La vida de Cristo para cada día

Cristo prepara a sus discípulos para el odio del mundo

Después de declarar su amor, Jesús advierte del odio del mundo, recordando que el mundo aborreció primero al propio Cristo por testimoniar que sus obras eran malas.

El Señor Jesús no dijo a sus discípulos al comienzo de esta conversación que el mundo los odiaría. Primero les habló de su gran amor. Después de oír de aquel amor, debían ser capaces de soportar el oír que el mundo los odiaría. Pues, ¿qué es el odio del mundo comparado con el amor de Jesús! Si todas las criaturas nos odiaran, no podrían dañarnos mientras el Creador nos amara.

Hay otra razón por la que no deberíamos preocuparnos por el odio del mundo. Es esta: el mundo odió a Jesús; aunque él era perfectamente amable, le odió. Algunos cristianos jóvenes imaginan que pueden escapar del odio del mundo. Creen que unos modales muy amables, una conducta muy prudente y acciones muy benévolas impedirán que incluso los hombres malvados los rechacen. Pero, ¿quién puede ser tan amable como lo fue Jesús, o tan prudente, o tan benévolo? Hay algunos llamados cristianos que gozan de gran estima en el mundo; pero, ¿cómo ganan esta estima? ¿No es guardando silencio cuando deberían hablar, participando de entretenimientos que deberían evitar y cultivando amistades que deberían renunciar? ¿Por qué el mundo odió a Jesús? Él nos ha dado la razón: porque él testificaba que sus obras eran malas (Juan 7:7). Nosotros debemos hacer lo mismo. El apóstol Pablo dice: "No comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas" (Ef. 5:11). Puede haber ocasiones en que no podamos reprender con palabras; pero nunca, ni aun con una sonrisa, deberíamos parecer aprobar acciones o conversaciones malvadas.

Es un consuelo para el cristiano fiel pensar que comparte el oprobio de su Maestro. Fue un consuelo para el Hijo de Dios saber que era odiado por causa de su Padre. Dijo: "Los oprobios de los que te vituperaban cayeron sobre mí" (Rom. 15:3). Él era la imagen exacta de su Padre, y el mundo no admiró esa imagen. Los discípulos de Jesús no son su imagen exacta; pero llevan alguna semejanza con él, y aun esa semejanza, tenue como es, el mundo la aborrece. ¡Cuán asombrados deben quedar los ángeles al ver a aquel a quien adoran despreciado por los hombres! Ningún pecado que el hombre cometa puede compararse con el pecado de odiar a Dios. Si le odiaran porque no le conocían, su culpa no sería tan grande; pero cuanto más le conocen, más le odian. Los misioneros en África han quedado impresionados por este singular hecho: las tribus lejanas muestran más deseo de oír el Evangelio que las tribus que viven cerca de la estación misionera. ¿Y por qué? Porque las tribus cercanas conocen mejor lo que es el cristianismo, cuán puro, cuán pacífico, cuán manso. Sus corazones malvados se apartan de tal religión; prefieren sus propias prácticas crueles y costumbres impías a las doctrinas amorosas y puras del Evangelio. La mente carnal sigue siendo enemistad contra Dios. Si el Hijo de Dios descendiera de nuevo a este mundo, y, vestido con humilde manto, visitara este país, de nuevo sería despreciado y rechazado. ¿Sentimos que no le despreciaríamos? Inquiramos qué prueba damos de que no lo haríamos. ¿Amamos a sus siervos, sean quienes sean, y dondequiera que los encontremos? ¿Y es por su santidad por lo que los amamos? Si preferimos a un cristiano verdadero, aunque sea indocto, tosco y desagradable, a la persona mundana más elocuente, agradable y distinguida, entonces tenemos razón para esperar que de verdad amamos a Jesús.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: to end. Christ prepares his disciples for the world's hatred

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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