La malvada sugerencia de Caifás fue puesta en práctica de inmediato. Los fariseos tomaron consejo juntos para matar a Jesús. Los consejos aceptables pronto se siguen. ¡Cuán grande es la culpa del hombre que sugiere un designio malvado! Todos los actos oscuros que se han cometido jamás fueron sugeridos por alguien. Una palabra puede ser el principio de una serie de horrores ante cuya vista el alma retrocede. ¡Qué males cayeron sobre el pueblo judío a causa del crimen que Caifás propuso!
El Señor, que sabía todas las cosas, sabía de la consulta que sus enemigos habían celebrado y del plan que habían formado; y como su hora aún no había llegado del todo, se retiró por un corto tiempo a una pequeña ciudad llamada Efraín. Era un lugar tan pequeño que su nombre apenas lo menciona ningún escritor; pero se supone que estaba situado en un valle lleno de trigo, a unas ocho millas de Jerusalén. Allí los discípulos disfrutaron de otra temporada de comunión confidencial con su Señor, como la que habían gustado una vez a orillas del Jordán. ¡Cuán doblemente precioso les habría parecido este momento, si hubieran creído que tan pronto debían separarse de su divino Maestro! Rara vez sabemos cuándo gozamos, por última vez, de la compañía de un amigo amado. ¿Con qué sentimientos recuerda un hijo la última oración que un padre ofreció en presencia de su familia, cuando tal vez ni el padre ni el hijo sabían que era la última!
Mientras el Señor permanecía oculto en su retiro, los judíos se congregaban para celebrar la Pascua en Jerusalén. A juzgar por el número de los que allí acudían, se habría dicho que eran un pueblo muy religioso. Venían de lugares lejanos del país y llegaban con anticipación, a fin de cumplir con diversas purificaciones y abluciones mandadas en la ley; pero no lavaban sus manos en inocencia, como David, antes de acercarse al altar de su Dios (Sal. 26:6). Puede haber una asistencia numerosa en la casa de Dios, y aun en la cena del Señor, mientras hay pocos adoradores espirituales. Tales actos religiosos obtienen para quienes los practican un nombre de vivos entre los hombres; pero pueden practicarse mientras el corazón está muerto delante de Dios. Nunca estuvieron los judíos en un estado más peligroso que cuando, habiendo dejado de adorar imágenes grabadas, observaban con rigor las ceremonias de la ley.
El pueblo que estaba en el templo, preguntando si Jesús había venido y preguntándose si vendría en absoluto, poco sabía qué acción perpetraría antes de abandonar la ciudad santa. Entonces estaban llenos de entusiasmo por el Profeta de Nazaret; entonces le ensalzaban como el más grande que jamás había aparecido; entonces estaban dispuestos a recibirle con hosannas y a proclamarle rey; pero no tenían fe ni amor verdaderos arraigados en el corazón. El Señor no quiso confiarse en sus manos, y por eso se ocultó hasta que llegara su tiempo señalado.
Hay una clase de fe que no resiste el día de la prueba; hay una clase de amor que se apaga con el soplo de la calumnia. Algunos se imaginan que son piadosos porque deleitan en escuchar a un predicador elocuente. Recordemos cuán ansioso estaba el pueblo judío de que Jesús viniera a la fiesta, y cuán le trataron durante aquella fiesta. ¿Le conocemos nosotros como nuestro Salvador del pecado? ¿Sentimos que él nos amó y se entregó por nosotros? Entonces nunca dejaremos de amarle. Aunque los discípulos pecaminosamente le abandonaron en la hora del peligro, nada apagó su amor; pues no se fundaba en la admiración de su poder, sino en la gratitud por su misericordia.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ retires to Ephraim
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.