Aunque el Señor obraba milagros continuamente, el milagro aquí referido parece haber causado un asombro inusual. Y bien podía ser así, pues en él se manifestó el poder de Cristo sobre el diablo. Uno de los temas más misteriosos de la Biblia es la manera en que los demonios se posesionaban de los hombres en tiempos antiguos. Es tan misterioso que algunos han preferido no creerlo; pero si no creyéramos nada de lo que no podemos entender con claridad, ¡cuán poco creeríamos! No creeríamos ni en nuestra propia existencia, pues no podemos decir cómo vivimos ni qué es la vida; sin embargo, sabemos que vivimos. Es muy razonable suponer que, cuando Jesús vino a destruir las obras del diablo, aquel espíritu maligno haría grandes esfuerzos por resistirle. Algunos han pensado que los posesos estaban en estado de locura; pero vemos que Mateo menciona a los lunáticos o dementes aparte de los endemoniados; por tanto, la locura es una calamidad distinta de la posesión demoníaca. (Mateo 4:24.)
Es verdad que Satanás incluso ahora entra en los corazones de los hombres para llenarlos de maldad; pero no fue de esta manera como había entrado en el hombre de la sinagoga; porque si este hombre hubiera estado lleno de Satanás, como lo estuvo Judas después, Jesús le habría hablado como a un hombre perverso; pero no reprendió al hombre, solo reprendió al demonio.
El espíritu inmundo había permitido al hombre ir a la sinagoga. De haber sabido a quién iba a encontrar allí, seguramente no le habría dejado ir; pues parecía lleno de temor al ver a Cristo. Clamó: «Déjanos; ¿qué tienes que ver con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?». Sabemos que los demonios creen y tiemblan. No pueden sentir esperanza, pero sí pueden sentir temor. No tienen esperanza de ser felices, pero temen volverse más miserables. Y no temen sin causa; pues su continua maldad debe hacerlos más y más miserables a lo largo de las edades de la eternidad, y debe atraer sobre ellos mayores medidas de la ira de Dios.
Aun las alabanzas de los demonios son abominables para Cristo. Cuando el espíritu inmundo dijo: «Sé quién eres, el Santo de Dios», Jesús respondió: «¡Cállate!». No puede soportar las alabanzas de quienes le odian.
Que nadie piense que, mientras vive al servicio de Satanás, el Señor acepta sus alabanzas. Aunque se unan a las respuestas en la iglesia y digan: «Tú eres el Rey de gloria, oh Cristo»; o repitan diariamente de rodillas: «Santificado sea tu nombre», mientras vivan en pecado, sus servicios desagradan a Dios. Él está pronto a silenciar sus lenguas con un «¡Cállate!». A los impíos dice Dios: «¿Qué tienes tú que ver con el anuncio de mis estatutos, o que tomes mi pacto en tu boca, ya que aborreces la corrección y echas mis palabras a tus espaldas?». (Sal. 50:16, 17.) Tal es la condición espantosa de los hijos del diablo, de los no convertidos, aun ahora. ¿Qué será en lo porvenir? Júzgalo por la malicia que los demonios mostraron contra este pobre hombre. Cuando se les mandó salir de él, el demonio primero le desgarró y, como nos informa Lucas, «le echó en medio». ¡Con cuánta reluctancia, aun obligado a obedecer al Señor de todos, dejó a su víctima! Le hizo sentir su malicia antes de abandonarlo.
A la malicia de tales demonios son entregados los impíos para siempre. Estos serán sus compañeros por la eternidad; ninguna voz de Salvador penetrará las puertas del infierno para mandar a los furiosos espíritus que cesen de atormentar. Consideremos los horrores del futuro, y recordemos que estos espíritus llenan ahora el aire, y que Satanás es llamado «el príncipe de la potestad del aire». (Ef. 2:2.) Este príncipe busca ahora engañar al alma, para que sea lanzada al infierno para siempre. No habrá escapatoria para nosotros si no somos lavados en la sangre de Cristo y santificados por su Espíritu. ¿Qué sabemos del perdón y de la santidad? ¿Hemos obtenido estos dones preciosos de Cristo? Él murió para que los obtuviéramos. ¿Hay entre nosotros alguno de quien pueda decirse que «es cautivo del diablo a su voluntad»?
Jesús puede mandar al diablo que nos suelte, y lo hará si imploramos su ayuda. Pero el diablo no suelta a sus cautivos sino cuando se le obliga; vela diligentemente sobre ellos, no sea que crean y se salven; los acompaña a la iglesia y los sigue a casa. Sí, los sigue de cerca, pues tiene a su servicio una numerosa corte de siervos. Pero hay un lugar adonde él no puede ir: la sombra de las alas del Todopoderoso. Oh, entra en el escondite del Altísimo, y allí estarás seguro; porque él te cubrirá con sus plumas, y bajo sus alas confiarás; al leoncillo y al dragón los hollarás. (Salmo 91.)
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ casts out a devil in the synagogue
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.