Lecturas bíblicas diarias en la vida de Cristo

Contemplando al Salvador en su pasión gloriosa y mansa

Fijemos nuestra mirada amorosa en Jesús coronado de espinas y revestido de escarnio, para que aprendamos de su paciencia sublime y seamos presentados en gloria ante el Padre.

No podemos hacer nada mejor que obedecer la palabra de Pilato: «¡He aquí el hombre!», y fijar nuestros ojos en una mirada llena de amor sobre Jesús mientras es conducido fuera del palacio y se presenta ante la multitud. Sobre su cabeza lleva una corona de espinas; alrededor de su cuerpo ensangrentado se ha echado un manto púrpura, un emblema burlesco de realeza. Le habían llamado Rey de los judíos, y los soldados rudos intentaban llevar a cabo aquella farsa, tal como les parecía a ellos.

«¡He aquí el hombre!» He aquí al hombre que soporta vergüenza y desprecio, exhibido ante el pueblo como un espectáculo de burla, a fin de que al fin seamos presentados en gloria y honrados ante los ángeles y el Padre. He aquí al hombre que lleva una corona de espinas, para que nosotros llevemos una corona de gloria y de vida. He aquí al hombre revestido de una púrpura que se burla de él, para que nosotros vistamos las vestiduras blancas de la justicia. He aquí al hombre en la majestad de su mansedumbre: injuriado, sin embargo, sin volver injuria; odiado, y con todo, siguiendo amando; agraviado, y sin pronunciar palabra alguna de resentimiento.

Deberíamos estudiar el carácter de nuestro Señor, tal como se manifestó en medio de las escenas terribles de aquella mañana. ¡Cuánto su paciencia sublime avergüenza nuestra miserable impaciencia! Nos irritamos y nos atormentamos con nuestros enfermizos descontentos por las menores incomodidades; contemplemos la paz bendita de Jesús en medio de las pruebas más amargas. Nos dejamos llevar por la ira y abrigamos resentimientos amargos cuando otros nos menosprecian o nos agravian en cosas de la menor importancia; contemplemos el espíritu dulce de Jesús: amoroso, apacible, manso bajo las mayores crueldades y los mayores agravios que jamás se hayan infligido a vida alguna.

He aquí el hombre, el Dios-hombre, la divinidad manifestada en la humanidad, humillándose a sí mismo y haciéndose obediente hasta la vergüenza y la muerte, para salvar nuestras almas. He aquí el hombre, santo, sin mancha, apartado de los pecadores, y sin embargo, llevando sobre su propia cabeza, como el Cordero de Dios, el pecado del mundo. Miremos y lloremos, y amemos y confiemos, y gocémonos.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Behold the Man!

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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