Ser «santificado» es ser hecho partícipe de esa santidad sin la cual nadie verá al Señor; ser hecha una nueva criatura; «revestirse del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad»; en una palabra, ser «hecho partícipe de la naturaleza divina», y tener así la santidad de Dios respirada y comunicada al alma. Sin esta santificación interior, nadie puede entrar por las puertas del cielo. Para ser hecho apto, pues, para la herencia celestial, debes tener un corazón celestial y un espíritu alabador, adorador y amante; debes deleitarte en el Señor por ser tan santo y sin embargo tan gracioso, tan puro y sin embargo tan amante, tan resplandeciente y glorioso y sin embargo tan condescendiente y compasivo.
Ahora bien, esta aptitud para la santidad, la felicidad y las ocupaciones del cielo se comunica en la regeneración, en la cual el nuevo hombre de gracia, aunque débil, es todavía perfecto. Considera al ladrón en la cruz: ¡qué ejemplo de cómo el Espíritu de Dios puede en un momento hacer apto a un hombre para el cielo! Allí estaba un vil malhechor, cuya vida se había empleado en robo y asesinato, llevado al fin a sufrir el justo castigo de sus crímenes; y como se nos dice que «los que estaban crucificados con él le injuriaban», tenemos razón para creer que al principio se unió a su compañero malhechor en blasfemar contra el Redentor. Pero la gracia soberana, ¿y qué sino la gracia soberana?, tocó su corazón, le hizo ver y sentir lo que era como pecador arruinado, le abrió los ojos para contemplar al Hijo de Dios sangrando delante de él, levantó fe en su alma para creer en su nombre, y creó un espíritu de oración para que el Señor del cielo y de la tierra se acordase de él cuando viniera en su reino: quizá el mayor acto de fe registrado en toda la Escritura, casi igual si no superior a la fe de Abraham cuando ofreció a Isaac sobre el altar.
El Redentor moribundo oyó y respondió su clamor, y le dijo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Espíritu y vida acompañaron las palabras, y levantaron al instante en su alma una aptitud para la herencia; y antes de que cayeran las sombras de la noche, su espíritu feliz pasó al paraíso, donde ahora canta las alabanzas de Dios y del Cordero. Muchos pobres hijos de Dios han continuado casi hasta sus últimas horas en la tierra sin una manifestación de amor perdonador y sin la aplicación de la sangre expiatoria; pero no se les ha permitido morir sin que el Espíritu Santo revele la salvación a su alma y afine su corazón para cantar el inmortal himno de los espíritus glorificados delante del trono.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: March 29
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.