La Pascua llega en el calendario solamente una vez al año, pero para el cristiano cada día es una Pascua. Cada mañana deberíamos levantarnos a novedad de vida. En pleno invierno no necesitamos esperar la llegada de la primavera para recibir las lecciones del tiempo pascual. Cristo resucitó una vez para siempre y la gloria de su victoria resplandece por doquier, y el poder de su resurrección se hace sentir dondequiera que él es conocido, amado y seguido.
La Pascua debería dejar en todo corazón cristiano nuevas inspiraciones, un nuevo impulso, una nueva revelación de esperanza. Debería sernos más fácil vivir con nobleza y victoria después de haber disfrutado otra Pascua con sus grandes lecciones. Una ola de consuelo debería recorrer el mundo, mientras el día lleva por doquier su noticia de resurrección. La muerte ha sido vencida. Una tumba ya no es una prisión sellada sin esperanza: sus puertas han sido rotas. Este es el mensaje que la Pascua lleva a cada hogar de dolor, a cada corazón solitario y desolado.
Pero ese no es todo el significado de la lección pascual. Quizá la reducimos demasiado. Guardamos su consuelo para los días en que la muerte está en nuestro hogar, cuando nos hallamos junto a las tumbas de nuestros seres queridos. ¡Bendito es entonces su mensaje! Nos dice que lo que a nuestros ojos cegados parece muerte es vida, y que la tumba es solo una pequeña cámara de paz donde nuestro ser querido piadoso dormirá hasta la mañana.
Pero la lección se extiende y abarca toda la vida. Derrama una gloria sobre cada tristeza. Susurra esperanza en toda experiencia de pérdida. Habla de victoria no solo sobre la muerte, sino sobre todo aquello en lo que los hombres parecen sufrir derrota: sobre todo dolor, padecimiento y prueba. Jesús mismo enunció el gran principio de la victoria de la resurrección cuando dijo: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto». La caída del grano en la tierra, para perecer allí, no es una desgracia, ni el desperdicio, la pérdida o el perecer del grano; es solo el camino por el cual alcanza su pleno desarrollo y llega a su mayor fecundidad.
La pequeña parábola tuvo su primera interpretación en la muerte de Cristo mismo. Morir no sería una desgracia para él; era solamente el camino a la vida más alta y más amplia en la cual lo introduciría. Él se hallaba entonces frente al problema de su cruz. Ciertamente parecía un terrible desperdicio de vida preciosa lo que se le exigía. ¿No sería mejor que evitara el sacrificio y siguiera viviendo, buscando refugio, tal vez, en otra tierra? Pronto llegó la respuesta. El grano de trigo podría reservarse sin sembrarse, pero entonces sería solo un grano limpio, entero y brillante, sin aumento alguno, sin despliegue de su maravilloso secreto de vida y fecundidad. La única manera de que esa vida bendita alcanzara su plena belleza, y de que su misterio de bien y de gloria se cumpliera, era aceptando la cruz. «Si muere, lleva mucho fruto».
Es fácil comprender cómo esto se cumplió en la vida de Cristo después que resucitó. Sin duda sus amigos se entristecieron por su muerte, pensándola un terrible error. ¡Si tan solo hubiera vivido hasta la vejez, continuando su ministerio de amor a lo largo de los años, qué bendiciones habría dejado en el mundo! Pero su muerte en la negrura de la crucifixión había apagado la luz de su santa vida. Ese era el fin. ¡Qué desperdicio! Pero sabemos cuán equivocados estaban todos estos lamentos y pesares de amor. Si Jesús se hubiera reservado de la cruz, habría habido una hermosa vida prolongada por unos cuantos años más de santa enseñanza y de amoroso ministerio. Pero él dio su vida: el grano de trigo cayó en la tierra y murió, y hoy vemos la cosecha en el cristianismo, con todas sus bendiciones.
Aunque esta gran ley recibió su más alta ilustración en la muerte y resurrección de Jesucristo, es también la ley de toda vida espiritual. Poco después de haber hablado su parábola del grano de trigo, el Maestro añadió: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para vida eterna». Así la ley se aplica a todos los hombres y a todas las experiencias. El camino a la plenitud de vida es a través de la muerte. Podemos ahorrarnos la pérdida, el costo y el sacrificio, si queremos; podemos negarnos a las renuncias que el amor nos exige; podemos complacernos a nosotros mismos y rehusar hacer por otros aquello a lo que somos llamados y que nos demandaría esfuerzo y dolor. Parecerá que estamos salvando nuestra vida, pero en realidad la estamos perdiendo. El camino a lo mejor de nuestro carácter y de nuestra fecundidad es a través de la muerte. Debemos morir para vivir. Debemos perder para ganar.
Esta es la gran lección de la vida cristiana. No es una que se aplique solamente a la muerte y a la esperanza de inmortalidad: se aplica a todas las experiencias de la vida. No llega solo una vez al año, con su brillo y su gozo; es una lección para cada día, y tiene su inspiración para nosotros en cada fase del vivir. Continuamente llegamos a tumbas en las cuales debemos depositar alguna esperanza, algún tesoro, algún gozo, pero de las cuales lo depositado resucita a novedad de vida y de belleza.
Cada llamado a la renuncia es una de esas tumbas. Llegamos a un punto donde la ley del amor exige que renunciemos a un placer que habíamos anhelado. Si no estamos dispuestos al sacrificio, si no podemos hacerlo, el grano de trino queda solo, sin aumento, sin fruto. Pero si nosotros, en quietud de amor y fe, cumplimos el deber difícil, aceptamos la renuncia y rendimos el servicio costoso, el grano dorado cae de nuestra mano a la tierra y muere. Sin embargo, no perece. Vive de nuevo, brotando de su sepultura en vida nueva y más rica. Perdimos la comodidad codiciada, o la posesión querida, renunciamos a nuestro placer y gastamos nuestras fuerzas en ayudar a otro; prescindimos de nuestro descanso vespertino y salimos apresurados a la tormenta para hacer el bien, pero recibimos una bendición espiritual cuyo valor para nosotros supera con creces la pequeña comodidad, descanso, gozo o reposo que dejamos y enterramos en nuestro sepulcro-jardín.
Cada llamada a un deber difícil o costoso es una semilla. Está en nuestra mano: ¿qué haremos con ella? ¿Guardaremos nuestra pequeña comodidad, nuestro dinero, nuestro placer, nuestra hora tranquila? ¿O la dejaremos caer en la tierra y morir? Alguien lo expresó así: «Se me dio una semilla para guardar como mía. Cuando más la amaba, se me ordenó enterrarla en la tierra. La enterré, sin saber que estaba sembrando». Sabemos lo que viene de sembrar: la semilla brota en una planta, hermosa, fragante; o en trigo que ondea en una cosecha dorada; o en un árbol en el que crecen frutos deliciosos.
Pero no es fácil dejar caer nuestra semilla en la tierra. Nos parece que la desperdiciamos, que la perdemos, que la tiramos. ¡Queremos guardarla! Bueno, si lo hacemos, no será más de lo que es hoy: un placer, una moneda, una hora de descanso. Pero si la entregamos en respuesta al llamado o a la necesidad del amor, crecerá en una gran cosecha de bendición.
No nos gusta la palabra «deber». Parece significar algo difícil y desagradable. Pero cuando la aceptamos de nuestro Maestro y la tomamos con amor en el corazón, se transforma para nosotros en algo hermoso. Un viajero en Sudáfrica cuenta que recogió una piedra áspera. Al girarla en su mano, su ojo entrenado vio el brillo del diamante. Así también, el deber puede tener una corteza áspera y poco atractiva, pero quien lo acepta y lo contempla con ojos de amor ve en él un servicio a Cristo que rendirá el celestial tesoro de paz y gozo.
Esta es la ley de la vida desinteresada. Solemos compadecer a los que son llamados a negarse a sí mismos por causa de otros, pero toda llamada a la renuncia es una llamada a un nuevo enriquecimiento de nuestra propia vida, así como a un nuevo servicio de amor que hará bien a otros. Lo inferior ha de sacrificarse a fin de obtener lo superior. Así como en el grano de trigo se esconde un secreto de valor y crecimiento que solo puede realizarse mediante la muerte del grano en la tierra, así también en cada fragmento de felicidad y bienestar humano hay guardado un secreto de bendición y de bien, que solo puede manifestarse mediante su pérdida y entrega.
Phillips Brooks ha expresado bien esta verdad con estas palabras: «Se te llama a renunciar a un lujo, y lo haces. El pequeño fragmento de vida cómoda queda silenciosamente enterrado bajo tierra. Pero ese no es el final. La pequeña indulgencia que habría hecho tu vida corporal más fácil por un día o dos, o por un año o dos, sufre en su sepultura una extraña transformación y sale como una cualidad espiritual que bendice y enriquece tu alma para siempre. Renuncias a alguna ambición que había ejercido sobre ti un poder soberbio, a cuyo séquito y sombra habías esperado vivir con algo de su gloria proyectada sobre ti. Envías eso a su tumba, pero tampoco permanecerá allí».
Así, por doquier, esta verdad del evangelio llega a nosotros con su divina revelación. Nos engañamos a nosotros mismos siempre que intentamos salvar nuestra propia vida, reteniéndola lejos del deber difícil, del servicio costoso o del sacrificio. El único camino a lo mejor y a lo más alto es a través de la pérdida de lo inferior. La hoja de rosa debe quebrarse para obtener su fragancia. El amor debe sufrir para revelar su más rica ternura y belleza.
La vida es siempre doble. Hay una forma exterior en que se presenta a nuestros sentidos, y hay un espíritu interior que es la cualidad vital. Pero este elemento interior, espiritual e inmortal solo puede hallarse a través de la muerte de la forma exterior y temporal. ¡El grano dorado debe ser enterrado en servicio o sacrificio de amor, para que de su tumba resucite aquello que es invisible y eterno!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Every Day an Easter
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.