¡A qué corazones incrédulos y terrenales dirigió Cristo este discurso celestial! Los judíos murmuraban porque no podían entender las verdades que Él declaraba. Decían que Jesús no venía del cielo, y la razón que alegaban era que José era su padre. Si hubieran investigado su historia o meditado en las profecías, no habrían planteado esta objeción.
Decían también que Jesús no podía darles su carne a comer. El Señor no intentó responder a sus objeciones, porque sabía que no estaban en disposición de ánimo para recibir sus palabras. Respondió a sus enemigos de una manera muy distinta de la que cabría haber esperado. «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere». Citó también este versículo del profeta Isaías: «Y serán todos enseñados por Dios». ¿Quiénes serán enseñados por Dios? Sus hijos. ¿A quién enseña un padre? A sus propios hijos. Dios también enseña a sus hijos. ¿Qué les enseña? Les enseña su necesidad de un Salvador. Nadie vendrá a Cristo hasta que se le haya enseñado que no puede prescindir de Él. Puede parecer extraño que los hombres no lo descubran por sí mismos. Pero no lo hacen. Los hambrientos saben que están hambrientos; pero las almas hambrientas no saben que perecen, hasta que Dios se lo enseña. Se sienten inquietos; pero no conocen la causa del vacío doloroso en su propio corazón; y aun cuando se les presenta el pan de vida, lo rechazan. Pero cuando Dios, por su Espíritu Santo, los ha convencido de que están en estado de perecimiento y de que solo Cristo puede salvarlos, entonces aceptan con gratitud el pan vivo. ¿Ha enseñado Dios a alguno de nosotros a sentir nuestra necesidad del Salvador? Entonces podemos decir con el poeta: «¿Por qué se me hizo oír tu voz, y entrar mientras hay lugar, cuando miles hacen una elección miserable y prefieren morir de hambre antes que venir?».
Pero Jesús no habló solo de pan, sino también de carne y sangre. Dijo: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». A los judíos les estaba prohibido probar la sangre, porque era la vida del animal. ¿Qué quiso decir Jesús con comer su carne y beber su sangre? Habló de su propia muerte. Por su muerte los pecadores tienen vida. El hombre se ha acostumbrado desde hace tiempo a matar bestias para conservar su propia vida. Parece conveniente que tales criaturas mueran para que nosotros vivamos. Pero ¡cuán admirable es que el Hijo de Dios muriera para que gusanos de la tierra, como somos nosotros, viviéramos eternamente! No sería justo que un hombre muriera para que las bestias vivieran. Sin embargo, el Hijo de Dios entregó su vida por nosotros.
Pero su muerte no nos salvará, a menos que creamos en Él. Creer en Él se compara a comer y beber. Su carne ha sido quebrantada en la cruz; su sangre ha sido derramada en el Calvario; pero ¿ha creído cada uno de nosotros en Él? ¿He creído yo en Él? ¿Has creído tú en Él? Comer pan y beber vino en la Santa Cena no nos salvará. Los sacramentos son solo signos de algo más grande que ellos mismos. No fue sino mucho tiempo después de que Jesús había pronunciado estas palabras, cuando instituyó la santa comunión del pan y del vino, diciendo: «Haced esto en memoria de mí». No se refería a aquella comunión cuando dijo: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». ¡No! Hablaba de la fe en su muerte. Hay una cena a la que Él os invita; no se administra en una iglesia; no se confiere por manos humanas; no se recibe en la boca. Esta cena se menciona en este pasaje del Apocalipsis: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: He promises to give his flesh and blood for the world
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.