Pero por lo común, cuando un hombre llega al período de los setenta años, todas estas cosas quedan en el pasado. Sus propósitos se han formado y se han concluido.
Si ve nuevos planes y propósitos que le parezcan deseables o importantes de ejecutar, si hay nuevos campos de honor, riqueza, ciencia, ambición o benevolencia, no son para él; son para una generación más joven y más vigorosa. Es cierto que este sentimiento puede sobrevenir a un hombre en cualquier momento de la vida. En medio de su camino, en el exitoso desempeño de los propósitos más brillantes, en el ardor y la vehemencia de los planes más atractivos, puede posarse sobre él la mano de la enfermedad o de la muerte, y hacerle sentir que todos sus planes se han acabado; pensamiento tanto más difícil de soportar cuanto no ha sido preparado para él por el gradual blanquear de sus cabellos y las flaquezas de la vejez.
Ezequías, rey de Israel, expresó los sentimientos de tal hombre cuando, en el vigor de sus años y en medio de sus designios, fue herido de súbito por la enfermedad y llevado, al parecer, al borde del sepulcro. «En lo mejor de mi vida, ¿he de entrar ahora en la morada de los muertos? ¿Se me ha de arrebatar el resto de mis años? Mi vida ha sido arrancada como la tienda del pastor en la tormenta. Ha sido cortada, como cuando el tejedor corta la tela del telar. De repente, mi vida terminó. Mas ¿qué podía yo decir? Pues Él mismo envió esta enfermedad. Ahora andaré humildemente todos mis años a causa de esta angustia que he sentido. Porque los muertos no pueden alabarte; no pueden levantar sus voces en alabanza». (Isaías 38:10-18).
Algunas observaciones pueden ilustrar este punto.
(1.) Fue una gran empresa así formar el mundo y así dotar al hombre como para asegurar la actividad de la raza; y hay dos grandes leyes por las que esa actividad se asegura. La una es que, en cada generación y en todas, hay bastante para que todos los hombres hagan. La otra es que, en todo momento, hay talento bastante para realizar cuanto es necesario hacer.
En las numerosas y variadas profesiones y vocaciones de la vida, en la agricultura, el comercio, las artes mecánicas, las bellas artes, en los estudios de la literatura y la ciencia, en la educación de los jóvenes, en la necesaria asistencia a los enfermos y el cuidado de los débiles y los desvalidos, en la extracción de minerales y metales preciosos de la tierra, en el derribo de bosques y en la construcción de caminos, puentes y canales, en las obras de arquitectura, construcción naval y máquinas para el trabajo, en la navegación de ríos y océanos, siempre hay bastante para que haga una generación cualquiera, tanto que hacer que ninguno necesita estar ocioso ni inactivo.
Al mismo tiempo, siempre hay en la tierra talento suficiente para realizar lo que es necesario hacer. Si, además de las ocupaciones habituales de los hombres, surge alguna gran emergencia, si la sociedad ha llegado a un punto en que deba ser elevada a un nivel superior y las medidas ordinarias del talento humano no están a la altura de la emergencia, entonces se trae a la escena un talento mayor, adaptado a la emergencia, y los asuntos del mundo se elevan a ese nivel superior y avanzan en él hasta que surge otra emergencia semejante. Colón, Galvani, Galileo, Newton, Watt, Fulton, Morse aparecen al tiempo oportuno; pues Dios crea grandes intelectos cuando le place, y los trae al mundo para llevar adelante sus propios grandes planes cuando el mundo está maduro para ellos. Ninguna empresa fracasa por falta de talento; ningún talento creado necesita estar ocioso por falta de ocupación.
(2.) Dentro de un margen limitado, los hombres están tan dotados que pueden acaso tener éxito casi igual en una, dos, tres o cuatro profesiones o vocaciones. Va implícito en esto que ese margen no es amplio. Un hombre puede ser labrador, o mecánico, o mercader, o marinero, y posiblemente podría triunfar en cualquiera de estas vocaciones. Puede, pues, elegir entre ellas, o puede, en medida limitada, pasar de una a otra. Es decir, si no tiene éxito en una, puede hallarlo en otra, o si alguna emergencia particular en los asuntos del mundo hace necesario un número adicional en una ocupación, esa emergencia puede ser atendida mediante esta adaptabilidad a empleos diversos, este juego, este margen de libre acción, en los engranajes por los que se mueven los asuntos del mundo.
Pero nadie puede tener éxito igual en todos los empleos de la vida. Un hombre debe, como ley general, ser labrador, o mecánico, o mercader, o marinero, o profesional; debe ser jurista, o médico, o clérigo; debe ser poeta, u orador, o hombre de ciencia; no puede serlo todo. Ha habido pocos hombres de talento tan diverso que hayan logrado, en cada uno de tres o cuatro departamentos de la ciencia, lo que los habría hecho eminentes si se hubieran distinguido igualmente en uno solo; pero tales hombres han sido raros en el mundo.
Era necesario, para asegurar el cumplimiento de los grandes propósitos de la sociedad, que hubiera este juego en las dotes del hombre; que se dispusiera de modo que el éxito pudiera asegurarse en cualquier empleo dentro de este margen limitado; que hubiera, en cierta medida, lugar para la elección de una profesión; que hubiera talento bastante en la tierra en cada momento para realizar todos los propósitos de la sociedad, y que fuera cierto que todas esas variadas vocaciones y profesiones habrían de cubrirse.
(3.) Cabe además observar que los hombres están tan dotados con inclinaciones hacia una vocación particular, o con tal propensión hacia una vocación particular, que se hace cierto que lo que necesita hacerse se hará. Este gran asunto no se ha dejado al azar. Dios ha querido que todas estas profesiones y vocaciones se cubrieran, y por eso hizo cierto, en la propia constitución del hombre y en los arreglos de la sociedad, que ese propósito se cumpliera. De ahí que siempre haya quienes estén dispuestos a cultivar la tierra, a ejercer las artes mecánicas, a navegar ríos, lagos y océanos, a abrir canales, a explorar regiones desconocidas, a ser pioneros en extender los límites de la civilización, a realizar operaciones quirúrgicas, a trabajar en hospitales para ciegos, mudos y dementes, a ministrar las necesidades de los enfermos y los moribundos; y aun a dedicarse a los empleos más humildes y serviles. Ninguna profesión o vocación languidece porque no haya quien quiera dedicarse a ella; ningún interés de la sociedad sufre porque el trabajo sea demasiado laborioso, o demasiado peligroso, o demasiado humilde, o demasiado penoso para realizarlo.
Como ilustración de este pensamiento, puedo referirme a la necesidad de que haya marineros en el mundo. Hay pocos padres, si hay alguno, que deseen que sus hijos sean hombres de mar; hay pocos que de hecho no se opongan cuando sus hijos manifiestan preferencia por la ocupación del marinero. Sin embargo, la navegación del océano, el comercio entre las naciones por mar, las empresas del comercio, son indispensables para el progreso de la raza y el bien de la humanidad. Dios dispone que haya, en todas las épocas, personas en gran número dispuestas a pasar su vida en el océano. De ahí que haya entre los jóvenes, en cada generación, número suficiente que manifiesta temprana propensión a la vida del marino; y de ahí también que, cuando esta idea se apodera de la mente de un muchacho, nada ordinariamente lo aparta de su propósito. Ninguna promesa de comodidad o de negocio más lucrativo en tierra, ningún atractivo del hogar, ningún amor de los amigos, ninguna perspectiva de honor o de abundancia en otra vocación lo apartará de su propósito ni arrojará el pensamiento de su mente. Dios así, en el cumplimiento de sus propios propósitos, asegura lo que de otro modo no podría asegurarse, poniendo este propósito y este deseo en las mentes de tantos de cada generación cuantos sean necesarios para navegar los mares y mantener el comercio del mundo.
(4.) Conforme a estos principios, un hombre puede, dentro de un margen muy limitado, cambiar de profesión. Si no tiene éxito en la vocación que ha elegido, si encuentra que la profesión está ya cubierta, si descubre que no es apto para ella y no es capaz de triunfar, puede, en los primeros años de la vida y dentro de un margen limitado, cambiarla por otra, y dentro de ese margen hallar aún abierta una puerta de utilidad o de honor.
El joven labrador puede convertirse en mercader o estudiante; el que se ha formado en las artes mecánicas puede ingresar en una de las profesiones liberales; o el que, por sus primeras circunstancias o por el propósito de sus padres, estaba destinado a una ocupación humilde, puede elevarse a los más altos caminos de la vida y hacer conocido su nombre en su tierra o en tierras extranjeras. Pero nadie puede aventurarse con seguridad a menudo en tal cambio. Un cambio tal puede no arriesgar nada; quizá un segundo no pusiera en peligro los grandes fines de la vida; pero más allá de esto nadie está seguro. La vida es demasiado corta para hacer muchos experimentos de esta clase; y más allá de lo ahora sugerido, la vida se volvería vacilante y pasaría sin propósito fijo, y al final el hombre no habría logrado nada.
(5.) Para quien, sin embargo, ha llegado al período de setenta años, tal cambio no suele ser posible; no hay tal nuevo plan que emprender. El propósito de la vida está cumplido; los cambios se han recorrido todos. No hay nueva profesión que elegir; no hay nuevos planes que formar; no hay nueva distinción que adquirir; no hay nuevos libros que escribir, no hay nuevas casas que construir, no hay nuevos campos que cultivar, no hay nuevos bosques que derribar, no hay nuevas obras de arte que emprender.
Por penoso que sea el pensamiento, los caminos laborales de la vida no tienen lugar para el anciano; no hay lugar para él en los círculos sociales del jolgorio, en la vocación mercantil, en el foro, en la profesión médica, en el púlpito, en el tribunal, en el senado, en las embajadas a cortes extranjeras. La distinción y los honores ya no se repartirán entre él y sus competidores; y la riqueza acumulada del mundo ya no será materia de sociedad entre él y otros.
Sin plan ya, salvo en cuanto al mundo venidero; habiendo caído por el camino sus antiguos compañeros, rivales y amigos. Las actividades de la vida y los cargos de confianza y honor están ahora en otras manos; el mundo ocupado, sin cuidarse de su ayuda y sin esperar nada de él, es ahora suyo (salvo en cuanto le hayan sido preservados los amigos de los primeros años, o en cuanto se haya ganado el respeto de la nueva generación que entra en la escena, o en cuanto pueda hacer bien con madura sabiduría en el consejo, o con la distribución de la riqueza atesorada en otros años, o con un ejemplo de mansedumbre, dulzura y paciencia en medio de las flaquezas de la edad, mostrando la influencia de la verdadera religión y la dicha de la esperanza mientras camina tembloroso al borde del sepulcro) recorrer su sendero solitario, ya más que medio olvidado, hacia la tumba. Ha tenido su día, y el mundo nada más tiene que darle ni que esperar de él.
La mayoría de los hombres en vida activa miran adelante, con tierna anticipación, a un tiempo en que los cuidados de la vida habrán acabado y en que quedarán libres de sus responsabilidades y cargas; si no con deseo absoluto de que tal tiempo llegue, sí con el sentimiento de que será un alivio cuando llegue. Mucha hora de ansiedad en el despacho, mucha hora de trabajo en el taller o en el campo, mucha hora de cansancio en el tribunal, muchas hora agobiada en los altos oficios del Estado, y mucha hora de agotamiento y solicitud en la vida profesional se alivian así con la perspectiva del reposo, del reposo absoluto, de la entera libertad de responsabilidad.
¿Qué mercader y profesional, qué estadista, no mira adelante a tal tiempo de reposo y anticipa una temporada, quizá larga, de calma tranquilidad antes de que la vida acabe? Y cuando el tiempo se acerca, aunque la esperanza muchas veces resulte falaz, su llegada no es desagradable. Diocleciano y Carlos V descendieron de sus tronos para buscar reposo, el uno en la vida privada, el otro en un claustro. Así también el juez anciano, el mercader o el pastor, acoge el momento en que siente que la carga que largo tiempo ha llevado puede confiarse a hombres más jóvenes.
Fuente y atribución
Autor original: Albert Barnes
Título original: Life at Three-score and Ten — parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Albert Barnes, publicado originalmente en Grace Gems.