Dios bendijo abundantemente las aflicciones del pródigo para su alma. Mientras se ocupaba como porquero, se operó en su mente un gran cambio: «Volvió en sí.» Esta expresión implica que antes no era dueño de sí. El estado de pecado es un estado de locura. Cuando una persona es convertida, está en su sano juicio. ¡Cómo podría alguien complacerse en el pecado si reflexionara en sus espantosas consecuencias!, «porque la paga del pecado es muerte.» Pero los pecadores son como las bestias que perecen, y no consideran su postrer estado.
Es muy interesante escuchar las reflexiones del pródigo una vez que volvió en sí. Ahora veía todo bajo una luz nueva. Comprendía la dicha de la casa de su padre. En otro tiempo había aborrecido sus restricciones y anhelado libertad, pero ahora tenía por bienaventurado a cada siervo que moraba bajo aquel techo pacífico. Los inconversos juzgan sombría la religión y procuran escapar de su influencia; pero cuando el Espíritu Santo visita sus corazones, tienen por bienaventurados a los siervos de Dios y anhelan ser contados entre los santos.
El pródigo se sintió ahora convencido de su culpa. No sólo lamentó su miserable condición, sino que la rastreó hasta su propio pecado; no culpó a nadie sino a sí mismo. Así el Espíritu convence de pecado y nos hace sentir que hemos pecado contra Dios más que contra ningún otro ser, porque él es el mayor y el mejor de los seres, y nuestro bienhechor principal.
El pródigo sintió confianza en la misericordia de su padre. Aunque se sentía indigno de ser llamado hijo, decidió decir: «Padre.» De no haber sentido esa confianza, podría haber sido devorado por el remordimiento y haber juzgado inútil el regreso. Sin duda su memoria le brindó numerosos ejemplos del amor de su padre, de su prontitud para perdonar sus tempranas terquedades y de su paciencia ante los desafíos de su juventud. Había gozado de oportunidades para conocer el carácter de su padre, y ahora se le aparecía en toda su hermosura. Bienaventurado el pecador convencido que puede esperar en la misericordia de Dios. Ningún hijo tuvo jamás tal razón para creer que su padre lo recibiría, como la que tiene el principal de los pecadores para creer que Dios de ningún modo lo echará fuera; pues Dios nos ha amado de tal manera que dio a su único Hijo como sacrificio por nosotros; y aquel que no escatimó a su propio Hijo, ¿no nos dará también con él todas las cosas?
El pródigo tomó la resolución de regresar, confesar abiertamente sus pecados, implorar perdón y suplicar permiso para hacerse siervo, aunque no hijo, en la casa de su padre.
¿Hemos tomado alguna vez la resolución de volver a Dios? ¿Podemos recordar el momento en que sentimos que nos habíamos apartado del mejor de los padres y que merecíamos ser rechazados? Cada verdadero creyente se ha arrepentido de sus pecados y ha buscado perdón con llanto y súplicas. Ni aun cesa de buscarlo mientras vive sobre la tierra. El sentido de su propia pecaminosidad crece a medida que experimenta más de la bondad de su Padre. Diariamente dice: «Perdona mis ofensas», y diariamente siente que no es digno de ser llamado hijo.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The repentance of the prodigal
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.