Horas devocionales con la Biblia — volumen 8

Cuando la persecución esparce el fuego del evangelio por todas partes

La dispersión de los creyentes por la persecución no apagó el evangelio, sino que lo extendió. Dondequiera que las circunstancias nos lleven, debemos seguir testimoniando de Cristo con paz y amor ferviente.

La primera visión que tenemos de Saulo se encuentra en el martirio de Esteban. El relato dice que él consentía en la muerte de Esteban. Estaba presente, no meramente como espectador, sino como alguien que aprobaba lo que se hacía y era instrumento en ello. Sin embargo, este es el hombre que después llegó a ser un apóstol glorioso, el más influyente de todos, que trabajó en la fundación y extensión del cristianismo. Sabemos que fue la conciencia de Pablo lo que lo hizo partícipe de este martirio. En otro pasaje nos dice que verdaderamente pensaba dentro de sí que debía hacer muchas cosas contrarias al nombre de Jesús. Aprendemos que uno puede ser muy concienzudo y, sin embargo, estar muy equivocado. La conciencia necesita una guía: la Palabra de Dios.

Evidentemente el celo de Saulo como perseguidor fue terrible. Es probable que el discurso de Esteban lo hiciera, por un tiempo, más amargo. Fue impulsado por él al frenesí más feroz en su determinación de aplastar el cristianismo destruyendo a todo seguidor de Cristo. Esparció desolación por todas partes. Su actividad como perseguidor se indica en las palabras: "Saulo asolaba la iglesia, entrando casa por casa, y arrastrando a hombres y mujeres los entregaba en la cárcel". Su nombre se convirtió en un terror para los cristianos dondequiera que se escuchaba. Esta amargura terrible magnifica la gracia de Dios, que salvó a un enemigo así y lo hizo después tal apóstol del cristianismo. Pablo, durante su ministerio, se refería continuamente a su propia salvación, como garantía de que nadie puede estar tan lejos de Cristo que, con el arrepentimiento y la fe, no sea salvo.

"Los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio". Diríamos que los hombres alejados de sus hogares por la persecusión estarían tan asustados que no pensarían en predicar, sino que solo intentarían esconderse de quienes buscaban matarlos. Pero estos hombres no intentaron esconderse. Tenían la paz de Dios en sus corazones, aun en medio de todos los peligros. Su celo por Cristo se hacía más intenso cuanto más sufrían por Él. Recordamos aquel versículo maravilloso del Salmo Veintitrés, que nos habla de Dios preparando una mesa para su pueblo en presencia de sus enemigos. No temían hablar del evangelio que tanto les había costado. Fueron obligados a salir de Jerusalén, pero sus voces no fueron silenciadas. Habían sufrido por causa de Cristo, pero no iban a renunciar a Cristo. La vida de Cristo en un verdadero cristiano no puede ser extinguida ni reprimida. Es como una fuente burbujeante, que fluye por todas partes. Debiéramos estar tan llenos de amor por nuestro Salvador que en la escuela, en el trabajo, en el juego, en la quietud de nuestro propio hogar y dondequiera que vayamos, nuestros rostros resplandezcan con el brillo de la paz que habita en nosotros, y el amor de Cristo encuentre expresión en nuestras palabras.

Llegamos ahora a un punto importante en la historia del desarrollo del cristianismo. Hasta que comenzó la persecución, no se había hecho ningún esfuerzo por llevar el evangelio al mundo. Pero la dispersión de los discípulos se convirtió en un gran movimiento misionero. Felipe fue uno de los siete hombres elegidos para asistir a los apóstoles. Llegó a ser un gran predicador y tuvo un lugar importante en la proclamación del evangelio al mundo.

"Y Felipe descendió a la ciudad de Samaria, y les anunciaba a Cristo". Felipe fue una de las brasas del fuego santo que los vientos de la persecución esparcieron. El fuego, sin embargo, no fue apagado por los vientos, sino que solo fue avivado en llamas más intensas y con mayor brillo. Los enemigos de Cristo pensaron apagar el fuego de Pentecostés, pero solo lo esparcieron mucho más ampliamente. Felipe consideró la desgracia, como los hombres habrían llamado a una providencia. Acaso había escuchado la palabra de Jesús, que decía a los discípulos: "Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra". Debían huir, pero no cesar su obra. Cuando Felipe ya no pudo predicar más en Jerusalén, fue y predicó en Samaria. Tenía una religión que podía viajar y no perder su energía ni su fuerza. Debemos aprender la lección de que, dondequiera que las circunstancias nos envíen, debemos continuar nuestra obra para Cristo. La sierva cautiva en Siria aún testificaba entre los paganos por el Dios de su tierra, y los jóvenes cautivos en Babilonia no olvidaron su religión.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Disciples Dispersed

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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