EL CLÍMAX
«Dios de mi vida, a Ti clamo, Aquejado a tus pies caigo; Cuando las grandes aguas prevalecen, ¡No dejes que mi corazón tembloroso desfallezca!»
«No hay más que un paso desde el tercer cielo hasta la espina en la carne.» — Winslow.
«Abismo llama a abismo en el estruendo de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. De día el Señor mandará su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo, una oración al Dios de mi vida.» Salmo 42:7-8
La tempestuosa lucha en el alma del salmista ha llegado ahora a su punto más alto. En el versículo anterior había penetrado, a través de las nieblas de la incredulidad que lo rodeaban, y posado su mirada en los collados de Mizar de la fidelidad divina en un pasado más luminoso. Pero el destello de sol fue momentáneo. Ha vuelto a desvanecerse. Su cielo se oscurece de nuevo: nubes de lluvia barren el horizonte: «Abismo llama a abismo en el estruendo de tus cascadas.» En medio de las aguas que lo circundan exclama: «¡Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí!»
La figura es audaz y sorprendente. Algunos han pensado que se refiere al impetuoso torrente de aguas que desciende de las alturas del Líbano y del Hermón, que fue sugerida por los bramadores torrentes a sus pies: el Jordán con sus rápidos hinchados y sinuosos, imagen fiel de los cauces profundamente surcados en su propio espíritu, irritados y erosionados por el ímpetu de un dolor abrumador.
Pero la palabra traducida «abismo» es, en el hebreo original, más aplicable a las crecidas del océano que a los rápidos de un río; y la imagen, en este sentido, es más audaz y expresiva aún. Ola llama a ola para que pase sobre el alma del que sufre. Levantan sus crestas y, con ronca voz, se convocan unas a otras al asalto. «¡Formemos liga!», dicen. «¡Sacudamos el espíritu de la tempestad! ¡Ábranse las cataratas del cielo! ¡Rómpanse las fuentes del grande abismo, para que sacudamos la confianza de este hombre en su Dios y despojemos a la fe de su esperado triunfo! ¡Tempestades coléricas, aguanieve y granizo batiente! venid y ayudadnos. ¡Relámpagos bifurcados, resplandecientes espadas del cielo! saltad de vuestros nublados cayados. ¡Océano antiguo! agítate desde tus profundidades. ¡Que cada ola se enfurezca hasta la demencia, para que con un esfuerzo unido logremos su destrucción y lo dejemos como un naufragio en las aguas!»
Obedecen el llamamiento. Ya magulladas y golpeadas, regresan con renovada violencia al embate. Aflicción tras aflicción, tentación tras tentación, se precipitan sobre este solitario acantilado batido por la resaca. Calamidades externas; tribulaciones internas; sus súbditos en rebeldía; sus amigos traidores; su propio hijo e hijo predilecto encabezando la insurrección; él mismo un desterrado, atormentado por el pensamiento de pecados pasados que ahora exigían terrible retribución; y peor que todas las calamidades temporales, el rostro de su Dios vuelto. La aflicción parecía no poder ir más lejos: «¡TODAS tus ondas y tus olas han pasado sobre mí!»
Creemos que hay períodos en la historia de la mayoría del pueblo de Dios que corresponden a la terrible experiencia registrada en este versículo. Pocos son los que no pueden señalar alguna época triste y memorable, tanto en su ser natural como en el espiritual: algunas horas críticas y solemnes en que han sido sometidos a pruebas especiales y singulares, rodeados de truenos y relámpagos del Sinaí, con la trompeta sonando larga y fuerte; o, volviendo a la figura del salmo, cuando las amarras de la vida han sido arrancadas y se les ha dejado a la deriva en un océano sin estrellas y tempestuoso. A menudo, como con David, puede haber en tales momentos una combinación de pruebas: enfermedad, pérdida de un ser querido, pérdida de bienes mundanos, alejamiento de amigos, marchitamiento de esperanzas. Y luego, tras estas, y peor que todo, pensamientos duros acerca de Dios. Vemos a los impíos prosperando en derredor, el vicio aparentemente mimado, la virtud aparentemente pisoteada, muchos atravesando la vida sin un solo dolor ni prueba: sus hogares sin saquear, sus corazones sin herir, todos sus planes prosperando, la fortuna sonriendo benignamente a cada paso; mientras que nosotros parecemos haber sido blanco de las flechas de la infortuna, tentados a decir con Jeremías: «Yo soy EL hombre que ha visto la aflicción por la vara de su ira.» (Lam. 3:1.)
Y dudando de un Dios de providencia, el siguiente paso es dudar de un Dios de gracia. Comenzamos a cuestionar nuestro interés en el pacto, a preguntarnos si, después de todo, nuestras esperanzas del cielo no han sido un engaño y una mentira. Imaginamos que la misericordia de Dios se ha «ido para siempre». Parece como si ya «no fuera favorable jamás». No hay consuelo en la oración, ni brillo en las promesas; la Biblia es un libro sellado, los cielos se han vuelto como de bronce y la tierra como de hierro. ¡Oh! mientras tuvimos sólo pruebas externas, pudimos hacer frente y resistir las aguas que nos rodeaban. Mientras tuvimos la sonrisa divina, como el arcoíris en la nube, posada sobre nosotros, pudimos contemplar con calma el cielo más negro; sí, gozarnos en la prueba, por cuanto sólo nos descubría más de la preciosidad del Salvador. Pero cuando tenemos la nube sin el arcoíris, cuando las pruebas externas sobrevienen a un alma en inquietud y turbación espiritual, cuando abrigamos la sospecha de que el único Ser que pudo socorrer en tal hora ha escondido Él mismo su rostro, cuando no tenemos ni este mundo ni el venidero para consolarnos, ¡esperanzas heridas para el tiempo y esperanzas desesperadas para la eternidad!: este es el dolor de los dolores, el «horror de una gran tiniebla»: «abismo llama a abismo.» Podemos decir, con un énfasis mucho más terrible que el patriarca herido: «¡YO estoy despojado!»
El salmista había llegado ahora a este extremo. Es el punto de inflexión de su presente experiencia. Tiene ante sí dos alternativas: o permitir que la incredulidad triunfe, desconfiar de Dios, abandonar la lucha y hundirse como plomo en las aguas agitadas, o reunir una vez más sus recursos espirituales, hacer pecho a las olas y resistir varonilmente la tempestad.
Está ahora con él como con un discípulo que se hunde en una edad futura: cuando la tempestad es más recia y el mediodía más oscuro, la voz y los pasos de su Dios se oyen sobre las aguas: «Y cerca de la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a los discípulos, andando sobre el mar.» «¡Este pobre clamó, y el Señor lo oyó, y lo libró de todas sus angustias!» (Salmo 34:6.)
¿Y cuál es el primer destello de consuelo que corona estas olas más altas? Es discernir la mano y el designio de Dios en todas sus aflicciones. Él habla de «tus ondas y tus olas». Estas crecidas no se desbordan ni se recrean al mandato del azar. «El Señor se sienta sobre las aguas.» (Salmo 29:10.) Aunque, en cierto sentido, agravaba sus pruebas pensar en ellas como castigos divinos, expresiones del divino desagrado por el pecado, ¡cuán inefable el consuelo de que cada ola se desplazara al mandato de la Omnipotencia! «Las inundaciones», puede decir, «han levantado, las inundaciones han levantado su voz; las inundaciones levantan sus ondas. El Señor en las alturas es más poderoso que el estruendo de muchas aguas, sí, más que las poderosas olas del mar.» (Salmo 93:3, 4.) «Oh Señor, Dios nuestro, ¿quién como tú, Señor fuerte? Tú riges la soberbia del mar: cuando se levantan sus ondas, tú las aquietas.» (Salmo 89:8, 9.)
Pero podía ir más allá. Podía triunfar en la seguridad del favor que Dios vuelve, de que tras estos elementos turbulentos estaba sentado un Ser de inmutable fidelidad y amor. Ya la niebla bajante comenzaba a disiparse de los montes, y el ojo de la fe divisaba soleados retazos de luz dorada resplandeciendo en los valles. Pronto supo que todo el paisaje quedaría inundado de gloria. El marinero no descree de la existencia del faro o del balizamiento, ni altera el rumbo de su nave, porque la niebla impida verlos. Al contrario, agudiza más la mirada a través del turbio velo, en espera de saludar su guía. Cuando una nube o nubes pasan por el disco del sol y lo ocultan a la vista, el girasol no, por esa momentánea interferencia, inclina la cabeza, ni cesa de girar hacia el gran astro. Sigue mirando hacia arriba con anhelante ojo, como si supiera que las nubes pronto pasarán y que antes de mucho volverá a bañarse en sus benéficos rayos. Así fue con David. Sentía que el rostro de su Dios, aunque oculto, no estaba eclipsado. Esta flor que se marchita en los montes de Galaad no se inclina en la angustia de la incredulidad, cuando «el Sol de su alma» queda por un momento oscurecido. Sabía que aun habría de brotar «luz en las tinieblas». En medio del rodar de las olas, del lamento del vendaval, escucha música celestial. Su nota inicial es «la misericordia» de su Dios. Mientras los cielos siguen negros y la tempestad ruge, alza la voz de la fe por encima del estruendo de la tormenta, y así canta: «Mas el Señor mandará su misericordia en el día, y en la noche su cántico estará conmigo, ¡y mi oración al Dios de mi vida!»
«¡PERO el Señor!» El creyente, aun en su estación más honda y oscura de aflicción, tiene siempre esta palabra alternativa: «¡PERO el Señor lo hará!» Estoy sumido en dura prueba: «Pero el Señor» será fiel a sus promesas. He sido despojado de los seres queridos: «Pero el Señor» me será un nombre mejor que el de hijo o hija. He pasado largos años en este lecho de sufrimiento: «Pero el Señor» ha convertido esta solitaria alcoba de enfermedad en el vestíbulo del cielo. He sido zarandeado y acosado por innumerables tentaciones espirituales: «Pero el Señor» no permitirá que estas tentaciones vayan más allá de lo que puedo soportar. Pronto habré de caminar por el valle oscuro: «PERO» «no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo!»
La seguridad del salmista acerca de su liberación era en verdad la prueba de una fe nada menguada. Bien sabemos cuán propensos somos a dejarnos influir y afectar por las circunstancias presentes. Cuando todo es luminoso, afable y próspero, en medio de un hogar feliz y amigos cordiales, en plena salud robusta y florecientes empresas mundanas, el corazón animoso rebosa elasticidad. El gozo de fuera comunica un sol interior. Un hombre es feliz y esperanzado a pesar de sí mismo. Pero si de pronto se ve precipitado en un remolino de problemas, si las nubes se acumulan y espesan en derredor, la mente no sólo cae presa de sus propias pruebas, sino que puebla el futuro de incontables males imaginarios, y sus mismos goces y bendiciones que le quedan se tiñen y empañan de la tristeza predominante. Tan poco cabría esperar, por principios naturales, que el corazón en tales circunstancias fuera esperanzado y gozoso, como esperar que el paisaje exterior de la naturaleza resplandeciera y centelleara de hermosura, si las nubes del cielo oscurecieran la gran fuente de luz.
Pero la fe, fuerte en la palabra de Dios, puede triunfar sobre los obstáculos naturales. Así lo hizo en el caso de este desterrado afligido. Recordaba cómo su Dios le había dado liberaciones pasadas, aun cuando menos las esperaba: «Miraron a Él y fueron iluminados» (Salmo 34:5) [literalmente, «sus rostros fueron resplandecidos»]. Se siente seguro de que la misma misericordia seguirá siendo «mandada». Ve la fidelidad del pacto de Dios posada serena y hermosamente, ¡como los tintes del arcoíris en la espuma del torrente! «¿Quién hay entre vosotros que teme al Señor, que obedece la voz de su siervo, que anda en tinieblas y no tiene resplandor? Confíe en el nombre del Señor, y apóyese en su Dios.» (Isa. 50:10.)
Esta experiencia que hemos venido considerando es la del pueblo de Cristo únicamente. Pero hay una experiencia aún más triste: la de aquellos que viven «sin Dios» y, por tanto, «sin esperanza»: las olas se agitan, y ellos sin saberlo; «abismo llamando a abismo», y ellos ignorando a la vez su culpa y su peligro. Nada hay más triste ni más conmovedor en medio de una tempestad, cuando la nave se tambalea sobre las olas y apenas queda esperanza de salvación, que ver, en medio de la settle tiniebla de la desesperación, al niñito jugando en cubierta, del todo inconsciente de lo que se avecina; o, en un momento de desgarradora pérdida, cuando todo rostro del hogar está velado de tristeza y bañado en lágrimas, oír la alegre risa y el juguetón balbuceo de la inconsciente infancia. ¡Ah! para cuántos es esta su posición ante la eternidad: viven sin advertir su peligro, ¡las olas de destrucción a punto de cerrarse sobre ellos! Más triste, sin duda, es su caso que todas las angustias y pruebas del pueblo más afligido de Dios. Sus olas y sus ondas están coronadas de esperanza; «cánticos en la noche» flotan a lo largo de los oscuros oleajes; pero el futuro de los otros no tiene un rayo de esperanza, ni estrella de medianoche, ni cántico divino. Viene un tiempo en que, en un sentido más espantoso, se oirá el clamor: «Abismo llama a abismo: ¡todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí!» Pero no habrá un nuevo estribillo, ni un himno gozoso de liberación esperada: «¡Pero el Señor mandará su misericordia!» En vano ascenderá el clamor: «Mi corazón está abrumado: llévame a la Roca que es más alta que yo.»
Mas, bendito sea Dios, ese clamor puede ascender ahora, esa Roca puede ser buscada como refugio ahora. ¡Pecador! estas olas pasaron sobre la Roca de los Siglos, ¡para que no pasen sobre ti! Refugiado en esas hendiduras, estarás eternamente a salvo. Ni una ráfaga de la tempestad, ni una gota del chaparrón de la venganza podrá alcanzarte. Cuando las olas de la ira, el diluvio de fuego, rueden sobre esta tierra, seguro en estas sempiternas hendiduras, podrás lanzar el desafío: «¿Quién me separará del amor de Cristo?»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE CLIMAX
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.