La vida de Cristo para cada día

Buscar primero el reino y desechar la ansiedad

El Señor prohíbe la ansiedad angustiosa por el sustento y llama a sus discípulos a buscar primeramente el reino de Dios, confiando en que el Padre proveerá todas las demás cosas.

Nuestro Salvador había mandado a sus discípulos no atesorar en la tierra. En este pasaje les da otro mandato que parece mucho más difícil de obedecer: les prohíbe afligirse por la comida y el vestido necesarios. Por naturaleza estamos inclinados a juzgar imposible no preocuparnos por el medio de nuestro sostenimiento; pero Dios nos ofrece bondadosamente muchos argumentos para evitar que cedamos a tales cuidados.

¿Dudamos del poder de Dios para proveernos? ¿Quién nos dio la vida e hizo nuestros cuerpos? ¿No es mucho más fácil vestirnos y alimentarnos que crearnos? ¿Dudamos de la bondad del Señor? ¿No se digna alimentar a los cuervos y vestir a los lirios? Y ¿no somos nosotros mucho mejores que ellos, esto es, mucho más preciosos a sus ojos que las aves o las flores? Por tanto vemos que deshonramos a Dios al dudar de que Él proveerá para nuestras necesidades.

También es inútil afligirse por el futuro. Con la ansiedad no podemos añadir un solo codo a nuestra estatura, ni un solo momento a nuestra vida. Sabemos por otras partes de la Escritura que Dios no desea que seamos ociosos o imprudentes: solo prohíbe los temores inútiles y atormentadores acerca del porvenir.

¿Y por qué prohíbe tales pensamientos? Porque hay un objeto más noble puesto delante de nosotros, que requiere todos nuestros pensamientos: «El reino de Dios y su justicia». Este reino debemos buscarlo con empeño, o no lo alcanzaremos. Si nuestros pensamientos están ocupados en las cosas terrenales, perderemos esta herencia celestial. Cristo dijo: «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (o al mundo). Tampoco podemos estar absortos en qué comeremos, beberemos y vestiremos, y al mismo tiempo buscar a Dios. Cristo dijo que los gentiles pensaban en estas cosas. Los gentiles de aquel tiempo eran paganos ignorantes, no conocían a Dios, por eso estaban ocupados con cuidados terrenos; pero nosotros no debemos ser como ellos.

Si queremos descubrir nuestro estado delante de Dios, examinemos en qué asuntos suelen ocuparse nuestros pensamientos. Desde luego, mientras estamos dedicados a algún negocio, nuestra mente debe estar en ese negocio; pero una vez terminado, nuestros pensamientos vuelan hacia los objetos en que más nos deleitamos. Si somos hijos de Dios, nuestros pensamientos volarán a menudo al cielo, la casa de nuestro Padre; pero si no hemos nacido de nuevo, se arrastrarán por la tierra. Esta es la propia regla de Dios: «Los que viven conforme a la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu».

Puede parecernos un pecado leve el estar absortos en pensamientos terrenales; pero es señal de que estamos en la carne, no nacidos de nuevo del Espíritu. Ahora está escrito: «Los que están en la carne no pueden agradar a Dios». ¡Cuán terrible sería morir en ese estado!

¡Con cuánta bondad se compromete Dios a librarnos de la necesidad, mientras buscamos con todo el corazón las bendiciones espirituales! «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas».

¡Cuán felices seríamos aun en este mundo si obedeciéramos este mandamiento! «Basta a cada día su propio mal». Es mucho más grato pensar en el cielo y en Cristo que detenerse en los males de la vida; y ¡oh, cuánto más seguro es! Pues aunque es inútil preocuparse de las cosas terrenales, es de la mayor utilidad pensar en las espirituales. Pensando en el infierno, seremos llevados a huir de él; pensando en el pecado, a temerlo; pensando en la justicia, a implorar a Dios que nos la conceda, aun la justicia de Cristo sobre nosotros, sus culpables criaturas.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: to end. Christ forbids worldly anxiety

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura