¿Ha leído alguien que ama a Jesús el relato del camino a Emaús sin desear haber estado allí? ¡Cuán delicioso debió ser oír al Señor explicar en todas las Escrituras las cosas concernientes a sí mismo! Pero ¿no ha prometido su Espíritu Santo para iluminarnos cuando escudriñamos su santa palabra? Hay cosas concernientes a sí mismo en todas las Escrituras. Al principio de la Biblia lo hallamos revelado como la Simiente de la mujer; y en el último capítulo del Antiguo Testamento lo contemplamos como el Sol de Justicia; y en cada página intermedia podemos descubrirlo —ya como Cordero que sufre, o como León que conquista; como tierno vástago, o como fuerte renuevo; como siervo, o como rey; como niño, o como el Anciano de Días; ora humillado como gusano, ora declarado el Dios fuerte, el gran Creador, el glorioso Jehová.
Mientras el Señor explicaba este misterioso tema a sus atentos compañeros, llegó a Emaús. Esta aldea estaba situada en la falda sur de una colina fructífera y dominaba una vista de las torres y pináculos de Jerusalén. Expuesta al calor del sol del mediodía, era refrescada por abundantes manantiales de aguas frescas. Jesús no habría entrado en la morada de los discípulos si no le hubieran rogado que se quedara. Siempre que volvamos a nuestros hogares, hagamos la oración que aquellos discípulos hicieron, y digamos: «Quédate con nosotros.» Ningún hogar es verdaderamente dulce en el que Jesús no mora. Donde él está, allí hay paz, y amor, y gozo.
El Señor actuó como dueño de la casa en la mesa de su anfitrión. Según su costumbre, «tomó el pan y lo bendijo, lo partió y les dio.» Entonces los discípulos conocieron al Señor, pues sus ojos fueron abiertos. Dios ejerce poder soberano sobre nuestros sentidos. Nos permite ver y oír lo que él dispone. En el mundo venidero puede abrir nuestros ojos y capacitarnos para conocer santos que nunca hemos visto, y reconocer amigos que hace mucho perdimos.
¿Qué debieron sentir los afligidos al descubrir que el admirable forastero era su propio y amado Salvador! Pero no tuvieron oportunidad de expresarle su deleite, pues él desapareció de su vista. Después de su resurrección el Señor ni entraba ni salía como antes. Un cuerpo glorificado es muy distinto de las casas de barro en las que nuestros espíritus están aprisionados.
¡Los dos amigos no pudieron quedarse en casa después del gozoso suceso que había ocurrido! Ansiaban hacer a sus hermanos partícipes de su felicidad. Los habían dejado llorando; pero cuando llegaron a Jerusalén los hallaron regocijándose. El Señor se había aparecido a Simón Pedro. Aunque el informe de las mujeres había sido descreído, el testimonio de Pedro había sido recibido.
¿Cuál fue el tema de aquella conversación vespertina? ¿No fueron las diversas apariciones del Señor? Cada detalle concerniente a las entrevistas que se habían gozado con él debió escucharse con el más profundo interés. ¿De qué conversan los santos en lo alto? ¿No es acerca de su Señor, y de cómo aprendieron primeramente a conocerlo, y de cómo se manifestó a ellos en diversas estaciones de su peregrinación? Aun aquí, cuando los santos se reúnen, se deleitan en hablar de estos temas. Como los discípulos de antaño, tienen distintas historias que relatar. María Magdalena podría contar cuán pronto se reveló a ella —Cleofas y su amigo podrían describir cuánto se demoró en darse a conocer. Ella lo encontró en el huerto —ellos fueron alcanzados por él en el camino. Ella se dirigió a él primero —ellos fueron primero hablados por él. Los tratos del Señor con su pueblo siguen marcados por distintas circunstancias; pero el fin en cada caso será el mismo. Aunque por una temporada puedan lamentar, diciendo: «Lo busqué, pero no lo hallé»; e inquirir con tristeza: «¿Habéis visto al que ama mi alma?», al fin declararán con gozo: «¡Hallé al que ama mi alma!» (Cantares 3:2-4). Los que aman a Jesús deben encontrarlo, porque él mismo los busca.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ makes himself known at Emmaus
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.