El Peregrino de Sion

Cristo, la única porción del creyente

Un creyente reflexiona sobre veinticinco años de aprender, bajo la enseñanza del Espíritu, que Cristo es la única porción verdadera del alma, y la dulzura inefable de vivir por fe del Hijo de Dios.

La experiencia del hombre pobre

«Al relatar mi experiencia —dijo él— de los tratos llenos de gracia del Señor con mi alma, deseo reconocer, "para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado", que puedo, con toda humildad de mente, adoptar este lenguaje del Salmista, y decir como él: "El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa. Tú mantienes mi suerte." Desde aquel bendito momento, cuando a Dios le plació llamarme por su gracia, y vivificar mi alma que antes estaba "muerta en delitos y pecados", a lo largo de una serie de veinticinco años, he ido aprendiendo, poco a poco, a descubrir cada vez más mi propia vacuidad y pobreza, y la plenitud infinita y la idoneidad que hay en las inescrutables riquezas de Cristo Jesús para suplir todas mis necesidades; y el punto al que por fin, bajo la enseñanza de Dios el Espíritu Santo, he llegado, es saber que Jesús es la única porción de su pueblo; porque en ningún otro hay salvación. La herencia perdida en el primer Adán, solo puede ser recuperada en el segundo. Jesús es la fuente de toda bendición, temporal, espiritual y eterna. "Los hombres serán benditos en él"; y fuera de él no hay ni un solo favor provisto para ninguna de la quebrada raza de los hijos de Adán; y es mi misericordia peculiar, y una lección que he aprendido de nuestro Gran Maestro en la escuela del Señor, que mientras el bendito Espíritu declara en su iglesia que "la porción del Señor es su pueblo, Jacob es la heredad de su herencia", mi corazón puede responder al dulce sonido, por la persuasión de un interés recíproco en el Redentor: "El Señor es la porción de MI herencia, y de MI copa. Tú mantienes mi suerte." (Compárese Deut. 32:9 con Salmo 16:5, como un precioso testimonio de esta doctrina.)

»No ha sido, sin embargo, sin muchas lecciones difíciles para la carne y la sangre, con las que he sido ejercitado, que he llegado a este conocimiento. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera entender debidamente, y aún más antes de que pudiera saborear como convenía, una vez entendida, la humillante doctrina de vivir fuera de mí mismo y vivir enteramente de Jesús. El orgullo de mi corazón se rebelaba continuamente contra la idea de depender, como el mendigo a la puerta, de mi provisión diaria. Aunque el maná celestial se hacía doblemente dulce por su frescura, con frecuencia hallaba en mí un deseo creciente de tener un pequeño caudal que pudiera llamar mío; y aun ahora, tras repetidas lecciones que debiera haber aprendido mejor, y aunque el precio de cada don se acrecienta por el hecho de recibirlo directamente de la mano del bondadoso Dador, con todo, tal es el poder que aún queda del orgullo no humillado de mi corazón, que descubro mucha rebelión que se levanta a veces dentro de mí, y me veo impulsado con harta frecuencia a decir a mi celestial Instructor que, con seguridad, ya podría yo, sin peligro, ser hecho algo más independiente. Bendita sea la paciencia de Aquel con quien tengo que tratar, porque cuando esto sucede (tan lleno de gracia y condescendiente es él), una renovación de mi vieja lección lo vuelve a poner todo en orden, y me hace bendecir su santo nombre, por estar yo puesto bajo una dirección más sabia y mejor que la mía. Al llevar mi corazón olvidadizo de vuelta a los primeros principios del aprendizaje en la ciencia divina, y al recordar mi caudal original y mi medida presente de corrupción interior, aprendo la bendición peculiar de tener "en él todas mis frescas fuentes"; y la dulzura de esta vida, cuando la gracia está en ejercicio, es inefable. Mientras se me permite ver que Jesús es mi porción, toda dispensación viene en camino de misericordia. Cuando mi corazón está bajo la seguridad de que mi Señor está en ella, no importa qué sea. Su sola presencia tiene la maravillosa propiedad de convertir las cruces y los dolores en gozos y placeres. Cada aflicción que viene dirigida por su mano, lleva la marca segura del afecto plegado dentro de la cubierta; y mientras me siento con placer decuplicado al goce de los miles de misericordias que mi Dios me da continuamente, porque contemplo con el ojo de fe su presencia en la mesa sonriéndome bondadosamente sobre todo, no menos soy capacitado, en la hora de la calamidad, para aguardar el resultado, porque puedo y oigo con el oído de fe esa voz que sostiene el alma: "Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; pero después lo entenderás." ¡Oh, la dulzura de tener "a Jesús por nuestra porción"! y "de vivir una vida de fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí!»

Estaba yo meditando sobre la dicha de un estado de ánimo semejante, cuando el hombre pobre terminó su plática; y reflexionaba sobre la poca probabilidad de que yo llegara jamás a tal estado de bienaventuranza, cuando un profundo suspiro, acompañado de una voz de queja de una persona cercana a mí, me sacó de mi meditación, y expresó a la vez mis sentimientos y los suyos.

Fuente y atribución

Autor original: Robert Hawker

Título original: Zion's Pilgrim — THE POOR MAN'S EXPERIENCE

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Robert Hawker, publicado originalmente en Grace Gems.

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