El templo erigido por Salomón en Jerusalén, y el tabernáculo levantado por Moisés en el desierto, no eran sino tipos del verdadero templo, el Señor de la vida y de la gloria. El Señor mismo dijo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré», hablando de su propio cuerpo. Toda la belleza y la gloria del templo eran, por tanto, figurativas; tipificaban y anunciaban la gloria de Emanuel, porque «en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad». Dios el Hijo ha tomado para sí un cuerpo, conforme a aquellas palabras del salmo cuarenta, citadas por Pablo (Hebreos 10:5): «Cuerpo me has preparado»; un cuerpo santo, un cuerpo sin pecado y sin mancha. Conforme a aquellas palabras: «Por lo cual también lo que nacerá de ti, santo, será llamado Hijo de Dios»; y no sólo un cuerpo santo, sino unido a él un alma santa y sin mancha. «Verá del fruto del afán de su alma, y será saciado.» «Mi alma está muy triste, hasta la muerte» (Mateo 26:38). Este santo cuerpo, unido a un alma santa, los dos formando su naturaleza humana sin mancha, el Hijo de Dios lo tomó en unión consigo mismo, y así se hizo el Dios-hombre, Emanuel, Dios con nosotros.
Es este glorioso misterio de la piedad lo que un alma viviente anhela conocer. No podemos acercarnos a la Deidad pura; no podemos comprenderla; es un misterio demasiado alto y profundo para nosotros; pues ¿quién «escudriñando puede hallar a Dios? Es tan alto como el cielo; ¿qué harás? Más profundo que el Seol; ¿qué sabrás?» (Job 11:7-8). Pero cuando Dios quiso darse a conocer a los hijos de los hombres, se dio a conocer por su Unigénito Hijo, la segunda Persona de la gloriosa Deidad, tomando en unión consigo mismo la carne y la sangre de los hijos; y así podemos, en la medida en que el Señor nos da fe, acercarnos a un Dios invisible por medio del visible Dios-hombre; como dice Juan: «Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» «Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.» Y por eso, cuando Felipe le dijo (Juan 14:8): «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta», Jesús respondió: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices: Muéstranos al Padre?» ¿Y por qué, sino porque como dice en otro lugar: «Yo y el Padre uno somos»?
El deseo, pues, de toda alma viviente (estoy seguro de que es mi deseo cuando el Señor se sirve de obrarlo en mi corazón) es ser conducido por el Espíritu de Dios al conocimiento del Dios-hombre; contemplar la gloria de Dios en Jesucristo; ver la Deidad resplandeciendo a través de la humanidad, y ver a la vez a la humanidad velando y derivando gloria de la Deidad; y así acercarse a Jesús como a un sumo sacerdote que puede salvar hasta lo sumo a todos los que se acercan a Dios por él; sentir la cercanía de acceso al Padre acercándose a él por el Hijo de su amor; y así gozar de dulce comunión con Emanuel, Dios con nosotros, Dios en nuestra naturaleza, Dios dándose a conocer al tomar nuestra carne y sangre en unión consigo mismo.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: January 22
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.