Las hendiduras de la roca

Cristo, el Dios eterno digno de toda adoración

La Escritura rinde adoración a Cristo como al mismo Dios: desde el Cordero inmolado del Apocalipsis hasta la confesión de Tomás, ninguna criatura podría salvarnos; solo el Dios eterno.

Se ha observado muy bien que «aunque la Epístola a los Hebreos pone casi más énfasis que cualquier otro libro del Nuevo Testamento en la verdadera humanidad de Cristo, es no obstante cierto que ningún otro libro afirma con mayor nitidez la realidad de sus prerrogativas divinas». Escuchemos el impresionante exordio: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia, y SOSTENIENDO todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles cuanto heredó más excelente nombre que ellos. Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado? Y otra vez: Yo seré a él un Padre, y él me será a mí un hijo? Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios. Y ciertamente de los ángeles dice: El que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego. Mas al Hijo dice: Tu trono, oh DIOS, por los siglos de los siglos.»

Ya hemos escuchado al apóstol Juan en la apertura de su Evangelio. Oigamos ahora al mismo honrado discípulo en la apertura de sus Epístolas. Podemos repetir las palabras iniciales: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos, y palparon nuestras manos, acerca del Verbo de vida. (Porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos manifestó.)» Y de nuevo: «Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna.»

Otra clase indirecta de evidencias la suministran, de manera conjunta, los pasajes contenidos en evangelios y epístolas en que se rinde adoración a Cristo. Sabemos que la adoración solo se da a Dios. Sabemos, además, por diversas declaraciones del Antiguo Testamento, cuán celoso es el Ser Divino de dar su gloria a otro. «Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.» También cuando Juan se postró a los pies del ángel y estaba a punto de rendirle un acto de homenaje, fue reprendido con las palabras: «No me adores… adora a Dios». El solo hecho, pues, de que se atribuya adoración al Hijo constituye sin duda el más fuerte testimonio de que no solo es superior a cualquier ser angélico, sino que tiene título a la deidad misma. Ya hemos oído a nuestro bendito Señor mismo reclamar la prerrogativa: «Para que todos honren al Hijo como honran al Padre.» «Para que en el nombre de Jesús», dice el apóstol, «se doble toda rodilla». Más de una vez en las bendiciones apostólicas se le pone al nivel del Padre, como con derecho a recibir idéntico homenaje: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo.» Y si pasamos de la Iglesia militante a la Iglesia triunfante en el cielo, descrita en el libro del Apocalipsis, como digno cierre de todo, escuchamos la divina atribución de los «diez mil veces diez mil, y miles de miles, que decían a gran voz: Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder y las riquezas y la sabiduría y la fortaleza y la honra y la gloria y la bendición.» Ningún testimonio ni tributo a la suprema Divinidad del Salvador puede ir más allá de este en su impresionante y sublime grandeza. Contemplamos, en visión admirable, círculos concéntricos de adoradores en el santuario celestial: «ángeles, seres vivientes y ancianos». Se los representa reunidos en devotísima adoración en torno a un Cordero inmolado y herido, contemplando estos misteriosos símbolos de sufrimiento en un lugar donde el sufrimiento es desconocido: ¡la Roca de los Siglos surcada de misteriosas hendiduras y grietas! De uno de estos círculos (el grupo interior, el favorecido de la humanidad redimida) proviene la atribución que solo ellos están capacitados para pronunciar: «Digno es el Cordero que fue inmolado.» Pero la tónica clave así lanzada por la banda vestida de blanco es recogida por miríadas pletóricas que alcanzan los confines del espacio ilimitado. Toda la creación se vuelve vocal con el himno al mismo Cordero entronizado, una vez más asociado e identificado con el Dios Supremo: «Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y que hay en el mar, y a todo lo que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la bendición y la honra y la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Y los cuatro seres vivientes decían: Amén. Y los veinticuatro ancianos se postraron y adoraron al que vive por los siglos de los siglos.» «Y los cuatro seres vivientes decían: Amén. Y los veinticuatro ancianos se postraron y adoraron A AQUEL QUE VIVE POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.»

Tales, pues, resumidas breve e imperfectamente, son algunas de las principales atestiguaciones de la Escritura a la Divinidad del Salvador; y diríamos a todos los lectores en este retrospecto: «Como hombres sabios, juzgad.» ¿Estamos dispuestos a inclinarnos con reverencia ante Él, y a decir con palabras de más enfática adhesión y reconocimiento que las de Natanael: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel»? ¿o, como aquella que lo amaba como a su hijo, pero lo adoraba como a su Dios: «Mi espíritu se ha regocijado en Dios mi Salvador»? ¿o con el antes incrédulo, pero ahora convencido y creyente Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»? Procuremos comprender y realizar toda la grandeza de esta Verdad de las verdades; tenerla más frecuentemente ante nosotros como objeto de devota contemplación: que el Cristo de Nazaret, el Salvador del Calvario, el que sangró por mí como Hombre sobre la cruz y aboga por mí en el trono, es el Poderoso Jehová; que Él era antes de todas las cosas; que Él alzó cada arco y cada pilar del Templo del Universo. «Levanten sus ojos a lo alto, y contemplen quién ha creado estas cosas, el que saca su ejército por número, el que a todas llama por su nombre.» Antes que estas estrellas fueran hechas, antes que estos fuegos de altar se encendieran en la inmensidad, antes de que existieran hombre, ángel o serafín, trono, dominio, principado o potestad, este Ser todo glorioso vivía: uno en esencia y sustancia con el Padre Eterno.

Cualquier visión más baja de la naturaleza y dignidad de Cristo no bastaría. Sería como borrar el sol de estos cielos visibles pretender borrar la divinidad suprema de Jesús del credo de la cristiandad. Ningún ángel, ninguna criatura podría salvarme. La encarnación del más excelso de los arcángeles ante el trono, y su sustitución voluntaria como ofrenda sacrificial por mis pecados, sería una simple imposibilidad. Ninguna criatura de Dios puede expiar el pecado de una criatura semejante. El hecho mismo de ser criatura viciaría la obra de tal fiador. Como criatura, aun siendo la más excelsa y pura, su vida no es suya; él mismo es un pensionista de la generosidad de Dios. Al morir por mí y entregar su vida, estaría entregando aquello que no le pertenecía dar.

Añádase a esto que, si Cristo no fuera más que el primero y más excelso de los ángeles, carecería necesariamente de los atributos y prerrogativas de la Deidad. Despojen a Él de estos, y cuán enano y limitado se vuelven enseguida sus capacidades, tanto como Intercesor como Rey. Si fuera una mera criatura, aun en las cumbres del ser creado, ¿cómo podría ser omnipresente con su Iglesia? Podría escuchar a lo lejos, por así decirlo, el rumor de la población hormigueante del mundo, como nosotros desde una ventana o un balcón, en alguna gran ocasión festiva, escuchamos la multitud de voces —«la ensordecedora marea» de la multitud que abajo se agita— sin poder captar ni discernir una sola articulada palabra.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE DEITY OF CHRIST — Parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura