¡Cuán inciertas son nuestras mejor fundadas expectativas en las cosas creadas! Nada parece más seguro; el tiempo cuando, el lugar donde y la manera cómo los designios habrían de ejecutarse, fijados por el acuerdo y concurrencia de todos los interesados. Y, sin embargo, en el desenlace, ¡nada más incierto! ¡Oh, irresistible Providencia! ¡Cómo te ríes de la necedad del hombre, cuyo ojo ciego no ve nada que cambie el rostro de las cosas, hasta que por una resolución inesperada y una severa disciplina se le hace conocer su falibilidad y su ceguera! ¡Oh, necio corazón del hombre, aficionado en exceso a esto o aquello! Ves el principio de un asunto, pero no el fin; contemplas la rueda exterior de la providencia, pero no consideras que hay una rueda interior, aun una rueda en medio de una rueda, que produce escenas antes no observadas, escenas que la sabiduría finita jamás podría inventar.
Acaso la presente decepción, aunque grande e inesperada, es bondadosa, si con paciencia esperara y viera el resultado. Y, fuera de toda duda, es justa; «pues ¿no hará el Juez justo de toda la tierra lo que es recto?»
Pero ¿es mi decepción en las cosas más trascendentales, o solo en asuntos de menor importancia? ¿He recibido un mensaje de la corte del Cielo que diga que no hay salvación para mí allí, ni misericordia en el trono, ni paz que esperar de aquel que se sienta en él? ¡No, no! Entonces, ¿qué me aflige? La felicidad eterna asegurada es un noble panacea y un antídoto suficiente contra las más graves decepciones y desgracias de este mundo engañoso. Un adulador sin fe, un amigo que falta a su palabra, una promesa violada, una multitud de maldicientes, una triste decepción, una pérdida mundana, una empresa frustrada, una vana expectativa, una esperanza defraudada, ¿qué importan todo esto en comparación con los intereses eternos de mi alma inmortal? Pero si estas aflicciones me hacen miserable, ¿me haré aún más miserable manejando los carbones que me queman y leyendo una y otra vez el registro de mis desgracias, que serán olvidadas en la eternidad? ¿Cómo, pues, anticiparé la felicidad del mundo venidero, sino olvidando mis miserias en el triunfo de la fe?
Además, todos estos muchos giros y estupendos meandros de mi vida están escuadrados por la línea recta del decreto de Dios, en quien nada es torcido. Los aparentes huecos de mi suerte no son sino el cumplimiento del designio del Cielo acerca de mí, y mis repetidas decepciones son solo la realización del sabio consejo de Dios.
Por lo demás, ¿quién puede decir lo que el Cielo tiene reservado para mí? Es bueno esperar en Dios y esperar el bien de su mano. «¡Ah!», dice la incredulidad, «nada bueno aparece por ahora.» ¡Calla! monstruo ateo, ¿limitarás la Omnipotencia, o alegarás que la sabiduría infinita está confundida y que el Poder Todopoderoso no es capaz de realizar lo que desea? Aún veré su bondad tan grande como mi fe, y su misericordia medir con mis más amplias expectativas. Nunca obtenga el deseo de mi corazón, sino solo en cuanto sea compatible con la bendición de Dios; ni la petición de mis labios, sino solo en cuanto sea conforme a su buena voluntad.
Es, en verdad, consuelo para mí que ninguna vista siniestra se fije con horror en mi rostro, cuando tantos pensamientos encontrados atraviesan mi sufrido corazón. Si mi pecado es pecado de ignorancia, perdóname, y muéstrame por qué contiendes conmigo. Pero quizá mi corazón estaba demasiado puesto en mi deseo favorito, que, aunque lícito en sí, podría por exceso volverse ilícito. Así Esopo abrazó a su hijo hasta matarlo, por excesivo cariño. ¡Guárdeme, pues, dentro de los debidos límites de estimación todo lo que está abajo, y asa todos los bienes terrenales con mano floja, para que, cuando me sean arrebatados, no atormenten mi corazón!
Pero ¿por qué te inquietas, alma mía? ¿Por qué aún intranquila? Recuerda tu vida pasada, ponla delante de ti, y observa, si puedes, cuándo tuviste razón para quejarte del trato del Cielo contigo. ¿No han resultado al fin para bien las cosas que en su primera aparición parecían adversas y dolorosas? Di, al repasar el todo, di, si te atreves, ¡si Dios te trató alguna vez mal! ¡No! ¡Cada providencia probará lo contrario! ¡Cada misericordia lo afirmará! Sí, cada cambio de vida, cada torcedura de tu suerte lo sellará.
Pero, siendo esto obra tuya, oh Dios, efecto de tu voluntad siempre justa y sabia, no solo debo callar, sino gozarme en tu trato soberano; y alegrarme de lo que has hecho por mí, y maravillarme de que te ocupes tanto de mí como para frustrar mis ignorantes designios, esquemas, planes y empresas. Por tanto, te bendigo por todo lo que me sobreviene. Si he tenido planes pecaminosos, pido perdón por el meritorio nombre de Cristo.
Ahora descanso, y estoy sosegado, y calmadamente espero en ti, resignado a la determinación del Cielo en todo lo que me concierne en el tiempo, hasta que llegue a aquella patria mejor, a aquel estado perfecto, donde no hay decepción ni dolor.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: DISAPPOINTMENTS
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.