El Señor Jesús mostró a sus discípulos más ternura en la última escena que la que había mostrado jamás. Aunque al principio los recibió con gracia y después los trató con bondad, reservó las expresiones más escogidas de su amor para el momento de la despedida. Nunca leemos, hasta llegar a este pasaje, una declaración como: "Vosotros sois mis amigos."
Esta es la manera en que el Señor trata a todo su pueblo. En las etapas finales de su peregrinación les hace conocer más de su misericordia. Cuando están abrumados por las debilidades de la edad o aquejados por los dolores de la enfermedad, él a menudo levanta sobre ellos la luz de su rostro como nunca antes, de modo que sus últimos días sean sus mejores días. Como el anciano Simeón, exclaman: "Mis ojos han visto tu salvación"; o, como el moribundo Esteban: "Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios."
Una de las pruebas de la amistad es la confianza. El Señor trató a sus discípulos con confianza. Les dijo: "Todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer." Pero si de su parte hubo confianza, de la de ellos esperaba obediencia; pues no quería que olvidaran que era su Padre tanto como su Amigo, por eso dijo: "Vosotros sois mis amigos, si hacéis cuanto os mando." Está escrito en los Salmos: "El secreto de Jehová es para los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto" (Sal. 25:14). El pacto es aquel secreto que Jesús había oído de su Padre y que despliega ante sus amigos. Es el secreto de su amor antes que el tiempo comenzara. Jesús amó a sus apóstoles antes de que ellos le amaran. Les declaró esta verdad cuando dijo: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros." Si no los hubiera elegido, jamás habrían deseado servirle. Cuando Andrés y otro discípulo estaban junto a Juan el Bautista y le oyeron decir: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo," no habrían sentido inclinación alguna por seguir a ese Cordero si Jesús no los hubiera elegido primero. Su amor fue el imán invisible que los atrajo tras su Salvador.
Cristo no solo eligió a sus apóstoles para que fueran sus amigos; también los ordenó para llevar fruto. En nada se agradó a sí mismo. No los llamó a dejar sus ocupaciones para que fueran sus compañeros de camino, ni sus defensores cuando le asaltaran sus enemigos. Los ángeles habrían dejado con gusto su morada para ser su consuelo y su guardia. No buscó su propio confort, sino la gloria de su Padre. Designó a los apóstoles para llevar las nuevas de salvación hasta los confines del mundo, y prometió que su trabajo no sería en vano. Hasta hoy su fruto permanece. En la tierra hay miles que se regocijan en el Evangelio que los apóstoles predicaron; en el cielo, una multitud que nadie puede contar. Las obras de los hombres mundanos que vivieron en los días de los apóstoles han perecido. Las victorias que ganaron no produjeron beneficio duradero; los edificios que levantaron están caídos o se desmoronan en ruinas; los libros que escribieron, si aún sobreviven, jamás hicieron feliz a una sola criatura. Pero los trabajos de los apóstoles nunca podrán ser olvidados; los pecadores que convirtieron son salvos; y al fin el mundo, por las verdades que predicaron, será hecho santo y feliz. Sigamos sus pasos. Nosotros también somos amigos de Jesús, si hacemos lo que nos manda. Podemos llevar fruto que jamás se marchite. Débiles como somos, Cristo no nos despreciará. Nos dice: "No nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos." Es mucho mejor convertir un alma que, como Colón, descubrir un continente, o, como Herschel, un planeta. Los frutos de la ciencia pasarán, pero los frutos de la gracia permanecerán para vida eterna.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ calls his disciples his friends
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.