Palabras diarias para los peregrinos de Sion

Cristo, cabeza de su cuerpo la iglesia

Dado por el Padre al Hijo desde la eternidad, el pueblo de Cristo forma su cuerpo místico y no puede perecer, pues Él, con todo poder, los sostiene y suple su gracia.

Que el Señor Jesucristo tuviera un pueblo en quien Él fuera eternamente glorificado fue la promesa original del Padre al Hijo: «Pídeme, y te daré por heredad las naciones, y hasta los confines de la tierra tu posesión» (Salmo 2:8). Este fue «el gozo puesto delante de Él, por el cual sufrió la cruz, menospreciando el oprobio». Este fue «la posesión adquirida», «el trabajo de su alma» y la recompensa de su humillación y sufrimientos. Este pueblo forma los miembros de su cuerpo místico, todos los cuales fueron escritos en su libro, el libro de la vida, cuando aún, en cuanto a su existencia real, ninguno de ellos existía (Salmo 139:16). Todos le fueron dados en la eternidad, cuando fue constituido su Cabeza del pacto en el pacto eterno, ordenado en todo y seguro. Llegaron así a ser, en perspectiva de su encarnación, miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.

Cuán conmovedoramente el bendito Redentor recordó al Padre aquellas transacciones del pacto, cuando dijo en su memorable oración: «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque tuyos son. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y yo soy glorificado en ellos». Siendo así dados a Cristo y constituidos miembros de su cuerpo místico, no pueden perecer más que Cristo mismo. Él es su Cabeza; y como posee todo poder, lleno de todo amor, colmado de toda sabiduría y repleto de toda misericordia, gracia y verdad, ¿cómo puede, cómo querrá, permitir que alguno de sus miembros caiga de su cuerpo y se pierda para Él y para sí mismo? Si un miembro de nuestro cuerpo perece, si perdemos un brazo o una pierna, es porque no tenemos poder para impedirlo. Pero todo poder pertenece a Cristo, en el cielo y en la tierra; y por tanto ni un solo miembro de su cuerpo místico puede perecer por falta de poder en Él para salvarlo.

Pero por verdaderamente bendita que sea esta doctrina, solo cuando somos vivificados y hechos vivos para Dios por un nacimiento espiritual la conocemos y la realizamos de modo salvador y experimental. Primero somos hechos sentir nuestra necesidad de Cristo como Salvador de la ira venidera, del temor de la muerte, de la maldición de la ley y de las acusaciones de una conciencia culpable. Cuando, por las operaciones del bendito Espíritu, le recibimos en nuestro corazón por la fe como el Cristo de Dios y realizamos en cierta medida un interés salvador en Él, entonces se nos enseña a sentir nuestra necesidad de continuos suministros de gracia y fuerza de su plenitud. Pues hemos de aprender algo de las profundidades de la caída, de los males de nuestro corazón, de las tentaciones de Satanás, de la fuerza del pecado, de nuestra propia debilidad e inutilidad; y a medida que cada nuevo descubrimiento de nuestra indefensión y miseria abre camino para mirar a Él y colgarse de Él, venimos a depender más y más de Él, como de Dios hecho para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: August 24

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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