Direcciones de comunión y exposiciones devocionales

Cántico en la noche: llevar el gozo de la comunión a la vida cotidiana

Una alocución de cierre que invita a los comulgantes a llevar consigo, al retomar la vida cotidiana, los sagrados recuerdos del banquete de comunión, con nuevos propósitos de obediencia.

DOMINGO POR LA TARDE

DOMINGO POR LA TARDE—ALOCUCIÓN DE CIERRE

«Vosotros tendréis cántico como de noche en que se celebra fiesta solemne; y gozo de corazón, como el que va con flauta para venir al monte de Jehová, a la Roca de Israel.» —Isaías 30:29

«Pero el pueblo de Dios entonará un cántico de júbilo, como los cantos en las fiestas solemnes. Estaréis llenos de gozo, como cuando un flautista guía a un grupo de peregrinos a Jerusalén, el monte del Señor, a la Roca de Israel.» Isaías 30:29

En los solemnes servicios previos de hoy, nuestras mentes se dirigieron al significado típico de la primera Pascua en Egipto, la cual procuramos conectar, mediante muchos rasgos notables, con nuestra propia celebración del Nuevo Testamento.

He pensado que no podría concluir de modo más adecuado y cerrar nuestras meditaciones sacramentales que con las palabras leídas hace un momento del gran Profeta evangélico. Se refieren a una costumbre interesante en la celebración de la Fiesta Pascual durante los siglos subsiguientes de la historia hebrea, cuando, año tras año, todo israelita subía a Jerusalén. Las multitudes que afluyan allí desde todas partes de Palestina tenían por costumbre viajar tanto de noche como de día, avanzando en grupos o compañías, animándose unos a otros con la voz de salmos y cánticos sagrados, o con la simple música de la flauta o el pandero.

¡Qué torrente de pensamientos debió inundar el pecho de aquellos Peregrinos, cuando, bajo una clara luna pascual, y haciendo resonar los valles con sus melodías, se acercaban a la Ciudad de las Solemnidades para conmemorar la época más poderosa de su historia nacional! Muchas y variadas, podemos suponer, serían las voces que componían estos cantos nocturnos, desde los acentos trémulos del anciano patriarca, que antes había recorrido muchas veces con paso más recio el mismo camino, hasta los del joven, que ahora, al fin, iba a ver colmados los ardientes anhelos de su niñez, y a ser personalmente espectador de las glorias que se dicen de la Ciudad de Dios.

Podemos imaginar, conforme las aldeas apartadas y los caseríos, desde las laderas del Líbano hasta las fronteras de Idumea, derramaban sus grupos, cuántos y cuán gratos temas de conversación habría por el camino. Algunos, acaso por diversas causas, habían salido de sus hogares con tristeza, desconsolados y abatidos, y serían animados y reconfortados por la simpatía de mentes afines. Sería una temporada de santas reuniones de comunión entre israelita e israelita. La voz de la oración unida se mezclaría con la del loor, mientras el único objeto de su viaje, la única nota dominante de su cántico, haría estremecerse de gozo cada corazón: «¡Nuestros pies se detendrán dentro de tus puertas, oh Jerusalén!»

Pero a su debido tiempo, las solemnidades concluyen. Los caminos de Palestina vuelven a estar abarrotados de los adoradores que regresan; estos caminos, iluminados por la luna pascual menguante y su séquito de estrellas acompañantes. La medianoche, una vez más, resuena con los Cánticos de Sión.

¡Cuántos pensamientos nuevos debieron agolparse en las mentes de estos caminantes! ¡Cuán variados los sentimientos con que meditarían sobre el festival ya terminado! ¡Cuán breve (¿no sería una de sus reflexiones?), cuán breve ha sido la temporada gozosa! Parece que fue ayer cuando entrábamos con corazones saltarines dentro del Templo de nuestros Padres, y ya estamos de nuevo despidiéndonos. Esperamos durante un año largo este encuentro festivo. Ha venido y se ha ido. El voto está hecho; la ofrenda votiva rendida. Las sagradas Puertas se cierran, ¡y estamos recorriendo de nuevo el camino a nuestros lejanos hogares de monte y aldea!

Breves son, también, en nuestra experiencia, las mejores y más santas temporadas de gozo festivo en la tierra. Comemos nuestra cena pascual como si, a semejanza de los antiguos hebreos, con lomos ceñidos, pies calzados de sandalias y bordón de peregrino, todo indicativo de la prisa del peregrino. La Fiesta perdurable, ininterrumpida, sin fin, está allá arriba, donde los convidados están reunidos y asociados no por una hora fugaz, sino por la eternidad.

El pensamiento más apropiado para nosotros, en esta parte de nuestro servicio, es que estos caminantes judíos volvían a sus respectivos hogares para reanudar sus ocupaciones habituales, la rutina acostumbrada de la vida cotidiana. Habían estado durante días, quizá semanas, lejos de las escenas del trabajo mundanal. La faena del labrador había quedado suspendida. El viñador había dejado su podadera, el labrador su arado; las redes del pescador estaban tendidas en las orillas de Galilea, y su barca dormía sobre su sombra, amarrada a las rocas de Cafarnaún. Una honda y desmundanizada solemnidad había reinado dentro de Jerusalén, mientras la nación, al mandato de su Dios, celebraba su fiesta solemne. Pero las sagradas Puertas están cerradas: la Fiesta ha terminado; la vieja heredad del trabajo debe retomarse; las vestiduras festivas y de gala deben trocarse por el atuendo ordinario; y conforme los grupos se apresuran de vuelta a sus casas por los caminos, y por los llanos y valles, ven al labrador de nuevo en su campo, al pastor de nuevo con su cayado en medio de su rebaño; el marinero hebreo ha zarpado de nuevo con su carguo tirio, y los pescadores de Genesaret vuelven a prepararse para una noche de faena.

Así es, hermanos, con nosotros. Tras las más sagradas temporadas festivas y sacramentales, los negocios y afanes del mundo reafirman necesariamente sus exigencias. Su bullicio y su estrépito han de oírse y entrarse de nuevo, y el trabajo, designio propio de Dios, sí, designio gracioo, debe reanudarse.

PERO, pensamos, ¿esos antiguos adoradores judíos (aquellos que lo eran de veras), al quitarse el atuendo festivo, se quitarían también su espíritu festivo y de gala? En medio de los contactos rudos de la existencia cotidiana, ¿los recuerdos del Festival de Jerusalén no permanecerían ya en su memoria? No, antes bien, ¿no seguirían los Cánticos de Sión frecuentando sus oídos y colgando de sus labios? ¿No se oiría al pastor entonarlos en medio de su lanudo rebaño, junto a verdes pastos y aguas de reposo? ¿No los tararearía el pescador en su guardia nocturna en el Lago, y el marinero mientras surcaba el Grande Mar y los montes lejanos de su tierra paterna se iban perdiendo a la vista? ¿No reuniría el aldeano, al llegar a su casa entre los collados de Cedes o en las estribaciones del Hermón, tarde tras tarde, al volver de su faena, a sus pequeños junto a su rodilla, y les repetiría los gozosos recuerdos de la santa temporada?

Séanos propio, queridos amigos, al dejar el Banquete del Nuevo Testamento y dedicarnos, como debemos dedicarnos, a nuestras diarias ocupaciones, llevar con nosotros los sagrados recuerdos de él. Estas temporadas de Comunión, aunque no sean sino breves lugares de pausa en la peregrinación de la vida, están destinadas también como Pabellones de refrigerio y reavivamiento espiritual en la ascensión del «Collado Difícil», para fortalecernos y retemplarnos para el camino cotidiano que ha de recorrerse de nuevo, el monte empinado y escabroso que ha de escalarse de nuevo. Al vestir de nuevo el ropaje del mundo y medirnos una vez más con afanes y deberes, prohíbamos que conozcamos, respecto de las cosas espirituales y las santas resoluciones, el poder de olvido del mundo, que dejemos que sus atractivos arrollen nuestras solemnes impresiones, ¡como las marcas de la marea en la arena son borradas y obliteradas por la primera marea creciente!

Antes bien, al reanudar nuestras variadas tareas y empleos, sea con nuestros corazones desbordándose en gratitud a Aquel que nos convocó al lugar de las solemnidades, para ratificar su pacto y darnos prendas festivas de su amor. Al dejar el banquete, séanos propio recoger en espíritu los mismos sones que pendían de los labios de los hebreos que regresaban, y, con devoción cordial mezclada con resoluciones de nueva obediencia, decir: «¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?». «Jehová ha sido memorativo de nosotros; nos bendecirá; bendecirá a la casa de Israel; bendecirá a la casa de Aarón; bendecirá a los que temen a Jehová, a pequeños y a grandes».

«A los que temen a Jehová, a pequeños y a grandes.» Entre las multitudes de caminantes judíos que retomaban el familiar camino a sus hogares nativos, a ninguno sigue la imaginación con interés más hondo y más bondadoso que a los jóvenes adoradores, aquellos que habían subido a Jerusalén para contemplar por vez primera la Ciudad del Gran Rey, para presentar su primera ofrenda y pagar su primer voto. Muchas madres en lugares distantes del país, sin duda, durante su ausencia, seguirían con emoción orante el primer viaje de su hijo, y aguardarían con solícita temblor oír las impresiones de una peregrinación inolvidable. ¿Nos equivocamos al pensar que el carácter de no pocos jóvenes israelitas sería moldeado e influido de manera permanente por aquella época decisiva en los umbrales de la vida; que, respecto de no pocos de ellos, se cumplieron dichosamente las palabras de su gran Salmista: «De Sión se dirá: Este y aquel nacieron en ella; y el mismo Altísimo la afirmará»?

Y, sin duda, si entre los que hoy han venido a nuestra Pascua Evangélica hay algunos cuyas circunstancias son más interesantes que las de otros, son las de los jóvenes comulgantes.

¡Cuán solemne e importante es este paso en vuestra historia espiritual! No puede uno menos que sentir, respecto de la mayoría de vosotros que habéis rodeado por primera vez la mesa del Señor, que vuestros caracteres también se están just formando; que de las resoluciones que ahora habéis tomado y de la manera en que las llevéis a cabo depende en mucho lo que será vuestro porvenir. Habéis puesto la mano en el arado; mirad no volvéis atrás. Oh, procuraos actuar, orar y vivir la firme resolución de que «sea lo que sea que otros hagan, en cuanto a ti, servirás al Señor». Sea larga o corta la perspectiva de la vida, que nunca ceséis de acariciar un vivo recuerdo de vuestro primer voto pascual; que sea con vosotros como con los jóvenes hebreos que, al dejar Jerusalén después de su primera fiesta, dirigían una mirada anhelante y llorosa a las Puertas que se cerraban tras ellos: «Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, olvide mi diestra su destreza en el arpa. Mi lengua se pegue a mi paladar si de ti no me acordare, si no enaltezca a Jerusalén como mi mayor gozo.» Salmo 137:5-6

A todos los aquí presentes, jóvenes y ancianos, repetiría la bendición que más de una vez ha sido derramada sobre vosotros: que «en paz salgáis de la Mesa del Señor, y que el Dios de amor y de paz vaya con vosotros».

Entre muchas otras reflexiones que se ocurrían al Peregrino hebreo cuando la fiesta había terminado y se hallaba de nuevo en camino a su hogar, ¿no sería sin duda esta una: «¿Seré yo conservado para estar allí otra vez? ¿Volveré jamás a pisar estos atrios sagrados? Acaso, esta sea mi última Pascua. Antes de que vuelva otra temporada como esta, puedo estar sepultado en el sepulcro de mis padres. ¡Mi próxima Pascua! Acaso sea en la Jerusalén nueva. Pueda ser llamado a sentarme con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos».

Hermanos míos, muchas de nuestras anteriores Fiestas de Comunión, así como la de hoy, nos han recordado la precaria tenencia con que se nos atan las mejores bendiciones de la tierra; ¿y podemos suponer que será distinto en las que están por venir? ¿O más bien no estarán tañendo en nuestros oídos nuevas y solemnes campanas de advertencia? Oh, sea esta la pregunta de cada uno de nosotros al cerrarse las puertas del Santuario: Si hoy he registrado mi último voto de comunión, si he orado mi última oración de comunión, si he cantado mi último cántico de comunión, si, antes de que llegue otro día de reposo sacramental, oyese yo la citación que un día cayó en oídos de un patriarca: «Levántate y muere», ¿podría responder «¡Estoy dispuesto!» y, mirando por la fe, dentro de los portales, al gran Banquete de Comunión y al Día de reposo de la Eternidad, decir: «Abridme las puertas de la justicia; entraré por ellas y alabaré al Señor»?

Entretanto, volvamos a nuestros respectivos hogares con propósitos nuevos y más devotos de obediencia, con un ideal más alto de lo que debe ser la Vida, y aun me atrevería a añadir, de lo que debe ser la Religión; que no se atreve, ni puede, restringirse a las horas del domingo o a las Temporadas de Comunión; que no es cosa del labio, ni de charla, ni de teoría, ni de dogma, ni de estéril especulación; que tampoco se expresa por semblante ceñudo, ni por un hosco y malhumorado divorcio de los deberes y negocios del mundo, de sus sonrisas y sus gozos, sino que es un gran principio de acción permanente y permanente. Es plena de hechos. Se manifiesta en el carácter. Proclama su presencia y su poder por la gentileza, la mansedumbre, la paciencia y el desinterés; por la benignidad y la bondad; dispuesta, si fuere menester, a hacer sacrificios por Jesús, con el recuerdo siempre presente del sacrificio y la cruz que Él aceptó y soportó con tanta mansedumbre por nosotros.

Al cerrarse este Servicio de Comunión, con muchos años de solemne responsabilidad tras nosotros, que pronuncian sus mil ecos contradictorios de esperanza y gozo, de temor y de pesar, detenga el Ángel registrador su vuelo, hasta que, una vez más, el único mensaje supremo halle su adecuada utterance de despedida, y se nos permita una vez más instar a todos y cada uno de vosotros, ancianos y jóvenes, ricos y pobres, a que os reconciliéis con las ofertas libres, plenas y gloriosas de una gran Salvación. En el nombre de aquel Maestro divino, en torno a cuya Mesa nos hemos congregado hoy, os conjuro por toda la dicha del cielo, por todas las solemnidades del juicio, por todas las realidades de la eternidad, por todo el amor que hemos estado conmemorando, por la Cruz del Calvario y el Salvador del Calvario, por su agonía y sudor de sangre, por su Cruz y su Pasión, por la lanza que traspasó su costado herido y las espinas que ciñeron sus sienes sangrantes: huid, oh, huid a ese Redentor gratísimo, huid, oh, huid «de la ira venidera».

Aunque fuera la última frase que jamás pronunciare, la última proclamación que jamás hiciere, ¡que esté en ella aquel bendito Nombre! Que quede consagrado en toda su inefable e indecible preciousidad: ¡Solo Jesús! ¡Totalmente Jesús! ¡Jesús primero, postrero, todo en todo! ¡Escuchad! ¿No escucha ya el oído de la fe un cántico que desciende furtivamente de la Iglesia triunfante? ¡Es de los convidados dentro del velo! La multitud de vestiduras blancas en el gran Banquete de Comunión y Día de reposo de gloria. Con ellos hemos estado identificados y asociados hoy en cada porción de nuestro santo servicio. El mismo cántico ha vibrado en nuestros labios, el mismo Nombre ha sido entretejido como un tejido de oro en nuestro mutuo himno: «A Aquel que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su propia sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios su Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. ¡Amén!»

«De estas horas benditas tomamos

Música que perdurará,

Y los trabajos de mañana

Los aliviará santo cantar.

Seguidos aún de voces que entonan,

Podemos hollar la senda escabrosa de la vida,

Repitiendo siempre en nuestros corazones

Los himnos que hoy cantamos.»

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Fuente y atribución

Autor original: Horatius Bonar

Título original: Communion addresses and devotional expositions — SUNDAY AFTERNOON

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Horatius Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.

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