, y haciéndola hallaremos una bendición. Las tareas y deberes difíciles son como nueces: son ásperas y desaliñadas, y la cáscara no es fácil de romper; pero cuando se rompe, la encontramos llena de rica carne.
Una vez Jesús, cansado y hambriento, se sentó junto a un viejo pozo para descansar, mientras sus discípulos iban al pueblo a comprar comida. Estaba demasiado agotado para ir con ellos; pero mientras permanecía allí sentado, exhausto, descansando, una mujer vino a sacar agua. Por cansado que estuviera, la trató con compasivo interés, entrando en conversación con ella, llevándola a temas espirituales y salvándola de su propia vida pecaminosa.
Aquel fragmento de ministerio era la voluntad de su Padre para esa hora. Es verdad que interrumpió su descanso, pero olvidó su cansancio al bendecir una vida triste y perdida. Entonces, cuando los discípulos llegaron con la comida, él ya no tenía hambre. No lo entendían. Pensaban que alguien debía haberle traído pan en su ausencia; pero él dijo, a modo de explicación, y las palabras revelan un secreto bendito de la vida espiritual: "Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis... mi comida es hacer la voluntad del que me envió." Al tomar el deber que se le presentó, halló, al realizarlo, verdadero alimento para su vida. Siempre es así. Haz el deber que Dios envía, hazlo con gozo, con amor, y hallarás una bendición envuelta en él. Recibimos la bondad del amor divino haciendo la voluntad divina.
Muchas personas se quejan de que no pueden estar seguras del camino correcto en la vida. Llegan continuamente a puntos en que el deber es incierto. El camino ante ellos está oscuro, aun junto a sus pies. El horizonte parece cerrarse como una cortina pesada, o un muro espeso, justo delante de ellos.
Pero aquí también se aplica este principio: "Si alguno quiere hacer su voluntad, conocerá." Solo podemos aprender la senda del deber caminando por ella. No hay promesa de nada más que esto. La palabra de Dios es una lámpara para nuestros pies; no un sol que ilumine un hemisferio, sino una lámpara o farol para llevar en la mano, para dar luz a nuestros pies, para mostrarnos solo un pequeño paso cada vez. Si avanzamos, dando el paso que está plenamente en la luz, también llevamos la luz hacia delante, y entonces nos muestra otro paso. Es decir, aprendemos a conocer el camino caminando por él. Si no queremos dar el único paso que está claro, no podemos conocer la parte del camino que está oculta en la sombra. Pero hacer el deber que está más cerca siempre nos conducirá al siguiente deber. Haciendo, conoceremos.
Estos son solo pequeños fragmentos de una gran lección, que tiene aplicaciones muy amplias. Podemos al menos captar su corazón, a saber, que haciendo nuestro deber conforme se nos aclara, aprenderemos. Haz la pequeña parte de la voluntad de Dios que ahora percibes, y él te revelará más y más de ella. En vez de preguntarte qué misterio te reserva el largo futuro aún sin abrir, toma la tarea o el ministerio del momento que ahora tienes a la vista, y haz eso.
La voluntad de Dios es un ángel que lleva en la mano una pequeña lámpara para iluminarte paso a paso en tu camino hacia el cielo, conduciéndote al fin a la puerta del hogar. Si hay perplejidades ante ti, simplemente comienza a hacer tu deber, lo poco de ello que esté claro, y las perplejidades se desvanecerán. Si la tarea que se te asigna parece imposible, comienza de todos modos a hacerla. No sería un deber y ser realmente imposible. Dios nunca exige nada que no tenga intención de ayudarnos a hacer. La asignación de un deber implica siempre la fuerza para realizarlo. A su debido tiempo, la montaña cederá ante tus golpes fieles. Aprenderás haciendo. La vida se irá aclarando a medida que avances.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Learning by Doing
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.