La soledad endulzada

Cómo examinar el alma al cerrar el año

Al cerrar el año, el creyente examina cómo ha empleado su tiempo y se prepara para la eternidad, recordando que cada día podría ser el último de su vida.

El tiempo es mensurable y semejante en ambos extremos; comenzó con un día y terminará con un día. De aquí que se dijera que la tarde y la mañana fueron el primer día, así como el juicio universal es llamado el último día. La eternidad es la fuente de la cual brotó y el océano en el cual ha de caer. La duración más perdurable del tiempo es breve, y sus mayores prolongaciones llegan a su fin. Un momento dado apenas se conoce hasta que ha pasado. Unos cuantos momentos—de los cuales se compone un minuto, que apenas comenzamos a disfrutar cuando ya se ha ido; así vuela una hora, un día se apresura a su fin, y un año (como ha hecho este año) llega a su último día. Como, pues, al fin del año los hombres de negocios cuadran sus cuentas y arreglan sus libros, pregúnteme a mí mismo—¿Qué han ganado mis talentos en estos doce meses? Pues, cualquiera que sea mi parecer, el tiempo mismo no es de los menores talentos, y otro año se añade a mi cuenta.

Miles que entraron al mundo después de mí, son llamados a la eternidad antes que yo; ¿y no es este un llamamiento fuerte para que yo aproveche cada momento de mi tiempo? El tiempo solo es poco estimado—por quienes piensan aún menos en la eternidad. Pero si miro al mundo venidero, veré la gran importancia de cada momento de mi tiempo, yo que con el tiempo que se me ha asignado—debo prepararme para este estado fijo y eterno. ¡Oh, precioso tiempo malgastado, que jamás podré recuperar! Ahora este año se ha ido y nunca volverá; ¿qué, pues, he hecho para la gloria de Dios en este año pasado? ¡Ah! ha pasado de mí como un vacío, aunque por este lado resplandece espeso de misericordias, como los cielos estrellados. ¡Ah! ¿dije un vacío? no, peor; pues mientras su amor y bondad brillaban a mi alrededor como el sol del mediodía—mis pecados se multiplicaban numerosos, como los átomos del sol.

Este es el último día de este año; ¡y cómo estimaría cada momento de él—si pensara que es el último día de mi vida! Sin embargo, nada sino la presunción me adula—en el sentido de que viviré otro día. Debería contar cada día como el último, ya que algunos han hallado el suyo en días que tan poco temían como yo temo este; y a lo sumo, algún día pronto será el mío, cuando quizá esta misma perniciosa expectativa no se disipe de mi pecho. Es, pues, sabiduría estar preparado para la muerte. Maravíllate de que se tarde tanto—y no te sorprenderá que llegue tan pronto. Espérala siempre—y no te aterrorizará su advenimiento. Así debería yo mirar cada día como el último, para que cuando llegue mi último día, no me sorprenda inesperado ni me halle desprevenido.

Pero ¡ay! este año me ha ofrecido espectáculos de pecado más luctuosos que toda mi vida junta. He oído blasfemar el nombre divino; he visto el pecado en los lugares encumbrados; y toda clase de maldad cometida. ¡Oh, por qué bagatelas, los hombres echarán a perder sus preciosas almas! ¡y cómo puedo yo, indiferente, mirar el pecado en todas sus formas horribles y el estrago espantoso que hace entre las almas inmortales!

Pero la divina providencia me lleve lejos de estos objetos escalofriantes, ¡y que yo por la gracia nunca olvide lo que he oído y visto! Aquí también resplandece una paciencia digna de Dios; pues, cuando pensamos cuánta maldad se comete por todo el mundo—en público y en privado—por grandes y pequeños—en tierra y en mar; y además, que esta rebelión contra el Cielo no comenzó ayer—sino que se ha llevado desde la caída de Adán, por más de cinco mil años; ¡es un milagro que el mundo no haya sido entregado a las llamas hace mucho! Pero aquella paciencia, asombrosa por su duración, dará al fin lugar a la justicia, que en su ejecución será terrible.

Pero mientras medito en mi tiempo fugaz, la medianoche da su campanada, y ya estoy en otro año. Entonces adiós para siempre, 1758. Con todo, recuerde que con este adiós miro mi vida como llegada a su postrimería, y que he avanzado otra etapa hacia la eternidad—ignorante si se me concederá un día, un mes, un año, dos, o más.

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: On the last day of a year (December 31, 1758)

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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