¡Cuán mezclados eran los sentimientos con que Marta salió al encuentro de su celestial Amigo! Debió sentir gozo porque Él había venido por fin, y dolor porque no había venido antes. Le parecía una desdichada coincidencia que su hermano hubiera sido atacado por una enfermedad mortal precisamente en un tiempo en que Jesús estaba ausente. Expresó este sentir en cuanto le vio, diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Pero lo que parecía una desdichada coincidencia era en verdad una disposición divina. El Señor mismo consideraba estas circunstancias de otro modo, cuando dijo a sus discípulos: «Me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis». Pero ¿por qué dijo Marta: «Si hubieras estado aquí»? ¿Acaso no estaba Jesús siempre allí y en todas partes? Sí; pero ella no lo sabía. No habría necesitado enviarle un mensajero para informarle de la enfermedad de su hermano; una oración le habría alcanzado desde el extremo más lejano del mundo. Él presenció las agonías finales de Lázaro y anunció a sus discípulos cuando se durmió. No hay uno solo en su numerosa familia que tenga motivo para decir con un suspiro: «Si hubieras estado aquí». Cuando los que amamos decaen y mueren, no es porque Jesús no esté cerca, sino porque Él dispone acercarnos más a sí mismo separándonos de la criatura.
Era natural que Marta hubiera esperado la restauración de su hermano, habiendo oído de tantos restaurados a la salud que no eran contados entre los amigos de Jesús. Le parecía duro que uno a quien Él amaba tan tiernamente no participara de tales beneficios. Algo de esperanza permanecía en su corazón cuando dijo: «Mas sé que aun ahora, todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará». Aunque no parece haber comprendido plenamente el poder de Jesús, sí comprendió una verdad importante que Él enseñaba continuamente a sus discípulos: que el Padre amaba a su Hijo y concedía todas sus peticiones. El Hijo de Dios es el canal de la misericordia del Padre. Cuanto deseamos debemos pedirlo en su nombre, pues sólo por Él podemos recibirlo. La respuesta del Señor fue idónea para llenar de gozo el corazón de Marta: «Tu hermano resucitará». De haber Jesús añadido las palabras «hoy», la hermana dolorida habría realmente resucitado de gozo; pero no se contentaba con la lejana perspectiva de la resurrección en el día final. Quería la compañía de su hermano para consolarla mientras viviera, y no estaba dispuesta a esperar hasta que todos los justos se levantaran a la vida eterna. El amable Salvador no reprendió la debilidad humana revelada en la hora del dolor; pero aprovechó la ocasión para instruirla sobre verdades espirituales. De haberse sentado en otros días a sus pies, como María, quizá habría estado más familiarizada con las doctrinas divinas.
¡Cuántos corazones se han estremecido al oír estas palabras cuando la forma amada de un hijo o de un padre, de un hermano o de una hermana, ha sido llevada al sepulcro! «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente». El Salvador enseñó con estas declaraciones que ninguno vive de verdad, sino el que cree en Él; y que ninguno muere de verdad, sino el que no cree. Respirar, moverse, sentir dolor o placer, eso no es vivir; conocer a Dios, amarle, ser semejante a Él, eso es vivir de verdad. Yacer por un tiempo en el sepulcro mientras el espíritu reposa arriba, eso no es morir; ser lanzado al lago de fuego, eso es morir. ¿Creemos nosotros esto? Entonces somos verdaderamente dichosos, si podemos decir con Marta: «Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que había de venir al mundo». Si de verdad creemos esto, vivimos ahora la única vida feliz que puede disfrarse en la tierra; si de verdad creemos esto, no moriremos jamás, sino que sólo dormiremos en Jesús. Muchos en su lecho de muerte, cuando se les ha preguntado si Jesús era precioso, han respondido: «Nunca tan precioso como ahora». Pero no es sólo en nuestro propio lecho de muerte donde podemos esperar sentirle precioso. Cuando vemos cerrarse en la muerte los ojos que amábamos, entonces sentimos que debemos todo el reposo que en adelante gocemos a Aquel en quien el ser querido duerme seguro; entonces sentimos: «Si no fuera por Jesús, no tendría esperanza de volver a ver a mi amigo, a mi hijo; ni la seguridad de que él es feliz mientras está ausente de mí. Pero ahora, cuando me acuesto, pienso que su espíritu no necesita reposo; y cuando me levanto, pienso que, mientras yo descansaba, su espíritu se unía con los ángeles, que toda la noche sin cesar cantan las alabanzas de su Rey celestial».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ converses with Martha at Bethany
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.