EL DESASTRE
Interesado en sumo grado por la preocupación despierta en el joven, mi amigo había olvidado la situación de uno de los caballos en el pesebre cercano a él, y no tuvo conciencia de ningún peligro hasta que sintió su efecto. Por una violenta coz que recibió en el costado, justo debajo de las costillas, fue lanzado al pavimento de la caballeriza, y permaneció en estado de insensibilidad durante un tiempo considerable después de que lo hubiésemos llevado a la casa y lo hubiésemos acostado en una cama. La alarma dada al primer rumor de este desastre pronto llegó a mis oídos, y fue para mí algún consuelo, en la propia circunstancia afligente, el haber estado presente para ver cómo lo levantaban y lo llevaban con mucho cuidado a su aposento.
Apenas se hubo recobrado del desmayo, me atreví a acercarme a su lecho, y tomándolo de la mano expresé mi gran preocupación por lo sucedido. «¡Cuán desafortunado (exclamé) es que hayáis ido a la caballeriza! ¡Qué cosa tan triste que os hayáis puesto tan cerca de este caballo; si se hubiese podido prever!» «Ten paciencia, amable amigo mío, te lo ruego», me interrumpió, diciendo: «y en vuestro afecto por mí, no olvidéis los primeros principios de vuestra santa fe. Estás mirando del todo a las causas segundas, al mero instrumento, y excluyendo totalmente a nuestro gracioso Dios del gobierno de su propio mundo y de todo su tierno cuidado y solícita vigilancia sobre las personas y los intereses de su pueblo. ¡Ay, querido hermano», prosiguió, «con este método aumentáis toda tribulación y os priváis de mil consuelos. ¿Querríais que yo me enojase conmigo mismo por haber entrado en la caballeriza, o que me desagradase un caballo sin sentido, por obrar conforme a su naturaleza de caballo? Del mismo modo podríamos ofendernos con el frío del invierno o con el calor del verano. Los meros instrumentos no son nada, salvo en cuanto son movidos; y ¡qué locura sería atribuirles un poder con el que no tienen conexión alguna! No, no, buen amigo mío», continuó, «nunca perdáis de vista a ese Ser gracioso y Todopoderoso que ‹dispone todas las cosas conforme al consejo de su propia voluntad›, y entonces descubriréis sabiduría, fidelidad y amor en cada providencia. No basta», dijo, «a mi parecer, simplemente aquietarse en la voluntad divina; todo verdadero creyente en Jesús debe hacer más: debe aprobarla. Una cosa es decir ‹Hágase la voluntad del Señor›; y otra, decir ‹Buena es la voluntad del Señor para conmigo›; y esto no es, después de todo, más que lo que con frecuencia se observa en las circunstancias comunes del mundo. Si, por ejemplo, veo a un artista de reconocida excelencia en su oficio construyendo su máquina sobre diversos principios de naturaleza complicada, aunque el todo parezca a mi vista intrincado y confuso, doy por sentado que él sabe cómo armonizarán las diversas partes, y rindo una implícita obediencia a su juicio superior. ¿Y atribuiremos con tanta facilidad tal sagacidad a los hombres, y nos atreveremos, sin embargo, a cuestionar la sabiduría en los designios de Dios?»
«Sí, hermano mío», respondió, «afianzad esto en vuestra mente como una máxima eterna: nuestro Dios, nuestro Dios gracioso y pactado en Cristo, persigue sin descanso, en cada mínimo acontecimiento de su gobierno sobre su iglesia y su pueblo, su verdadero bienestar, ya sea por la senda del dolor o del placer. Si son ejercitados con sufrimiento, o aun profundamente sumergidos en la aflicción, es porque hay necesidad de ello. Ni un solo dolor ni una sola tribulación podrían omitirse. No basta apenas decir que la aflicción, en último término, no les hará daño; esta no es sino una especie de aprobación negativa. Debemos decir más: les hará, tarde o temprano, mucho bien; y tan infinitamente interesante es la más mínima circunstancia de su vida, que impedir (si fuera posible) una sola tribulación o añadir un solo acontecimiento próspero trastornaría todo el plan del gobierno de Dios. ¡Oh, confiad en ello, estamos bajo una superintendencia tan sabia como graciosa! Un concilio de ángeles no podría añadir ni disminuir sin manifiesto perjuicio.»
«En cuanto a la providencia presente», añadió, «no sé cuál es la voluntad de mi Dios acerca de mí, mas una cosa sé: que ‹todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios› (Salmo 25:10)»; y levantando los ojos exclamó: «¡Es mi misericordia, oh amadísimo Señor, que mis tiempos estén en tus manos! Por largo tiempo he sido capacitado, por la gracia de tu bendito Espíritu, para encomendar mi alma a tu guarda. ¡Bien puedo, pues, dejar al cuidado tuyo este cuerpo de pecado y de muerte!»
Mi compañero había agotado del todo la poca fuerza que le quedaba cuando terminó estas palabras. Le rogué que se ahorrarse. Movió la cabeza como asintiendo, y volvió el rostro sobre la almohada.
Para todos los presentes, además de mi amigo, parecía asunto de gran incertidumbre, durante muchos días seguidos, si la lesión que había sufrido terminaría fatalmente. El cirujano que mandé llamar para la ocasión no (pues en verdad no podía) decidió con prontitud la cuestión. La contusión era muy grande por la violencia del golpe; y el daño se extendía muy alrededor de la región de los lomos; pero el cirujano solo se aventuró a hablar de ello de modo general, como un caso que necesariamente había de ir acompañado de gran peligro; pero por más que otros pensasen, el enfermo mismo se había formado ya su opinión; y el suceso probó que aquella opinión estaba sólidamente fundada. Había llegado el momento de su ‹descender a la casa designada para todos los vivientes›.
Por mi parte, mi preocupación era tanta que rara vez, sino por necesidad, dejaba su aposento. Él había sido un padre para mí; y yo sentía todo aquel tierno afecto por él que un padre bondadoso podría suponerse que excitase en el ánimo de su hijo; y en verdad, con independencia de todo apego personal, mis pequeños servicios durante su encierro quedaron abundantemente recompensados por el bien espiritual que había recogido de las muchas observaciones preciosas que caían de sus labios; y aunque yo había aprovechado tanto las grandes lecciones de piedad que él se había esforzado por enseñarme en vida, sin embargo, en sus horas de agonía me favoreció con las más dulces instrucciones que jamás había recibido. Había sido como una vela, que ardía con gran brillo para iluminarme en la senda de la gracia, pero, como una vela, los rayos más vivos fueron los que emitió mientras se apagaba en el mechero.
El lector me perdonará una vez más si me detengo a señalar cuán extraordinariamente equivocados están, en su cálculo de los medios de la felicidad, los hijos del mundo, que la buscan en los diversos refugios de lo que se llama Placer, no obstante la experiencia constante y uniforme de miles, en todas las edades, ha determinado que allí no se halla. Si el lector me da crédito de la afirmación (y se lo aseguro con toda solemnidad), nunca, hasta la hora del encierro de mi amigo, viviendo en su aposento, supe yo qué es aquel placer del corazón que brota de todas aquellas reflexiones solemnes pero infinitamente interesantes que ocupan la mente bajo dispensaciones dolorosas; tales, entiendo, como consideraciones sobre el solemne gobierno de Dios, los ricos descubrimientos de la importancia de la salvación, la pequeñez de los afanes terrenales, la dulzura de los sentimientos de simpatía; y, en fin, todo ese tren de pensamientos, ligado a aquellas ideas que un aposento de enfermo está tan admirablemente dispuesto para suscitar. Circunstancias de esta clase, sin duda, son solemnes; pero si solemnes, tanto más propicias son para los goces más puros del alma. ‹El rostro puede entristecerse, pero el corazón se hace mejor.› (Ecles. 7:3.)
Pero volviendo. El mozo de caballeriza antes mencionado, en cuyos intereses espirituales mi amigo estaba tan entrañablemente comprometido al tiempo cuando esta providencia lo visitó, pronto manifestó la preocupación en que esta aflicción le había involucrado. En verdad excedería toda descripción decir cuáles fueron sus sentimientos. Cada pequeño momento que podía sustraer de las exigencias de la caballeriza lo empleaba en subir corriendo a la puerta del aposento para preguntar por mi amigo. Un rasgo de su carácter de esta índole fue particularmente afectuoso. Siempre se le hallaba, al primer alba del día, velando a la puerta de la habitación, a fin de recoger la información más temprana de las personas que primero salieran, sobre cómo mi amigo había pasado la noche.
Tampoco el buen hombre, en medio de todos sus dolores, lo había olvidado. Me mencionó varias veces, con mucho placer, las esperanzas que había concebido de que se formasen impresiones serias en la mente del joven, por la conversación que tuvo con él; y al ser informado de las frecuentes y fervientes preguntas del muchacho por él, sirvió para confirmarle más en esta opinión, y deseaba mucho verlo. El pobre muchacho fue pronto introducido; y la entrevista fue verdaderamente conmovedora. Tras visitas frecuentes, el joven adquirió alguna pequeña confianza; y mi amigo halló muchas oportunidades de instruirlo en aquella sabiduría que, bajo Dios el Espíritu Santo, hace ‹sabio para salvación›.
Fue una temporada al parecer larga de incertidumbre para el ejercicio de mi mente, aguardando la voluntad del Señor respecto al desenlace final del estado de mi amigo. A veces mis esperanzas estaban altas, y otras bajas, según parecían variar los síntomas; pero habiendo adquirido una pequeña porción de aquella preciosa lección en la escuela de la gracia, de que las misericordias del Señor están más cerca de manifestarse cuando nuestras expectativas de ellas están más cerca de cerrarse, sentí, creo, mucha dulzura en aquella escritura: ‹Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová.›
En medio de estos ejercicios el cirujano me informó que sus recelos eran de que se había instalado una lesión mortal. Había, como de costumbre, en su visita de la mañana, examinado el cuerpo magullado de mi amigo; y entonces, por primera vez, descubrió la gangrena avanzando. Nuestras esperanzas se habían acabado. Si mi pobre amigo sufriente, por nuestras miradas o por los cuchicheos del cirujano, fue llevado a sospechar la causa, no lo sé; pero así fue que anticipó la pregunta, diciendo: «Creo, señor, que encontráis que se ha producido una lesión mortal; llevo varias horas libre de dolor en la parte lesionada.» El cirujano expresó sus esperanzas de que no fuese así; pero mi amigo, con una mirada de complacencia que jamás olvidaré, respondió: «¿Por qué habríais de desearlo? No es el menor reproche, sin duda, a los hombres de habilidad y capacidad, cuando la ordenanza del Señor frustra todos los esfuerzos de la medicina; y en cuanto a mis sentimientos, permitidme aseguraros, señor, que es un suceso más de ser deseado que de ser temido. Por largo tiempo he mirado hacia este período como al momento más feliz de la tierra. Aunque tengo el menor motivo de todos los hombres para estar descontento con la peregrinación de este mundo (pocos viajeros a través de él habiendo sido más altamente favorecidos), sin embargo anhelo estar en casa en la casa de mi Padre, y no puedo sino regocijarme en la grata perspectiva, sabiendo que cuando esté ‹ausente del cuerpo, estaré presente con el Señor›.»
El cirujano expresó mucha satisfacción al ver a su paciente tan sereno y tranquilo, y poco después se retiró. Cuando hubo partido, me senté junto a su lecho. Tomándome de la mano con el calor de afecto que distinguía su carácter, habló así: «Mi amable amigo y compañero, voy a dejaros; pero os diré como José a sus hermanos: ‹Dios ciertamente os visitará.› Nada tengo que otorgaros sino mis oraciones. Aunque tuviera la riqueza de toda la tierra, no merecería vuestra consideración. El legado más inestimable que ruego al Señor os conceda es lo que el apóstol codició sobre todas las cosas para sí mismo: ‹Conocer a Jesús, y el poder de su resurrección, y la comunión de sus padeceres.› Si el Señor os lo da, poseyéndolo, poseéis todas las cosas; y ‹el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna por Cristo Jesús, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá›.»
«En cuanto a mí», prosiguió, «y a mis pensamientos concernientes al solemne estado que está a punto de abrirse ante mí, bendito sea Dios, por la seguridad que poseo en él ‹que es la resurrección y la vida›, no tengo temores. He sido capacitado una y otra vez, durante mi encierro en este lecho de enfermedad, para hacer las más detenidas revisiones de la fidelidad de un Dios pactado en Cristo; y el resultado de todo me permite regocijarme en la salvación consumada de mi Dios. Es en verdad un pensamiento solemne que, dentro de pocas horas, comparezca ante ‹Dios, el Juez de todos›. Pero es mi misericordia que también he llegado a ‹Jesús, el Mediador del nuevo pacto›. Por tanto, mientras miro a aquel que es ‹compañero del Señor Todopoderoso›, hallo santa confianza; pues descubro en él y en su redención una justicia plena, completa y suficiente, adecuada a toda necesidad y a la altura de toda exigencia, para satisfacer la ley de Dios.»
«Bajo la influencia de esta persuasión bien fundada que Dios el Espíritu Eterno (confío) ha obrado graciosamente en mi alma, más de una vez desde esta enfermedad he sido refrigerado por la misma promesa consoladora con que el Señor favoreció al Patriarca de antaño, para alentarle en su camino: ‹No temas descender a Egipto; yo descenderé contigo.› Así, pienso, el Señor me alienta; y sé en verdad que Jesús descenderá conmigo a las cámaras del sepulcro. ‹Él tiene las llaves del infierno y de la muerte; él abre, y nadie cierra; cierra, y nadie abre.› ¡Oh, es un pensamiento arrobador para mi alma que, en todos los lugares y en todos los estados, mi Redentor esté conmigo! El pacto se mantiene tan firme como siempre en el sepulcro; y la muerte, que disuelve todos los demás vínculos, no libera los vínculos del pacto eterno. Nuestra unión, hermano mío», prosiguió, «con nuestra gran Cabeza mística, es tan perfecta en el polvo del sepulcro como cuando ese polvo está animado en el cuerpo. Cuando Jesús desde la zarza se proclamó el ‹Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob›, esta bendita distinción de carácter fue cuidadosamente señalada y preservada: ‹Dios no es Dios de muertos, sino de vivientes; porque todos viven para él›.»
«Aquellos patriarcas, aunque convertidos ya entonces desde hacía muchos años en polvo, seguían tan vivos para Dios, en todos los propósitos de las conexiones del pacto, en su polvo, como cuando estaban en un cuerpo animado; y de ahí observa el apóstol: ‹Porque si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor; así que, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos›.»
Mi amigo se detuvo un momento para recobrar fuerzas, y luego prosiguió: «Este cuerpo mío, querido hermano, muy pronto solo será apto para gusanos y corrupción; y cuando esté en este estado, el amigo más tierno de corazón, el amante más cariñoso, diría de tal despojo, por atractivo que antes hubiese sido, como Abraham de Sara: ‹Sepulta a mi muerta de delante de mí.› Mas como estas sensaciones no son suyas con quien tenemos que ver; como Jesús no puso jamás su afecto al principio sobre su pueblo por la hermosura de sus personas, así tampoco ese afecto disminuye cuando su hermosura se convierte en corrupción. Tampoco su unión con su persona, ni siquiera por un instante, es interrumpida por la muerte; pues así como la naturaleza divina y humana del Señor Jesús no recibió la menor separación cuando murió sobre la cruz, así de aquella unión entre Jesús y los miembros de su cuerpo místico no hay disolución cuando sus cuerpos son recogidos a sus padres y ven corrupción; porque sus almas son recibidas en su seno; y respecto de sus cuerpos también, aún viven para él. ‹Porque yo vivo, vosotros también viviréis›, dice Jesús. Cada partícula de su polvo es lo mismo para su gran Cabeza espiritual, siendo polvo, que antes de aquel cambio; pues como la unión en Jesús con sus personas enteras, esto es, sus cuerpos así como sus almas, es indisoluble, es evidente que lo mismo debe continuar con el polvo de sus cuerpos. Y de ahí que cuando Jesús dice: ‹No temas descender al sepulcro, yo descenderé contigo›, explica en cuán tierno y consolador sentido hemos de entender esto; y en verdad, así como en la muerte también en la resurrección, la certeza de este glorioso suceso nace de la misma consideración; ‹porque si›, dice el Apóstol, ‹el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de los muertos mora en vosotros, el que levantó a Cristo de los muertos también dará vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.› (Rom. 8:11.) Y así la resurrección de los justos les es certificada, no simplemente por el poder de Dios, sino por la habitación interior del mismo Espíritu de Dios, por el cual son primero despertados en gracia a una vida nueva y espiritual, y luego finalmente vivificados a la gloria eterna, en virtud de su unión con la persona de Jesús, por las operaciones del Espíritu Santo.»
Mi amigo habría proseguido, pero sus fuerzas no lo permitían. Empero aprovechaba, en cada intervalo posible, para decir algo adecuado a las circunstancias de un santo que muere. Al pobre mozo de caballeriza su amo le permitió pasar gran parte de su tiempo en el aposento del enfermo; y los muchos dichos preciosos que brotaban de mi amigo a modo de advertencia, ánimo, consejo y ruego, resultaron verdaderamente edificantes y refrigerantes tanto para él como para cada asistente presente.
En verdad que hincharía la historia de mi peregrinación hasta formar un gran volumen, si hubiesen de escribirse en ella todas las circunstancias que acompañaron la partida de mi amigo. El lector excusará la omisión, espero, y se dará por satisfecho sin más enumeración de particulares, que solo para observar que él continuó hasta el último momento en el perfecto goce de sus sentidos y de la consolación divina. Se fue hundiendo gradualmente; y a medida que descendía más y más, las palabras que pronunciaba probaban evidentemente que sus vistas de la gloria a punto de abrirse sobre él eran más plenas y más luminosas. Estaba yo sentado junto a él, con su mano apretada entre las mías, cuando murió. Las últimas palabras en sus temblorosos labios fueron: «¡Querido Señor!»
Lo enterré sin pompa, y sin otros dolientes que el pobre mozo de caballeriza y yo mismo, en un rincón vacante del cementerio parroquial.
El joven regresó conmigo a la posada, donde nos despedimos afectuosamente el uno del otro. Solo pude decir: «¡Que aquel que, confío, ha comenzado en ti una buena obra, la perfeccione hasta el día de Jesucristo!»
Al día siguiente, habiendo pagado todos los gastos contraídos en la posada, la dejé sin pesar. Había llegado el momento en que un revés de situación había de tener lugar en las circunstancias de mi peregrinación. Hasta entonces yo había hallado poco más que ‹gozo y paz en el creer›. Algunos pocos temores y recelos naturales, nacidos de los restos de la incredulidad, se habían levantado es cierto de cuando en cuando en mi mente, pero el Señor los había sobrevenido con tanta gracia que por lo general terminaban en una seguridad más firme por mi parte.
A menudo he sido llevado desde entonces a reflexionar, con particular placer, sobre la sabiduría, así como sobre la misericordia, de aquel proceso de gracia por el cual el Señor va conduciendo a su pueblo. Como Israel de antaño, en su emancipación de Egipto, de quienes se dice que ‹Dios no los llevó por el camino de la tierra de los filisteos, aunque estaba cerca, porque no aconteciese que cuando viesen la guerra se desanimase su corazón para retornar; sino que Dios hizo que el pueblo rodease por el camino del desierto.› (Éxodo 13:17.) Semejante a esto es ahora la primera apertura de la senda espiritual; las dificultades y los desalientos no son de ningún modo como aquellos que los creyentes encuentran en las etapas posteriores de su peregrinación. Miles hay que, como Israel, han cantado el cántico de triunfo, como ellos junto al Mar Rojo, cuando todavía mediaba un viaje de cuarenta años por un desierto sombrío entre ellos y Canaán; y muchos, sin duda, como Israel también, después, en medio de alguna prueba pesada e inesperada, han sido movidos a exclamar en la amargura de su alma: ‹¿Está Jehová entre nosotros o no?›
El lector me permitirá detenerme una vez más sobre esta observación, y le preguntará si su experiencia no tiene nada de correspondencia con ella. Estoy persuadido de que el caso es muy general. El líder gracioso de su pequeño rebaño, que los apacienta, como se dice, como pastor, ‹reunirá los corderos en sus brazos, los llevará en su seno, y guiará con cuidado a las que crían›. Él acomoda siempre la fuerza al día, proporciona la carga a las espaldas. Por eso las primeras manifestaciones del amor divino son por lo general las más gratas y, según nuestra concepción de las cosas, en aquel período las más poderosas. En la gracia es como en la naturaleza: las primeras impresiones son las más conmovedoras. Cuando el ojo del cuerpo, al salir de repente de las tinieblas a la luz, siente la transición con mayor fuerza; y del mismo modo, cuando el ojo del alma se abre por primera vez para ver las maravillas de la ley de Dios, el efecto es proporcionalmente mayor que cuando se halla acostumbrado a su vista. Quisiera yo que el lector de larga experiencia considerase esto más de lo que, estoy persuadido, se hace por lo general, y lo consignase en el diario de su peregrinación. Estas cosas formaron muchos problemas difíciles en la vida de David, hasta que frecuentes experiencias, ayudadas por frecuentes visitas al santuario, los explicaron. No fue en las primeras pruebas cuando adoptó aquel sentimiento: ‹Yo sé, Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste.› (Salmo 119:75.) Es una prueba muy bendita de los avances en la gracia cuando el alma probada puede usar tal lenguaje.
Pero volviendo. Había llegado la temporada en que mis pruebas me habían de ser dadas; y para mejor oportunidad de prueba, todo auxilio humano había de ser primero retirado, para que, como el pelícano en el desierto, estando solitario, Jesús fuese mi único recurso. El Señor había quitado de mi vista a mi fiel amigo y compañero. Había enviado el gusano para destruir esta calabaza tan estimada; y ahora comenzó la tempestad.
Fuente y atribución
Autor original: Robert Hawker
Título original: Zion's Pilgrim — THE DISASTER
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Robert Hawker, publicado originalmente en Grace Gems.