Pues aun cuando estamos así asegurados de que hay una vida después de la presente, y de que «llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán; los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, y los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación», queda aún otro motivo de ansiedad y alarma que desafía todos los ponderados recursos de la filosofía y todo el orgullo y el poder del razonamiento humano para removerlo.
¿Podemos, tras una revisión completa de nuestras vidas o una inspección minuciosa de nuestros corazones, reclamar parte en la heredad de los justos, o asegurarnos la aprobación de un Dios justo y santo? Tengamos cuidado de no engañarnos en un asunto de tanta trascendencia, de no abrigar un error hasta que sea del todo irremediable.
¿En qué estado se halla nuestra alma delante de Dios?
¿Cuántas ofensas temerarias tienen aun los mejores que rendir cuentas?
¡Cuán grande es nuestra pecaminosidad!
¡Cuán numerosas son nuestras faltas!
¡Cuán a menudo ha sido errante nuestra conducta!
¡Con cuánta negligencia hemos guardado nuestros labios!
¡Cuán innumerables son nuestras ofensas del corazón y de los pensamientos, que todas serán presentadas contra nosotros en el juicio!
Aun nuestras mejores acciones, de las que nos envanecemos y en virtud de las cuales reclamamos con audacia la eternidad, ¿las hemos sondado hasta sus motivos secretos? ¿Hemos averiguado cuánto pertenece al mero impulso y cuánto poco a la negación de nosotros mismos? ¿Cuánto pertenece al egoísmo mundano y cuánto poco al amor puro de Dios? ¿Cuánto es mero brillo y cuánto poco oro fino? Aunque estas cosas hayan pasado ligeramente por nuestras mentes, aunque hayan desaparecido del cálculo y hayan dejado de impresionar la conciencia, con certeza están, todas y cada una, registradas en los libros de Dios.
Bien podía, pues, el hombre conforme al corazón de Dios exclamar: «No entres en juicio con tu siervo, oh Señor; porque ante tu vista no será justificado ningún hombre vivo, ni el más santo, ni el más puro.»
¿Dónde está, entonces, la fuerza de lo que en vano llamamos nuestras virtudes!
¡Dónde está la confianza de nuestras esperanzas de eterna bienaventuranza!
¡Cómo, conociéndonos a nosotros mismos, podemos atrevernos a hablar de mérito, o aun esperar recompensa en nuestras mejores obras! Hay una ley de inflexible justicia moral contra nosotros, y esa ley es el aguijón de la muerte.
Solo bajo el cristianismo, solo bajo la doctrina de la cruz, puede el hombre tranquilizarse y entonar el cántico del moribundo: «¡Oh muerte, dónde está tu aguijón! ¡Oh sepulcro, dónde está tu victoria!» Hubo un aguijón en la muerte, pero ha sido extraído. Hubo una ley rigurosa, pero ha perdido sus terrores. Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Mediante esta confianza en Cristo y en su expiación sustitutiva, nuestra obediencia, aunque imperfecta, es aceptada, y la vida, aun cuando decae, es alentada. El penitente, que desconfía y repudia su propio mérito, ve la salvación de Dios y aprende a partir en paz.
Ahora, en conclusión, pondré ante vosotros dos retratos: el uno, el de un pecador perdido que parte sin salvación; el otro, el del pecador salvo, el justo, que mira con modesta confianza al Salvador en quien ha confiado y al Dios que ha amado.
Contemplad, pues, en primer lugar, al transgresor perdido en la hora de la muerte. Sus placeres culpables, sus ganancias mal habidas, los honores para alcanzar los cuales ha manchado el verdadero honor del hombre, todo ha de quedar atrás dentro de poco. Llevémonos en imaginación a la cámara mortuoria, donde al fin el hijo de desobediencia llega al término de todas aquellas alegrías contrastadas por las cuales hizo trueque de su alma. Te estremeces ante la lúgubre oscuridad de una habitación donde el reflejo de las brasas rojas o el débil parpadeo de una vela muestran imperfectamente a la vista el rostro cadavérico del moribundo. Un criado asalariado guarda silencio a su lado. Los amigos, demasiado conscientes de su pasada mala conducta, se miran unos a otros con gestos de consternación, incapaces de disipar o reprimir sus aprensiones acerca del espantoso desenlace de la disolución inminente.
Al entrar en esta morada de silencio y tristeza, contemplas en derredor:
el inútil aparato del arte médico;
la hilera de frascos de medicina a medio agotar;
la bebida que humea y puede calmar la sed de la fiebre;
la comida selecta que apenas ha sido probada y ya aborrecida.
Ningún sonido turba el luctuoso dominio de la muerte, salvo el sordo registro de la existencia, cuyos golpes, como un reloj de muerte, tomando nota de los instantes que se deslizan, dan aviso lúgubre al paciente de que su última hora está a punto de sonar, y le recuerdan cuán poco ha aprovechado bajo el sol, mientras el tiempo precioso, irreparable, de pies ligeros, se ha escurrido en esas porciones al parecer insignificantes.
Si al presenciar este espectáculo retrocedes horrorizado, si la sangre te circula helada por las venas, ¿cómo no reflexionarás en los terrores que asaltan al transgresor moribundo al percibirse llegado al último extremo de una vida mal empleada e irrevocable, al borde de un abismo oscuro en el cual está a punto de caer, hacia una eternidad en la que todo lo tiene que temer?
Acaso ahora algún amigo, con indulgencia mal calculada, se acerque para reducir los crímenes a simples flaquezas. Acaso algún maestro religioso osado, invitado al lecho de muerte, prometa con plena seguridad una paz que puede ser imaginaria, y derrame el bálsamo de la Mentira sobre el alma a punto de perecer.
Lejos de nosotros, al meditar en el fin del pecador, el pretender fijar límites a la misericordia de Dios en Cristo Jesús. Lejos de nosotros el pronunciar, de manera absoluta, que no hay esperanza si la penitencia nace en el alma solo cuando esta se debate en las agonías de la disolución. Pero si, en algún caso particular de lo que se llama arrepentimiento en el lecho de muerte, el penitente es verdaderamente contrito o solo está aterrado y medio convertido; si, concedida una nueva prórroga de años, la renovación del corazón es tan completa y tan poderosa que rompa la cadena de los malos hábitos y desafíe las sonrisas y vanidades que retornan del mundo, estas son cuestiones solemnes que debieran advertir al consejero espiritual, o al amigo, contra el prometer con demasiada ligereza un tránsito por los portales de la bienaventuranza a quien, durante toda la vida, ha pisado las sendas tortuosas de la iniquidad.
Sin embargo, sea de ello lo que fuere, ni las mitigaciones de la amistad, ni las promesas de la ignorancia, ni las lisonjas melosas del amor propio bastan para ahogar del todo los honestos clamores de la conciencia acusadora. La memoria seguirá señalando con dedo de plomo...
los años disipados en necedad o abusados por el vicio;
las oportunidades desperdiciadas;
los impulsos espirituales resistidos;
los amigos seducidos por persuasión o corrompidos por el ejemplo;
una larga serie de profanidad, falsedad, lujuria, egoísmo, un tren de pecados que se espesan y ennegrecen con la marcha del tiempo, mientras el temor, lanzando una mirada a lo futuro, mandará temblar al enemigo moribundo de Dios.
¡De cuán poco valor o provecho no le parecen en este momento a su vista esos desvelos excesivos de una mente mundana que habían arrojado la verdadera religión de los afectos, o esos placeres pecaminosos que habían degradado y arruinado el alma! Él sembró el viento, y cosechó el torbellino. Ha servido a un amo traicionero, y su salario es la muerte. «¡Ah!», exclama, «¡si me hubiera entregado a Dios como me he afanado por el mundo y por Satanás, Él no me habría abandonado en esta mi última extremidad! Yo tenía la vida de los piadosos por locura, pero ahora, ¡cuán distinta es su situación de la mía!»
A medida que decaen sus fuerzas, su ánimo se hunde en un abatimiento que se profundiza hasta el horror. Fríos sudares brotan en gruesas gotas sobre su frente, indicios de la contienda corporal y mental dentro de él. Sus ojos se nublan y ahora ven su mundo querido y fugaz de manera indistinta. Balbucea con los labios unas pocas expresiones incoherentes e inciertas, mezcla de lenguaje de pavor y desesperación. Parecen desfilembrar espectros ante su vista, las formas horripilantes de los pecados pasados. A lo lejos oye el fragor de cadenas eternas, los aullidos mezclados de los verdugos y de los atormentados, que ascienden del abismo sin fondo.
Incorporándose a medias, aterrado, estremecido, hace un esfuerzo débil y desesperado por asirse al mundo que se desvanece. En vano. Exánime, y hundiéndose de nuevo, lanza sobre la escena vacía una última mirada agónica y desenfrenada, y todo lo demás es silencio. Se ha ido:
se ha ido de la riqueza que amasó deshonestamente;
se ha ido del orgullo que le daban los halagos de los hombres;
se ha ido de un cuerpo, mansión de su voluptuosidad,
y se ha ido de un mundo, santuario de su idolatría.
Se ha ido para comparecer ante el Juez omnisciente e inflexiblemente justo, temblando, indefenso, manchado de iniquidad y cubierto de confusión.
Y, con todo, por espantoso que sea el cuadro que aquí he trazado, este es el fin de todo hombre que vive en pecado con la conciencia cauterizada y una falsa tranquilidad, y que lleva las lisonjas del autoengaño hasta los mismos confines de la eternidad.
Pero apartando nuestra mirada de tan dolorosas contemplaciones, permitidme ahora ofreceros aquel hermoso contraste que aliviará el dolor que hasta aquí habéis venido soportando. Acercaos, multitudes joviales y despreocupadas, que pisáis las sendas del pecado y las rondas de la disipación, que preguntáis sin cesar: «¿Quién nos mostrará algún bien?», o buscáis algún nuevo placer: venid al lecho y a la hora de la muerte del cristiano, y aprended lo que debéis creer, lo que debéis practicar, lo que debéis llegar a ser, si queréis ser verdadera y definitivamente felices.
«El justo», se dice, «tiene esperanza en su muerte», y aunque, ciertamente, en aquel momento solemne...
cuando el dolor desgarra el cuerpo, o toda la cabeza enferma hasta la muerte;
cuando la perspectiva de la tumba oscura y lúgubre difícilmente puede dejar de infundir un terror helado aun en el corazón mejor fortalecido;
cuando está a punto de pronunciarse el adiós final a los objetos sobre los que se habían aposentado los afectos más puros;
cuando los recintos cálidos y alegres del día, los cielos azules, la rica obra de las manos en este hermoso palacio de la naturaleza, están a punto de ser abandonados;
y ha de entrarse en una morada donde el gusano, único compañero, está a punto de suplir el lugar del padre, de la hermana y del hermano;
sobre todo, cuando el recuerdo de aquellas mil imperfecciones y pecados que manchan el registro de la vida mejor empleada suscitará dentro de la delicada conciencia alguna porción de vergüenza, de desconfianza, de reluctancia a comparecer en el juicio; con todo, hay aún un recuerdo general de rectos principios, de motivos puros, de fidelidad uniforme, de habitual integridad de propósito, que no puede menos que hablar serenidad al espíritu del cristiano que parte, y animarlo a mirar hacia la cruz de Cristo como un refugio en el cual puede descansar con humilde certeza de fe. Entretanto, el Consolador divino, el Espíritu de paz y de gozo, derrama sus bálsamos y confirma su declaración: «Observa al hombre perfecto, y mira al íntegro; porque el fin de tal hombre es paz.»
Acercándote más, observas en torno a este lecho de muerte el mismo aparato externo de tristeza y los mismos lúgubres pronósticos de partida que habías presenciado junto al del pecador perdido: la misma oscuridad, el mismo silencio, un círculo semejante de amigos desconsolados. Pero cuando miras con fijeza a aquel por quien fluyen los dolores de estos amigos, no encuentras la misma nube que oscurece su frente, ni el mismo terror, o lo que es peor, la misma indiferencia insensible pintada en su rostro. Encuentras...
mansedumbre, paciencia, resignación, serenidad, como tropo de querubines que se ciernen;
y un retrospecto deleitoso, y una esperanza humilde, y un gozo templado;
y el sometimiento agradecido en la liberación de un cuerpo pecador;
y la mirada anticipada y gozosa que se adelanta a los atrios de Dios.
Encuentras un alma deseosa de olvidarse de sí misma, de pensar solo en aquellos que está a punto de dejar atrás, ansiosa por impartirles una última lección de sabiduría, y, discurriendo sobre la esperanza bienaventurada en lo futuro, de aliviar y consolar su dolor.
«Prepare cada uno su hora inevitable: que la fe, la piedad, la santidad alisen el lecho de la muerte, para que el paso de un mundo a otro sea recibido con gozo, y para que la almohada en que se tome el último sueño sea suave.»
Así, como un venerable patriarca...
repartiendo bendiciones,
instruyendo a su casa,
profetizando lo porvenir,
recibe la muerte como un suceso cuyos horrores ha mitigado haciéndolos largamente familiares en la meditación, y ha aliviado las tristezas de la muerte con una vida de vigilancia en piedad. Entrega su espíritu con la misma suavidad con que lo poseyó, y la misma paz que disfrutó en vida, fruto de una vida santa y de una conciencia serena, continúa resplandeciendo sobre él después que el alma ha abandonado su morada y va siguiendo su camino por los cielos.
Bien sé, hermanos, que al oír este relato, aunque torpe la lengua que lo ha rehecho, un solo sentimiento, un solo deseo penetra todo pecho: «¡Ojalá yo muera la muerte de los justos, y sea mi último fin como el suyo!» Pero ¿habéis pesado debidamente los medios para alcanzar este último fin? ¿Tenéis claro en vuestro entender que vivir la vida del justo es la preparación necesaria para morir su muerte?
¿Qué es, en verdad, la vida, o cómo debería estimarse? Un hombre sabio, un creyente, considerará ante todo la vida como una oportunidad para asegurar su vocación y elección, como una breve temporada que ha de ocuparse en una continua preparación para la muerte.
¡Con cuánta diferencia la considera la multitud perdida! Asegurada su muerte inminente, amenazados continuamente por ella, viven como si estuviera lejos, como si hubieran de vivir para siempre: como marineros confiados cuyo barco está en medio de la destrucción, viendo naufragios flotar a su alrededor y una tormenta feroz en el horizonte envuelta en nieblas, sueltan el timón, izan las velas y dejan que la nave marche a merced del viento y de la marea. Como viajeros perezosos, holgazanean cuando deberían avanzar, se desvían por cada sendero atrayente, hasta que las sombras de la noche los sorprenden.
Rompe, oh hijo de los cielos, este fatal encanto. Revestido de tu manto y tu zurrón, atadas tus sandalias, busca la Sion celestial con el rostro vuelto hacia ella. Búscala con cada facultad de tu alma, búscala con cada acción de tu vida. No mires con añoranza a la ciudad pecaminosa de la que has escapado, ni te apartes de la noble carrera a la que tu Señor te había llamado. No confundas tu mesón con tu casa, ni tu cabaña de barro con tu morada eterna.
Ocúpate en los asuntos y participa en las satisfacciones de la escena presente como quien va de viaje, con los lomos ceñidos, el báculo firme en las manos y la correa de tus sandalias bien atada. Recoge a menudo tus pensamientos del mercado de la ocupación y de las multitudes del placer, y observa, como el pueblo escogido, una fiesta de los tabernáculos, un memorial solemne de que eres habitante de tiendas.
«Por fe Abraham habitó en la tierra prometida como extranjero en país ajeno; vivió en tiendas, como Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa.» Hebreos 11:9
«Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la que ha de venir.» Hebreos 13:14
Así, cuando la muerte llegue tarde o temprano para desprenderte aún más de la escena circundante, su golpe podrá ser recibido como aquella feliz consumación que te transmite «al reposo que resta para el pueblo de Dios», a una patria mejor, es decir, a una patria celestial, preparada para todos aquellos que por la fe y la perseverancia en el bien obrar esperan la gloriosa aparición de su Señor y Salvador.
A ti corresponderá exclamar, con esperanza confiada: «Porque sé que cuando...
la casa terrenal de este tabernáculo sea disuelta,
la soledad de la vida haya quedado atrás,
el Jordán de la muerte sea cruzado,
y la tierra prometida sea entrada,
tendré un reposo sin fin para mi larga y fatigosa peregrinación. Cuando el tabernáculo terrenal en que habito sea destruido, tengo de Dios un edificio, no hecho por manos humanas, cuyo artífice y hacedor es Dios, eterno en los cielos.»
II. ¡LA TUMBA!
«Sé que me llevarás a la muerte, a la casa señalada para todo viviente.» Job 30:23
«Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto el juicio.» Hebreos 9:27
En el centro de la antigua Roma se erigió una columna dorada, a la cual convergían todos los caminos públicos que conducían a aquella vasta metrópolis del mundo. Así los diversos caminos y ocupaciones de la vida humana terminan igualmente en un mismo desenlace: la tumba. Ya nos unamos a la banda de los santos peregrinos o a la de los rebeldes sin ley, al fin llegaremos a un común lugar de descanso en nuestro camino. Ya escojamos el camino ancho o el estrecho, hay un punto donde estas sendas se encuentran, una columna a la que igualmente conducen.
Salgamos por un momento en imaginación entre las mansiones del silencio y contemplemos la escena de desolación, la imagen multiplicada de la muerte. ¿Qué encontramos aquí? Una superficie de vegetación viviente que cubre un suelo de decadencia corporal. El suelo se ha alzado y abultado con los despojos transmutados de la vida, y su riqueza es el cadáver en descomposición. Los tendones recios de la virilidad, la luz rosada de la juventud, la mejilla lozana de la infancia: estos, estos suministran los nutrientes que alimentan esta verde hierba y aquellas silvestres flores pintadas que pisamos.
Para dar método a nuestras reflexiones, podemos considerar el receptáculo de todos los vivientes desde cuatro puntos de vista.
1.º Como un monumento que registra la verdadera estimación de los asuntos terrenales.
2.º Como un lugar de descanso.
3.º Como el pórtico de la eternidad.
4.º Como el extremo límite del tiempo de prueba.
Fuente y atribución
Autor original: Johnson Grant
Título original: 4. What circumstances may serve to mitigate the terrors, or to counteract the evils of Death?
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Johnson Grant, publicado originalmente en Grace Gems.