Una de las más preciosas promesas jamás hechas fue recibida con el más insultante desprecio. El Señor declaró: «Si alguno guardare mi palabra, no verá muerte para siempre». Los judíos respondieron: «Ahora sabemos que tienes demonio». Si no hubieran sido ellos mismos hijos de Satanás, no habrían pronunciado tal lenguaje. No quisieron entender el sentido de la promesa. Dijeron: «Los profetas han muerto». Pero ¿a qué se refería nuestro Señor cuando dijo: «Si alguno guardare mi palabra, no verá muerte»? No hablaba de la separación del alma y el cuerpo. Eso no es muerte para el justo, pues el alma descansa con Dios mientras el cuerpo duerme en la tumba. Hablaba de otra muerte, llamada la segunda muerte. Es la separación del alma y el cuerpo de Dios para siempre jamás. Esa es la muerte. No la gustará ninguno que guarde la palabra de Cristo. ¿Qué palabra? La que se refiere a Él mismo, a saber, que Él es el Hijo de Dios y el Salvador de los hombres. Pues en otra ocasión declaró: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna».
Cuando los judíos preguntaron con insolencia: «¿A quién te haces tú mismo?», el Señor no quiso decirles claramente quién era; pero les dijo quienes NO eran. Profesaban ser hijos de Dios. Pero Jesús les dijo que, porque decían «Él es nuestro Dios», eran «mentirosos». ¡Cuán espantosa es la situación de aquel hombre que no puede decir «¡Dios mío!» sin pronunciar una falsedad! Compadecemos al niño que no puede decir a ninguna persona viva «¡Mi padre!» o «¡Mi madre!»; pero ¡cuánto más deberíamos compadecer al alma que no puede mirar al cielo y decir «¡Dios mío!».
¡Qué testimonio dio Jesús de su fiel siervo Abraham! Dijo: «Abraham vuestro padre se gozó de ver mi día; y lo vio, y se gozó». El gran gozo de la vida de Abraham no fue su amado Isaac, sino su más amado Salvador. Fue aquel Hijo prometido el objeto principal de su fe. Cuando Dios dijo: «En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra», entonces él miró hacia la venida del Salvador del mundo. Entonces «creyó a Dios, y le fue contado por justicia». Incluso Abraham fue salvo, no por su propia justicia, sino por la justicia de otro. Como nosotros, fue por naturaleza hijo de ira, y fue por gracia que llegó a ser amigo de Dios y padre de los creyentes.
Los judíos seguían tergiversando las palabras de Jesús. Como Él dijo que Abraham había visto su día, preguntaron: «¿Has visto a Abraham?», quien había vivido dos mil años antes. ¿Y cuál fue la respuesta del Salvador? No dijo: «He visto a Abraham»; dijo mucho más que eso. No dijo: «Antes que Abraham, yo era». Dijo más que eso: «Antes que Abraham fuese, yo soy». La expresión «yo soy» da la idea de una existencia que no tuvo principio y no tendrá fin. Tal es Dios, el primero y el último. Ningún entendimiento humano puede abarcar la idea de una existencia sin principio y sin fin. Pero regocijémonos en el pensamiento de que antes de que nosotros fuéramos, Dios existía. Él vivió siempre. ¡Ningún plan pudo formarse contra nosotros antes de que Él hubiera dispuesto todo lo concerniente a nosotros! «Conocidas a Dios son todas sus obras desde el principio del mundo» (Hech. 15:18).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ speaks of Abraham
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.