La resurrección de Cristo fue la consumación de su gloriosa victoria. Hasta ese momento, el Redentor tenía toda la apariencia de uno vencido en la gran contienda. Quedó como muerto sobre el campo de batalla, y parecería que realmente había sufrido una derrota momentánea. Estaba entonces bajo el dominio de la muerte; y como la muerte era la consecuencia y la pena del pecado, mientras estuvo sujeto a su poder, permanecía aún bajo los pecados de su pueblo. Cancelados ya estaban por la sangre que acababa de derramar, pero la gran evidencia de su remisión no podía manifestarse hasta que la resurrección hubiera pasado. ¡Qué sombrío quedaba entonces el pueblo de Dios! El Sol de Justicia se ponía entre tinieblas y sangre, y con Él descendían a la tumba las esperanzas de patriarcas, profetas, videntes y apóstoles. Pero el triunfo de los impíos es breve. A los tres días, la tumba, al poderoso fiat de Jehová, abrió su seno y devolvió a su Creador y Señor. El Sol de Justicia ascendió de nuevo en gloria sin nubes y majestad sin igual, para no ponerse jamás. La iglesia de Dios, engendrada ahora a una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, se levantó del polvo y se vistió sus ropas hermosas.
Entonces la escena cambió. Sus enemigos, sin guardar ya ni la apariencia de victoria, fueron derrocados y vencidos. El infierno quedó decepcionado y sus puertas para siempre cerradas a los redimidos. El pecado fue lanzado a distancia infinita, y la muerte ya no se enseñoreaba más de Él, pues Dios había roto sus lazos, porque no era posible que fuese retenido por ella. Se levantó como un Conquistador poderoso e ilustre. Y toda esta conquista, no lo olvidemos, fue lograda en favor de un pueblo escogido y amado. Fue nuestra batalla la que Él peleó, fue nuestra victoria la que Él ganó.
Por tanto, aunque seamos llamados a luchar contra principados y potestades, y se nos exhorte a tomar toda la armadura de Dios, nos enfrentamos a enemigos ya vencidos. Pareciera que se nos convoca no tanto al campo de batalla, cuanto al campo del triunfo; no tanto a combatir con el enemigo, como a recoger los despojos de la victoria. Porque ¿qué es cada conflicto exitoso con nuestros adversarios espirituales, cada corrupción mortificada, cada tentación resistida, cada pecado vencido, sino una manifestación de la gran victoria ya ganada por el Capitán de nuestra salvación? Cada triunfo del Espíritu Santo en el corazón de un hombre regenerado es un despliegue del triunfo de aquel que, colgando en la cruz y resucitando del sepulcro, despojó a principados y potestades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - August 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.