La vida de Cristo para cada día

Auméntanos la fe para perdonar lo difícil

Los discípulos piden más fe tras el deber difícil de perdonar repetidas ofensas. Solo Cristo concede la fe, y aun habiendo obedecido somos siervos inútiles.

¿Por qué los discípulos ofrecieron la oración: «Auméntanos la fe»? ¿Acaba su Señor de revelarles algún misterio difícil de creer? No, sino que acababa de ordenarles un deber difícil de practicar. Ese deber era perdonar ofensas repetidas. Quien ha sido profunda o reiteradamente herido y se ha esforzado por perdonar libremente, sabe que el corazón malo se rebela contra la obra justa, y que la lucha es ardua entre el sentido del agravio y el del deber. En vano el ofensor razona consigo mismo y se insta a cumplir el mandamiento; su alma reluctante se resiste y rehúsa obedecer. ¿Cuál es el único remedio contra esta repugnancia interior? La fe. Si tuviéramos más fe, correríamos donde ahora no podemos caminar. Los discípulos sintieron su necesidad de fe y acudieron a quien solo puede concederla. Jesús es el autor de la fe.

Aunque a algunos profetas se les ha permitido conceder beneficios temporales, ninguno ha tenido jamás el poder de otorgar un bien espiritual. Ningún mero hombre se ha sabido que diera arrepentimiento o fortaleciera la fe. Pero el Hijo de Dios lo puede todo. Si alguno carece de sabiduría, pídala a él y le será dada; si alguno carece de fe, pídala y también le será dada. ¿Tenemos alguna excusa para decir: «No puedo hacer lo que mi Señor me manda»? Si nos resulta difícil perdonar injurias repetidas o grandes, o (lo que es aún más difícil) perdonar ofensas no confesadas, hay poder en Cristo para capacitarnos a vencer estos montes.

Y cuando hayamos logrado conquerrar los pecados profundos de nuestros corazones, ¿cuál debería ser nuestro sentir entonces? Nuestro Salvador nos enseña cuál debe ser. Cuando hayamos hecho todo lo mandado, debemos decir: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que era nuestro deber hacer». Pero nunca hemos hecho todo, ni la mitad, ni la centésima parte de las cosas que se nos mandaron. No solo somos siervos inútiles, sino provocadores y culpables. Si no tuviéramos al Dios de toda paciencia por amo, habríamos sido despedidos hace mucho de su servicio. Pero en vez de despedirnos, nos trata del modo más generoso. Su yugo es fácil y su carga ligera, mientras su recompensa es un peso de gloria. Es tan infinitamente grato que, tras soportar nuestros servicios imperfectos, ha prometido decir a cada uno que lo ame sinceramente: «Bien, buen siervo y fiel, entra en el gozo de tu Señor».

El pensamiento de recibir semejante aprobación debería humillarnos más que la reprensión más severa. Humillará a quienes la reciban. Cada uno de ellos echará su corona de vida a los pies de Aquel que la concedió, y dirá: «Tú eres digno, Señor, de recibir gloria, honor y poder».

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The disciples pray for more faith

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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