Los clamores de la incredulidad
A mi derecha, en la reunión de oración, estaba sentado un anciano, a quien el conductor de este pequeño círculo se dirigió a continuación, para inquirir sobre los tratos llenos de gracia del Señor con su alma. «Espero —dijo el hombre pobre, llamándole con toda la libertad de quien le era desde tiempo conocido—; espero —dijo— que ahora podrás darnos algún testimonio de la palabra de su gracia. Anhelo, paréceme, oír de un antiguo discípulo como tú, alguna evidencia de la fidelidad de nuestro Dios, que hace pacto y que cumple el pacto.»
«¡Ay! —respondió el anciano—, mi lenguaje ha de ser muy semejante al que muchas veces has oído. Aún gimo bajo la carga de la incredulidad, y no sé cuándo alcanzaré libramiento de ella. Largo tiempo ha, me temo, antes de que pueda yo "consolar a los que están en cualquier tribulación, con la consolación con que yo mismo soy consolado de Dios." Con frecuencia me comparo a los espías indignos, que Moisés envió a reconocer la tierra prometida; y temo que, como ellos, jamás alcance la posesión de ella, a causa del mismo pecado que me asedia, la incredulidad. Si asisto a los medios de gracia, vuelvo, por lo general, sin provecho, a causa de los sugerimientos de este mal corazón de incredulidad. Si oigo la palabra del evangelio predicado, aunque conozco la verdad tal como está en Jesús, y amo sentarme bajo el sonido de ella, con todo, demasiado a menudo, como a los israelitas, no me aprovecha, por no ir mezclada con fe. Si en algún momento leo la Biblia, y me vuelvo a aquellas "grandísimas y preciosas promesas", que pertenecen al pueblo del Señor, su dulzura se pierde en mí, por el temor de no tener derecho a ellas; ¡y cuántas de las providencias de mi Dios, que bien sé que cada una está llena de segura bendición en su desenlace final para su pueblo, son pervertidas en sus efectos sobre mí, por la impaciencia y la desconfianza de mi corazón incrédulo! ¿Y podrá una tal criatura decir algo en manera de aliento a la ejercitada familia del Señor, cuando él mismo es tan sin fe e incrédulo?»
«Confieso —replicó el hombre pobre— que un estado como el que describes no puede ofrecer mucha ayuda a la causa de Cristo; pero bendito sea nuestro Dios, este es el carácter del cristiano: que "si fuéremos infieles, él permanece fiel; no puede negarse a sí mismo." Tu falta de fe, cierto, es dañosa a tu paz, pero no a su causa. La incredulidad, como un gusano en el botón, cancra la flor y la fragancia de las más dulces flores de la gracia; y si nuestros padres de la iglesia en el desierto hubieran estado en este estado de ánimo, en vez de rodear al peregrino cristiano, como ahora lo hacen, con tan gloriosa nube de testigos, habrían estado en el camino tan solo como otras tantas columnas de sal. Pero déjame decirte, hermano abatido, que conozco demasiado bien tu verdadero carácter, tanto por una mirada a tu experiencia como por la mía (habiendo sido yo tan largamente ejercitado por la incredulidad, tanto en tiempos pasados —aun ahora sintiendo con harta frecuencia su influencia), como para no saber que el mismo dolor que expresas, a causa de la supuesta falta de fe, lleva en sí un testimonio de que debes tener alguna fe para así quejarte. Que tu fe no es igual a tus deseos, lo concedo de buena gana, pues ¿de quién lo es? Pero que difieres de manera muy esencial de aquellos que están encerrados en total incredulidad, es bien evidente. En prueba de lo que digo, compara tu situación presente con lo que era en los días de tu no regeneración. Entonces estabas no solo "sin Cristo y sin Dios en el mundo", sino absolutamente inconsciente de tu falta; mientras que ahora, tus deseos más fervientes son que "Cristo habite por la fe en tu corazón", y sea plenamente formado allí "la esperanza de gloria." Si no hubiera fe en tu corazón, ¿de dónde nacen estos deseos de más? Es el precio del don lo que te hace anhelar mayores manifestaciones del dador; y es la conciencia de esta vergonzosa incredulidad lo que te hace temer que no tienes fe alguna. Mientras, pues, gimes bajo esos temores, cada suspiro prueba que no son sino efectos de los cuales la misericordiosa bondad de nuestro Dios te librará, a su tiempo. Lleva tus quejas a Aquel que es a un tiempo "el Autor y Consumador de la fe." Imitemos la oración del apóstol: "¡Señor, aumenta nuestra fe!" —y ten por cierto que, si nuestra fe fuera tan solo como un grano de mostaza, por pequeño e insignificante que sea, con todo no es de crecimiento de la naturaleza, ni de producción de la naturaleza. Esa pequeña porción que posees, es don de la misma potencia omnipotente que creó la fe de Abraham. Recíbela, te ruego, como "la prenda de la herencia prometida, para alabanza de su gloria."
»Y mientras digo tanto, a manera de convencerte de que, en medio de todas tus quejas, tienes gran causa de gratitud delante de Dios, déjame recordarte también que aquello de que te quejas forma parte de las quejas de todo el pueblo del Señor. No; más aún; los mayores ejemplos de fe que hallamos en la Escritura, ofrecen al mismo tiempo los mayores ejemplos de incredulidad; como si el amado Señor de su pueblo quisiera enseñar a todos esta importante lección: que el hombre no es nada en sí mismo; sino que toda su suficiencia es de Él. Abraham, que nos es transmitido en la historia de la iglesia como el gran dechado de fe, y que pudo y ejerció tal confianza sin par en el Señor, en el caso de su proyectado sacrificio de Isaac, con todo, este mismo hombre no pudo, en otra ocasión, confiar en la fidelidad de Dios para librar a Sara del peligro. (Gén. 20.) Job, bajo el influjo de la fe, pudo decir confiadamente del Señor: "Aunque él me matare, en él esperaré"; con todo, en otra ocasión, bajo el peso de la aflicción, clamó impacientemente: "¡Oh que se me concediera mi petición, y que Dios se dignara destruirme!" (Job 6:8, 9.) Y la vida entera de David, como puede colegirse de su libro de los Salmos, se compuso de conflictos entre creer y dudar. No necesito mencionar el caso de Pedro como prueba adicional del estado fluctuante de la mente humana; quien, en el monte de la transfiguración, dio tan glorioso testimonio; y en el palacio de Pilato, pronunció tan vergonzosa negación del carácter de su Señor. (Compárese Mat. 16:16 con 26:69.) Todos estos y diez mil instancias menores, sirven para mostrar lo que el hombre es en sí mismo, y lo que el mismo hombre puede ser cuando es sostenido por la gracia de Dios.
»Déjame rogarte, pues, en la estimación de tu estado espiritual, tal como está delante de Dios, que nunca pierdas de vista estas cosas; y mientras un profundo sentido de la incredulidad de tu corazón te hace humilde, y te conduce continuamente a un asiento de misericordia por un aumento de fe, de parte de Aquel cuyo don único es, no pases por alto aquella porción de la bendición que el bondadoso Señor ya te ha concedido. Nunca olvides que el más pequeño grado de fe es fe; enteramente distinto de todas las operaciones de la naturaleza, y muy por encima de todo poder humano para producirlo. No olvides tampoco que no es la cantidad, sino la calidad, lo que constituye el principio. "Por él", dice el apóstol, "todos los que creen son justificados de todas las cosas." Observa la expresión: todos los que creen. No dice creyentes de tal o cual descripción y carácter, o que lleguen a tal norma; sino TODOS los que creen. Mientras, pues, posees el más pequeño grado de fe, bendice a Dios por ello. La medida más pequeña indica de quién viene; y declara de quién eres, y a quién perteneces. Es el rasgo uniforme de la familia de la casa de fe del Señor; pues "todos los que creen están ordenados para vida eterna." Las porciones grandes de una gracia tan preciosa son, sin duda, muy deseables; pero para los creyentes pobres, tímidos e incrédulos (si se me permite la expresión), es un pensamiento reconfortante que el Gran Pastor "recoge los corderos con su brazo, y los lleva en su seno", y son tan queridos y preciosos a sus ojos como los fuertes de su rebaño.
Esos deseos débiles, esos anhelos tan leves, Es Jesús quien los inspira y te manda aún buscar— El Dios que buscas no tardará mucho— Y por él los débiles están tan seguros como los fuertes.
Fuente y atribución
Autor original: Robert Hawker
Título original: Zion's Pilgrim — THE CRIES OF UNBELIEF
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Robert Hawker, publicado originalmente en Grace Gems.