Debe recordarse que cuando Jesús caminó sobre el mar hacia sus discípulos, dejó a una gran multitud en la otra orilla del lago. Esta gente había sido alimentada por Él al atardecer; pero después muchos habían permanecido cerca del monte al que Él se había retirado a orar. Habían visto con agrado que los discípulos embarcaran sin su Maestro, en la única barca entonces sobre el mar, y se habían sentido seguros de encontrarlo cerca de ellos por la mañana. Pero ¡cuál fue su consternación, al llegar la mañana, al no poder encontrarlo! No lograban imaginar cómo había podido marcharse.
Mientras estaban en este estado de perplejidad, llegaron algunas barcas. En ellas embarcaron con alegría y, cruzando el lago, pronto llegaron a la ciudad de Capernaum. Buscaron allí a Jesús y lo hallaron enseñando en la sinagoga. Expresaron su sorpresa por el encuentro, diciendo: «Rabí, ¿cuándo llegaste acá?». Jesús, sin embargo, no satisfizo su curiosidad respondiendo a su pregunta, sino que procedió a desvelar sus corazones y a exponer los motivos egoístas y terrenales que los llevaban a buscarlo con tanto afán. ¡Quién hubiera supuestamente que una comida de pan y pescado fuera más valorada por ellos que las preciosas palabras del Salvador! Y así fue. Aunque Jesús era el Hijo de Dios y tenía los dones más valiosos que conferir, el refrigerio terrenal que había proporcionado era más estimado por la multitud rastrera que el cielo y todas sus bendiciones.
El Salvador reprendió su mundanidad diciendo: «Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece». ¿Quería acaso prohibir el trabajo honesto para ganarse la vida? De ningún modo. Está mandado que si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. La expresión significa: «No trabajéis tanto por la comida que perece, como por la que a vida eterna permanece. No trabajéis en absoluto por ella en COMPARACIÓN con el empeño con que trabajáis por las bendiciones celestiales». ¿Obedecemos nosotros esta instrucción? ¿Somos de verdad mucho más fervientes y solícitos por las cosas eternas que por los placeres o comodidades terrenales? Aquello por lo que más nos afanamos ocupará el primer lugar en nuestros pensamientos. ¿Qué ocupa el primer lugar en nuestros pensamientos? Quizá no seamos tan pobres como lo era esta gente, y por tanto no estemos tan preocupados por una sola comida. Pero si es malo estar tan absortos en la comida necesaria, ¡cuánto más malo es estar absortos en cosas terrenales innecesarias —tales como placeres, incluso placeres inofensivos—, el favor de los hombres, el aumento de nuestros bienes, o el éxito de nuestros estudios! Hay una sola cosa necesaria: la comida que a vida eterna permanece.
Sin embargo, nosotros, criaturas desvalidas y pecadoras, jamás podríamos obtenerla por nuestros esfuerzos más fervientes, si no se hubiera confiado al Hijo de Dios el otorgárnosla. Dios el Padre ha dado vida eterna al Hijo por nosotros, y ha sellado al Hijo. Un rey pone su propio sello sobre sus mandatos escritos para que los hombres sepan que son suyos; así Dios el Padre selló a su Hijo, capacitándolo para hacer milagros, mostrando así a los hombres que lo había enviado. Nuestro deber es creer en este Hijo, que puede darnos vida eterna.
La gente preguntó, con espíritu farisaico: «¿Qué debemos hacer para poder realizar las obras de Dios?». Parecían pensar que podían hacer algo para hacerse merecedores de la vida eterna. Esto era imposible. Criaturas culpables y contaminadas no pueden hacer nada verdaderamente bueno. Pero hay un Salvador al que pueden acudir por perdón y gracia. Jesús los dirigió a sí mismo cuando dijo: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado». Él llama creer una obra. Sin embargo, no es una obra de mérito; es el mendigo que viene al rey por limosna; es el criminal que suplica al juez por misericordia. Esta es la primera obra que cada uno de nosotros debe realizar. Hay uno que es capaz de salvar y de destruir: Él es el Hijo de Dios. Todo poder le ha sido conferido. ¿Acudimos con fervor a Él por salvación? ¡Cuán necio es solo pedirle flores marchitables, cuando Él podría conferir una corona de vida! ¡Cuán necio es solo temer el pinchazo de los espinos y cardos, cuando la espada de la ira eterna está en su mano! No insultemos a este Salvador buscando sus dones menores, mientras descuidamos implorar aquel don que Él compró para nosotros con su sangre.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The multitude seek Jesus from interested motives
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.