Discurso a los comulgantes ancianos
Cada Sabbat sacramental que retorna recalca para todos nosotros el pensamiento de que estamos más cerca de la eternidad. Estas sagradas estaciones son sombras que se desplazan sobre la esfera del reloj, o como si otra hora hubiera sido tañida en el gran reloj del Tiempo. Con especial solemnidad e impresión vuelve esta reflexión al corazón de los comulgantes ancianos. Algunos de vosotros podéis mirar hacia atrás, a través de un largo panorama de años, a la hora en que os acercasteis por primera vez a la Santa Mesa. ¿Cuántos de los que entonces se reunieron con vosotros quedan? El pastor que os dispensó los símbolos místicos, ¡ido! El padre y la madre que os miraron con orgulloso y tierno interés, siguiéndoos con oraciones y lágrimas hasta el suelo sagrado, ¡idos! Los que compartieron con vosotros el recibir el Pan de vida y conversaron sobre el sagrado servicio en la víspera del Sabbat, muchos de ellos, la mayoría de ellos, ¡idos! Es un cuento que se cuenta. Sí, para algunos, hay muchos más rostros recordados de aquella vieja multitud entre la congregación de los muertos, que entre los vivos que adoran.
Y el tiempo llegará —(debe llegar) más tarde o más temprano— ¿quién necesita temerlo si vive preparado para el momento supremo y el llamamiento irrevocable?— cuando otros pronunciarán nuestros nombres y dirán de nosotros: «¡Ya no están!» ¿Quién puede saber si el Maestro, este mismo día, no haya estado, sin que nadie lo sepa, susurrando en los oídos de éste y de aquél, encanecidos en su servicio: «De ahora en adelante no beberéis más de este fruto de la vid, hasta que lo beba de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre»?
Amigo anciano, se os ha permitido esperar una vez más a Dios en su propia Ordenanza. Espiritualmente, que Él renueve vuestras fuerzas. Él tiene tanto la ‘lluvia tardía’ como la ‘lluvia temprana’ que conceder —una bendición para los que se ciñen para la batalla— una bendición para los que se desabrochan la armadura. Las lámparas del Templo en el Santuario judío se encendían ‘al atardecer’. Si las sombras de la noche de vuestra vida están cayendo, y con vosotros el día está muy avanzado, que podáis decir: «Tú alumbrarás mi candela; el Señor mi Dios alumbrará mis tinieblas.» Preciosa es la promesa: «Pedid al Señor lluvia en el tiempo de la LLUVIA TARDÍA; así el Señor hará nubes luminosas y os dará lluvias» (Zac. 10:1). Que seáis privilegiados para seguir adelante —en lo que aún queda de vuestro camino de peregrino, regocijándoos— apoyándoos, como un bastón por la misma vejez, en las fieles promesas de un Jehová que guarda el pacto— conservando la antorcha de la fe y del amor y de la santidad sin desmayar hasta el último. De modo que podáis, como los fatigados corredores exhaustos en los juegos griegos de antaño, entregarla, sin mengua en su brillo, a atletas más jóvenes que están esperando llevarla —como testigos de Dios y de su verdad, cuando seáis reunidos con vuestros padres.
Id en paz, desde su mesa; y que el Dios de paz y de amor vaya con vosotros. En medio de memorias que se oscurecen y amigos que disminuyen, «Él ha dicho: No te dejaré ni te desampararé.» Que vuestra santa aproximación a la más santa Ordenanza de la tierra sea para vosotros el anticipo y la prenda del banquete eterno y del reposo que queda para su pueblo creyente. «¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún le alabaré, que es la salud de mi rostro y mi Dios!»
Fuente y atribución
Autor original: Horatius Bonar
Título original: Communion addresses and devotional expositions — Address to Aged Communicants
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Horatius Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.