Parece que el Señor Jesús sometió a una breve prueba la fe de los dos ciegos, pues no los sanó en cuanto se lo pidieron; esperó hasta entrar en la casa antes de concederles su petición. ¡Y cuán bien recompensados fueron por su espera, al conversar con su Señor en el retiro del hogar! Los ciegos hablaron poco: «Sí, Señor». Estas fueron sus palabras; pero esas palabras tan sencillas agradaron a Jesús, porque eran sinceras. ¿Qué responderíamos nosotros si el Señor nos preguntara si creemos que él puede hacer todas las cosas? ¿Podríamos responder: «Sí, Señor»? Recordemos, en tiempos de angustia, que Jesús lo puede todo.
Después que el Señor salió de la casa, sanó a un mudo. Este milagro lo realizó públicamente, en presencia de sus enemigos. El pobre hombre era objeto de gran compasión, pues no podía (como el ciego) rogar por sí mismo: otros lo llevaron a Jesús. ¿No debería esto enseñarnos a orar por quienes, por el poder de Satanás, están mudos para con Dios y no pueden orar por sí mismos? Esta sanidad despertó gran asombro e hizo que los hombres exclamaran: «Nunca se ha visto cosa semejante en Israel». Había habido otros profetas, como Elías y Eliseo, que habían hecho milagros, pero no tan grandes ni tan numerosos como los que Cristo realizó.
Hoy Jesús realiza maravillas en las almas, que hacen que muchos exclamen: «Nunca se ha visto cosa semejante». El evangelio produce efectos que solo el evangelio puede producir. ¡Qué ha obrado en las islas del Mar del Sur! Ha transformado a miles de idólatras ciegos y asesinos en hijos de la verdad y la paz. En Inglaterra, la predicación del evangelio ha transformado muchas veces a los caracteres más abandonados en hombres santos. Sin embargo, estas maravillas no silencian a los enemigos de Cristo. Los fariseos llegaron a tanta maldad que exclamaron: «Él echa fuera demonios por el príncipe de los demonios». Sabían que mentían, pero odiaban tanto a Jesús que recurrían a cualquier medio para impedir que el pueblo creyera en él. Aún hoy se encuentran personas que calumnian a los siervos de Dios aun sabiendo que son inocentes. Vivió en el siglo pasado un piadoso clérigo llamado Maddock, que convirtió a muchas almas con la predicación del evangelio. Los que aborrecían su doctrina inventaron calumnias contra él y lo afligieron tanto que enfermó y renunció a su curato. Pero tiempo después, dos de sus más encarnizados enemigos se retractaron y reconocieron que la razón de su mala conducta era que no podían soportar la doctrina que él les había predicado, y que jamás habían creído los rumores que difundieron. ¿Y cuáles fueron los sentimientos de este hombre santo en aquella ocasión? Escribió en su diario: «Ahora mis enemigos han confesado su enemistad contra Dios, contra su palabra y contra mí por predicarla. Oh, Señor, con esta confesión has aliviado grandemente mi mente. Has hecho que mis enemigos confiesen que persiguieron a tu siervo por malicia. Recuerda, te ruego, su ceguedad e ignorancia, y perdónalos libremente por amor a tu amado Hijo». Al igual que su bendito Maestro, este piadoso ministro prosiguió su obra en otras ciudades y aldeas, y continuó hasta el fin de sus días sanando almas enfermas de pecado.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ gives sight to two blind men, and speech to a mute man
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.