Es una de las cosas más sorprendentes que he observado, que la santidad se avergüence, pero la iniquidad no se avergüence de mostrarse. De ahí que sea una de las mayores bendiciones prometidas al mundo inferior, que la iniquidad, avergonzada, cierre su boca; lo cual supone que en tiempos malos tiene una locuacidad impúdica, tanto una frente de ramera en negarse a avergonzarse, como la lengua de una meretriz en desdeñar ser silenciada. De ahí que la compañía de gente disoluta ante su botella no se cohíbe de abrir a otro el misterio de la iniquidad en sus acciones más abandonadas, y de jactarse en su vergüenza.
Pero ¿cuándo los santos de Dios, en conversaciones privadas, para alabanza de la gracia gloriosa, se cuentan unos a otros lo que el Señor ha hecho por sus almas y se regocijan en su bondad? ¡Oh, deplorable degeneración! ¿La iniquidad no solo ha de ragear, sino reinar? ¿Y la justicia, como los nativos de un reino conquistado, que no se atreven a mostrar el rostro, ha de esconderse en secreto? ¿Es esta, profesantes de piedad, vuestra bondad para con vuestro amigo? ¿Se ha de disimular la abierta rebelión contra el cielo por quienes son mantenidos en la mesa del Rey? ¿Las palabras de los pecadores han de ser altivas contra Dios, y las vuestras no altivas contra ellos? ¿Quién debería avergonzarse, si los hijos de las tinieblas no se avergüenzan? ¿Quién debería enfrentar el día malo, si los sostenedores de la virtud no lo hacen? Sin embargo, el uno proclamará hasta la práctica de la iniquidad; el otro, apenas la profesión de piedad. El embajador de Jesús se avergüenza de reconocer su oficio o de declarar su mensaje, al reprender la abierta infracción de la ley eterna del cielo.
Es lo más impolítico que se pueda decir en compañía hoy día: hablar algo de la verdadera religión, o dejar saber que uno es cristiano. No tienen inconveniente en hablar de sus abominaciones viles; pero nosotros nos avergonzamos de hablar de la necesidad del nuevo nacimiento. Si pronunciamos una sola frase en favor de la piedad, de la vida espiritual o de la mentalidad celestial, apenas es perdonable por los librepensadores del día.
Si te aventuras a decir algo contra las locuras más predominantes y de moda, te erigirán en espantajo en la conversación de mesa de todos tus conocidos, que tendrán piedad de tu frenesí y te pronunciarán delirante. Y si se divulga que vives cerca de Dios y por encima de las vanidades del tiempo, serás enseguida el hazmerreír de todos, que te mirarán boquiabiertos como si vinieras de otro mundo y no fueras un semejante. Pero si guardas silencio ante el pecado, sonríes ante sus faltas y vives en concierto con el mundo, serás la mejor compañía y el hombre más sociable que exista. Así, con el continuo escarnio, el pecado se ha vuelto descarado, y la verdadera religión lleva el rubor. Sí, algunos hombres bienintencionados son temporizadores pecadores, callando cuando deberían hablar, por el temor del hombre, que trae un lazo.
Pero recuerda que de aquellos que se avergüenzan del Hijo del Hombre ante esta generación adúltera y pecadora, de ellos el Hijo del Hombre se avergonzará ante sus santos ángeles. Sed, pues, valientes, hijos de la virtud; mantened los derechos del cielo contra las tropas del infierno. Cobrad ánimo; la causa es buena, y la conquista coronará al recio contendiente en la batalla por Dios. Dondequiera que el pecado, en el discurso de alguno, se jacte vilmente, exponed a la vergüenza al monstruo feo. Hay en él una conciencia de culpa, y la culpa siempre está entretejida con temor y vergüenza, de modo que forzosamente ha de ruborizarse. Y si sus conciencias cauterizadas se mofan de ti, tenles piedad y adviérteles del terrible despertar que aguarda al dormidor largo y descuidado. Si vives cerca de Dios, vive sin turbarte, aunque los labios de la malicia clamen contra ti como hipócrita, como uno lleno de ostentación o un fanático enfermo del cerebro.
Sé que la causa del silencio en más de un alma piadosa es el temor de que se les deje caer de lo que tan celosamente han abrazado, para deshonor de la religión y para abrir la boca de los enemigos a la blasfemia. Pero guárdate de circunscribir la gracia de Dios, no sea que él te mida conforme a tu opinión de él. Nunca dejes que el temor de caer en pecado en algún tiempo futuro te aparte de tu deber presente; pues descuidar el deber presente es pecado presente. Si caes del sostén de su gloria declarativa, él puede cortarte los suministros de su gracia y hacer que aquello que injustamente temes, justamente venga sobre ti. Sé para Dios en tu día de integridad, y Dios será para ti en el día de la tentación. Ejercita tu gracia para su alabanza, y su gracia será siempre suficiente para ti.
¡Ay! Después de todo lo que pueda decirse, aún hay motivo de queja; pues si este detestable silencio que prevalece en nuestros días aumenta como ha hecho desde hace algún tiempo, no pasará mucho sin que no haya ni una palabra de verdadera religión en boca de los habitantes de este país. Pero, ¡ojalá esta cautividad espiritual sea vuelta tan de repente como las corrientes que se precipitan de las colinas del sur cuando cae una lluvia copiosa!
Tal es la deplorable indiferencia acerca de las cosas divinas entre los hijos de los hombres en este día. ¡Oh! ¿Cuándo mejorarán las cosas? ¿Cuándo será la religión confesada abiertamente como un honor para el alma racional, y cada uno hablará de Dios y para su gloria? Derrámese el Espíritu desde lo alto, y el yermo vuélvase campo fértil, y el campo fértil elévese en bosque más majestuoso. Y eche Israel raíces hacia abajo, y llene el mundo de fruto. Entonces la iniquidad, avergonzada, cerrará su boca y esconderá su cabeza; entonces la justicia permanecerá en el campo fértil. Tales (¡oh, verlos!) serán sin duda algunos de los días gloriosos del Hijo del Hombre.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Grace in the blush, sin not ashamed
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.