El Señor Jesús permaneció cuarenta días en la tierra después de su resurrección. Durante ese tiempo conversó a menudo con sus discípulos. Está escrito en los Hechos, acerca del Señor y sus apóstoles: "A quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios." ¡Cuánto quisiéramos oír todo cuanto dijo durante esos cuarenta días! Es natural preguntar: "¿Dónde moraba el Señor cuando no estaba con sus discípulos, o estaba siempre con alguno de ellos?" Aunque no podemos averiguar estos puntos, sí podemos saber sobre qué temas conversó el Señor con sus amados seguidores. Les habló de sus propios padecimientos pasados. Acababan de presenciar su muerte dolorosa en Jerusalén, y no lograban comprender cómo el Padre justo entregaba a su Hijo justo en manos de hombres inicuos. Pero Jesús disipó su perplejidad. Les mostró, a partir de las profecías del Antiguo Testamento, que el Señor había cargado sobre él los pecados de los hombres. ¡Qué debieron sentir los apóstoles al comprender por primera vez que todos los amargos dolores que habían visto padecer a su Señor habían sido infligidos por causa de ellos! Les explicó no sólo por qué murió, sino también por qué resucitó. ¿Y por qué resucitó? Porque había pagado el rescate por nuestros pecados, su propia sangre preciosa, y por eso fue liberado de la prisión del sepulcro. Así había declarado el profeta Daniel que el Mesías vendría "para expiar la iniquidad, y para traer la justicia perdurable" (Daniel 9:24).
¿Se habían sostenido jamás conversaciones como éstas entre el Señor y sus discípulos después de su resurrección? ¡Cuánto diferían de su conversación camino al huerto de Getsemaní poco antes de su crucifixión! Entonces la tristeza había llenado sus corazones; pero ahora, el gozo. Entonces no podían comprender verdades muy sencillas. Cuando el Señor dijo: "Donde yo voy, vosotros sabéis, y sabéis el camino", Tomás respondió: "No sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?" Pero ahora los discípulos comprendían sus instrucciones. ¿Y por qué? Porque él les abrió el entendimiento. Ningún otro maestro poseyó jamás el poder de abrir el entendimiento de sus discípulos. Jesús aún ejerce este poder. Él otorga el Espíritu Santo. La Biblia desconcierta a quienes no son enseñados por él. Cuando leen las ceremonias de la ley, a veces preguntan: "¿Por qué se derramó tanta sangre?" Cuando leen las historias de los santos, se maravillan de sus pecados y de sus aflicciones. Cuando leen los salmos y los profetas, se asombran al hallar amargas quejas seguidas de cánticos arrebatadores. Pero el alma enseñada por Dios sabe que Cristo está oculto en cada parte de su santa palabra: que las ceremonias de la ley apuntan a su sangre expiatoria; que las historias de los santos prefiguran los pecados que él llevó y los dolores que sufrió; y que los salmos y los profetas están llenos de sus notas lúgubres y de sus acentos gozosos.
El Señor conversó con sus discípulos no sólo acerca de sus padecimientos pasados, sino también de sus labores futuras. Les dijo qué habían de predicar y dónde habían de predicar. ¿Qué habían de predicar? No venganza, sino misericordia. Los dones que los pecadores necesitan son arrepentimiento y perdón. Ser perdonado sin arrepentimiento no sería bendición alguna, pues un pecador impenitente no podría ser feliz en el cielo. Arrepentirse y, con todo, no obtener perdón, ¡cuán terrible sería! Pero no puede ser así, pues ningún verdadero penitente será enviado al infierno, aunque más de una caña cascada haya temido que éste fuera su caso. ¿Y dónde habían de predicar los apóstoles? Entre todas las naciones, pero debían EMPEZAR en Jerusalén. Los homicidas serían los primeros en recibir la oferta del perdón. Aquellos que, como fuertes toros de Basán, lo habían cercado, que contra él habían abierto su boca como león rapaz y rugiente, serían los primeros en alcanzar misericordia del Cordero silencioso e inmolado. ¿Cómo puede desesperar algún pecador tras oír de tan maravillosa gracia? Millones, antes cubiertos de manchas escarlata y carmesí, cantan ahora: "A aquel que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria y dominio por los siglos de los siglos."
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ opens the understandings of his apostles
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.