Religión entre semana

Cómo elegir los libros que de verdad vale la pena leer

Una guía para seleccionar con sabiduría y conciencia las lecturas que nutren el alma, y descartar las que manchan el carácter o desperdician la vida.

«A menudo desciende cálido sobre mi corazón el deseo de no aprender nada aquí que no pueda continuar en el otro mundo; de no hacer nada aquí sino obras que den fruto en el cielo». Richter

Se dice que se necesitarían cientos de años para leer únicamente los títulos de todos los libros de las bibliotecas del mundo. Aun de los que salen cada año de la prensa recién escritos, una sola persona puede leer apenas un porcentaje muy exiguo. Por tanto, es físicamente imposible leer todos los libros que el arte de la imprenta ha puesto a nuestro alcance. Aun si dedicáramos todo nuestro tiempo a la lectura, en nuestros breves años apenas podríamos recorrer una porción muy pequeña de ellos. Hay que considerar además que en estos días afanosos, cuando los deberes activos nos apremian con tanta urgencia, la mayoría de nosotros puede dedicar a lo sumo sólo unas pocas horas cada día a la lectura, y muchísimos encuentran, no horas, sino únicamente minutos, para este propósito. Hay multitudes de personas ocupadas que no pueden leer más que un puñado de libros en un año.

Queda, pues, resuelto para todos nosotros que debemos contentarnos con dejar sin leer la gran masa de libros impresos. Aun aquellos que gozan de mayor ocio no pueden leer uno entre mil, o diez mil, de los libros que se ofrecen. Y quienes tienen las manos llenas de actividades apenas pueden tocar la gran montaña de materia impresa que se alza invitadora ante ellos.

La pregunta importante, entonces, es: ¿Según qué principio deberíamos seleccionar, de esta gran selva de literatura, los libros que leeremos? Si sólo puedo leer una docena de volúmenes este año, ¿cómo he de determinar cuáles serán esos volúmenes de entre los miles que hay?

Pues no todos los libros son igualmente buenos. Hay libros que no valen la pena de ser leídos en absoluto. Luego, de los que son buenos, el valor es relativo. La sabiduría más sencilla enseña que debemos elegir aquellos que nos retribuirán con mayor abundancia. Consideremos algunos principios relativos a este asunto que merecen nuestra atención.

Hay libros que están manchados de impureza. Por supuesto, todos esos deben quedar excluidos de nuestro catálogo. No podemos permitirnos leer un libro vil, por muy delicada y exquisitamente que se disfrace la vileza, más de lo que podemos permitirnos admitir en nuestra vida una compañía impura. Acaso la mayoría de nosotros no es lo suficientemente cuidadosa en este asunto. El país está inundado de publicaciones, muchas veces preparadas de manera atractiva, profusamente ilustradas, con su impureza oculta bajo títulos inofensivos, pero en las que acecha el veneno fatal de la muerte moral. Muchas personas buenas son engañadas y se ponen a leer libros o periódicos de esta clase como recreación. Cuando recordamos que todo lo que leemos deja su impresión sobre nuestra vida interior y deja su huella perdurable en nuestro carácter, aparece la importancia de este asunto.

El geólogo te llevará a alguna antigua formación rocosa, y te mostrará, en lo que fue la orilla de un mar antiguo, las huellas dejadas por las olas, las pisadas del ave que caminó cierto día por la arena, y la impronta de la hoja que cayó y quedó allí. La orilla se endureció en roca, y la roca conserva cada huella a través de todos estos siglos. Así es en la formación del carácter. Todo lo que incorporamos a nuestra vida deja su impresión permanente.

Luego, cuando consideramos el asunto desde el punto de vista cristiano, se vuelve aún más importante. Nuestra obra aquí es la cultura espiritual. Debemos guardar vigilancia cuidadosísima sobre nuestros corazones, para que nada empañe su pureza. No debemos admitir en nuestras mentes nada que pueda oscurecer nuestra visión espiritual o quebrantar en cualquier grado la continuidad de nuestra comunión con Dios; y es bien sabido que cualquier cosa corrupta, admitida aun por un instante en nuestros pensamientos, no sólo mancha nuestra mente, sino que deja un recuerdo que puede arrastrar tras de sí un rastro de mancha para siempre.

Se cuenta de un célebre pintor que no podía contemplar un objeto repugnante mientras trabajaba sin ver luego el efecto de ello en las producciones de su pincel y su lápiz. Un distinguido clérigo, al hablar del efecto que sobre la mente produce la lectura de ciertas clases de literatura, comparte una experiencia propia. Fue inducido a leer varias obras de un escritor popular que no se suponía contuvieran nada de irreligión, pero no pudo predicar con comodidad alguna durante seis meses después. Si queremos conservar intacta la tierna alegría de nuestras experiencias del corazón, debemos mantener la vigilancia más rigurosa sobre nuestra lectura, excluyendo concienzudamente no sólo todo lo que es manifiestamente impuro, sino todo aquello en que se oculte aun la mera insinuación del mal.

Hay muchos libros que están libres de mancha inmoral que también debemos excluir, a menos que queramos desperdiciar nuestro tiempo y malgastar nuestras oportunidades de mejora. Son inobjetables en el terreno moral, pero son insípidos, frívolos, vacíos. Hay muchas novelas populares que tienen incluso cierto aroma religioso y, sin embargo, no enseñan nada, no comunican ningún impulso celestial, no ofrecen alimento para el pensamiento, no añaden ningún dato nuevo a nuestro acervo de conocimiento piadoso, no dejan ningún toque de belleza. ¡No hay en ellos nada de valor!

Hay en estos días una gran demanda de esta clase de lectura fácil. Concuorda bien con la disposición indolente de muchos, que no quieren nada que requiera aplicación sostenida, pensamiento vigoroso, o trabajo mental paciente y serio. No es directamente dañina. No podría ser acusada de mala calidad o influencia moral. No deja tras de sí desechos de basura vil. Puede ser ortodoxa, estar llena de charla sentimental sobre la religión y de moral piadoso acerca de diversos deberes. No despierta ninguna sugerencia impura. No enseña falsa doctrina ni principio erróneo. No corrompe conciencia alguna. Se desliza sobre nuestras almas como una música suave y sentimental.

Y, sin embargo, es decididamente dañina en sus efectos sobre la mente y el corazón, pues no comunica vigor alguno; vicia el apetito; enerva la mente y destruye todo gusto por lo sólido y sustancial en la literatura. Debilita de tal modo las facultades de atención, pensamiento, memoria y toda la maquinaria intelectual, que no queda capacidad para enfrentarse con asuntos verdaderamente importantes. Después del gran mal producido por la literatura impura y manchada, viene la influencia debilitante del enorme torrente de publicaciones insípidas y sin valor que inunda el país.

Si en nuestros breves y afanosos años podemos leer sólo un número muy limitado de libros de cualquier clase, ¿no deberían esos pocos ser los mejores, los más ricos, los más sustanciales y útiles que podamos encontrar en todo el ámbito de la literatura?

Si cien libros están ante mí, y tengo tiempo para leer sólo uno de ellos; si soy sabio, elegiré aquel que me traiga la mayor cantidad de información útil, que despierte en mi mente los pensamientos más sublimes, los impulsos más nobles, las concepciones más santas, las emociones más puras, o que me ponga ante los ojos los ideales más verdaderos de virtud cristiana y de carácter piadoso.

Pero ¿cómo lee la mayoría de las personas? ¿Según qué principio deciden qué leer o qué no leer? ¿Hay uno entre cien que alguna vez dé un pensamiento serio a la cuestión, o que haga alguna elección inteligente? Para muchos es «la última novela», sin importar en absoluto lo que sea. Para otros, es cualquier cosa de la que se hable o que esté extensamente anunciada. Vivimos en un tiempo en que lo trivial es glorificado y magnificado, y exhibido en el resplandor de la sensación, de modo que atraiga la mirada de la multitud y se venda. Para eso se hacen muchos libros: para vender. Se escriben por dinero; se imprimen, ilustran, encuadernan, adornan, titulan, simplemente por dinero. ¡No hay en ellos valor alguno! No hubo ningún móvil elevado, ningún propósito de hacer bien a alguien, de suscitar un nuevo impulso, de añadir algo al fondo de gozo, consuelo o conocimiento del mundo. Fueron elaborados por cerebros mercenarios. Fueron hechos para vender, y para vender deben apelar al deseo de sensación, excitación, romance, evasión o entretenimiento.

Y así viene a ocurrir que el país está inundado de publicaciones del todo inútiles, mientras que los libros verdaderamente buenos y provechosos quedan sin vender y sin leer. La multitud se extasía con cuentos necios, novelas sentimentales, revistas llamativas y mil obras triviales que gustan o excitan durante un día, mientras los libros realmente provechosos pasan inadvertidos.

De ahí que, mientras todos leen, pocos leen los libros verdaderamente provechosos. La cultura moderna lo sabe todo sobre la literatura espectacular que brilla un instante y vuelve a apagarse, pero no sabe nada de historia, de verdadera poesía o de ficción verdaderamente grande. Muchas personas que no tienen el valor de confesar su ignorancia de la última novela no consideran vergüenza alguna ignorar por completo los majestuosos viejos clásicos. En las inundaciones de literatura efímera, los grandes libros quedan sepultados. El «Progreso del Peregrino» sólo se conoce por ser citado con tanta frecuencia, mientras los mil volúmenes de verano sobre religión sentimental son devorados con avidez por las personas piadosas.

Es hora de una revolución en este asunto. Debemos cobrar ánimo para permanecer ignorantes de la gran masa de libros en el desbordamiento anual del Nilo de la imprenta. Debemos leer a los grandes maestros de la religión, y debemos tener un sistema por el cual nuestra lectura sea rigurosamente controlada y dirigida, o gastaremos toda la vida sin aprovecharla. El vagar sin rumbo de libro en libro poco logra. Debemos seleccionar con conciencia, sabiduría y sistema.

Una vez eliminado del catálogo todo lo que lleva cualquier mancha inmoral y todo lo que es meramente efímero y trivial, queda un gran residuo de obras verdaderamente grandes, unas antiguas, otras nuevas, del cual debemos seleccionar de nuevo según nuestro gusto individual, ocupación, ocio, logros y oportunidades. Debemos leer como alimento obras que requieran atención sostenida, pensamiento y estudio.

Todos los libros que nos presentan grandes ideales de carácter piadoso son, en cierto sentido, grandes. Los antiguos tenían por costumbre colocar las estatuas de sus antepasados ilustres por sus casas, para que sus hijos, contemplándolas, fueran estimulados a emular sus nobles cualidades. Las grandes vidas embalsamadas en volúmenes impresos tienen un poder maravilloso para encender los corazones de los jóvenes, pues «un buen libro guarda, como en un vial, la más pura eficacia y extracción del intelecto vivo que lo engendró».

Hay libros suficientes para ocuparnos durante todos nuestros breves y afanosos años; y si somos sabios, evitaremos resueltamente todos excepto los más ricos y los mejores. Como uno ha escrito: «Necesitamos que se nos recuerde cada día cuántos son los libros de gloria inimitable que, con todo nuestro afán de lectura, nunca hemos tomado en las manos. A la mayoría de nosotros nos asombrará descubrir cuánto de nuestra labor se dedica a libros que no dejan huella, con cuánta frecuencia rebuscamos en la basura de la imprenta, mientras se nos ofrece en vano una corona de oro y rubíes».

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Books and Reading

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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