La vida de Cristo para cada día

Cristo busca al marginado y lo recibe con gozo

El Buen Pastor busca al ciego expulsado por sus perseguidores y le revela quién es, recibiendo su adoración y prometiendo un encuentro gozoso a quienes sufren por su nombre.

Cualquier criatura humana, aun de naturaleza maligna, se interesa por quien sufre por su causa. Si supiéramos de alguien sumido en la aflicción por habernos defendido, ¿no nos llevaría todo sentimiento generoso y compasivo a volar hacia su consuelo? ¡Cuánto más el Hijo de Dios, infinitamente bueno, debió de sentir por quien sufría por su nombre! ¿No mostró su cuidado por el ciego al buscarlo cuando fue echado por sus perseguidores? Al Pastor que todo lo ve le resultó fácil hallar la oveja que habían arrojado. La había seguido con su mirada y la había fortalecido con su gracia, aun cuando parecía haberla abandonado a sufrir sola. El que vio a Natanael bajo la higuera vio también al que antes fue mendigo ciego cuando era insultado por los fariseos y arrojado de la sinagoga.

No se nos dice en qué lugar lo halló, pero sí se nos dice de qué manera le habló. ¿Reconoció el pobre hombre a su bienhechor? Aunque nunca había visto su rostro, sin duda aquella voz jamás podría olvidarse, la que había pronunciado: «Ve, lávate en el estanque de Siloé». Debió de llenar su corazón de gozo cuando volvió a oír aquella voz amada. Tras todos los amargos ultrajes acumulados sobre él, ¡cuánto debieron de aquietar sus sentimientos aquellos acentos bondadosos! Jesús lo había buscado y hallado, y venía a darle bendiciones más ricas que al principio. Venía a manifestarse a él. Le preguntó: «¿Crees tú en el Hijo de Dios?». El pobre respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Solo la ignorancia impedía a este hombre creer. El Señor la quitó pronto diciendo: «Le has visto, y es el que habla contigo». Entonces el hombre exclamó: «Señor, creo». No conforme con declarar su fe, ofreció su homenaje: adoró al Hijo de Dios.

Ninguno de nosotros se halla en su ignorancia. Desde la niñez oímos que JESÚS era el Hijo de Dios. Aunque no le hemos visto ni ha hablado con nosotros, sabemos que murió por nosotros y que ahora vive para interceder por nosotros si vamos a Dios en su nombre. El mendigo no sabía tanto cuando dijo: «Señor, creo». ¡Y qué duro y desagradecido juzgaríamos que fue si no hubiera creído en el Ser que tanto hizo por él! Sabía que toda palabra de su bienhector debía ser verdad. Antes de verle le había amado y sufrido por su causa; y cuando le vio y supo quién era, le adoró. ¿Creemos en el Hijo de Dios? ¿Le amamos? ¿Estamos dispuestos a sufrir el desprecio por su causa? Entonces nuestro primer encuentro con él será gozoso. Dios ha prometido que contemplaremos a nuestro Salvador, que le veremos cara a cara, que oiremos su voz. ¿Qué sentimientos tendremos al mirar al Ser glorioso que murió por nosotros? ¡Cuál será nuestro gozo si nos recibe con la misma bondad que mostró al pobre mendigo! En un instante, aquel hombre debió de olvidar los reproches y ultrajes de los fariseos. Valió la pena soportar todas sus burlas para obtener una sola sonrisa graciosa del Señor de la gloria. Si alguna vez somos expuestos al desprecio de nuestros semejantes por nuestra fidelidad a Cristo, pensemos en el momento en que contemplaremos su rostro. Jesús vendrá otra vez con las nubes, y todo ojo le verá. ¿Y brillará todo ojo de gozo al contemplarle? ¡Oh, no! todas las familias de la tierra se lamentarán por causa de él. Pero algunos entre todas las familias se gozarán. «Alzarán la voz, cantarán por la majestad del Señor, clamarán desde el mar» (Is. 24:14). ¡Obremos con tanta fidelidad durante su ausencia, que nos alegremos cuando él vuelva!

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ finds the outcast

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura