Ningún ministro debería sorprenderse cuando las personas se ofenden por sus sermones, viendo que algunos quedaron tan disgustados con este discurso del bendito Jesús, que ya no andaban más con él. ¿Cuál era la doctrina que causaba ofensa? Era esta: «Nadie puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.» Esta verdad hiere el orgullo del hombre. Le muestra que no puede arrepentirse cuando quiere, ni volverse a Dios a su propio tiempo. Los pecadores orgullosos no gustan de descubrir que dependen tan completamente de la misericordia de Dios. ¿Y no dependemos acaso de Dios para todo? Para la vida, para el alimento, para el vestido, para la salud, para la felicidad terrenal? Sin duda, pues, de Dios debemos depender también para la vida eterna y la bienaventuranza celestial. ¡Feliz dependencia! pues ¿no ha prometido Dios dar estas bendiciones a todos los que se las pidan?
¡Grande fue la necedad de los discípulos que abandonaron las instrucciones de la sabiduría infinita! ¿Podría el compasivo Jesús contemplar su conducta sin sentir dolor por ellos? Miró al pequeño rebaño que permanecía fiel, y les dirigió este tierno llamamiento: «¿También vosotros queréis iros?» Bien podemos imaginar que fue con un tono de afecto paternal como se pronunciaron estas palabras. Llegaron al corazón del franco y generoso Pedro, y arrancaron de él (en nombre de los demás así como del suyo) esta solemne declaración: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y estamos seguros de que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» Las cálidas expresiones de amor y fidelidad de Pedro fueron aceptables a su divino Maestro. Aunque el mundo pueda burlarse de las profesiones de afecto a Cristo, jamás fueron reprendidas por el Señor mismo.
No había insinceridad en las seguridades de Pedro, pero había en su corazón más debilidad de la que él sospechaba. Aún no había sobrevenido ninguna tentación que lo indujera a abandonar a su Salvador; pero Jesús sabía bien que llegaría el día en que toda aquella pequeña compañía lo dejaría en manos de sus enemigos. Las doctrinas que él había declarado no los habían ofendido, pero los sufrimientos que él debía padecer—estos serían su piedra de tropiezo. Pedro, que más recio se pronunciaba en sus profesiones de afecto, no solo abandonaría, sino que también negaría a su Maestro. ¿Podría él haber previsto en aquel momento su vil conducta en el salón del juicio, habría añadido peticiones a sus profesiones. En las Epístolas que escribió muchos años después, habla de los santos como «guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.» Comprobó a su costa que no podía sostenerse por su propio poder. En la misma epístola advierte a los creyentes contra el enemigo que casi lo destruyó, y dice: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar.»
¿Arden nuestros corazones en este momento con agradecido afecto hacia nuestro Salvador? ¿Estamos dispuestos a exclamar: «¿A quién iremos, si lo abandonamos? Ningún otro maestro puede mostrarnos el camino de la vida; ningún otro amigo puede consolarnos en la hora del dolor; ningún otro abogado puede abogar por nosotros en el día del juicio»? Recordemos, sin embargo, que este amor que juzgamos tan fuerte será probado. De qué manera lo será, no podemos preverlo. Los ardides de Satanás son innumerables. Él conoce nuestros caracteres, y sabe cómo atacarnos del modo más ventajoso. Ha logrado que santos eminentes abandonen por un tiempo a su Dios. Jerónimo de Praga, y nuestro Cranmer, así como el apóstol Pedro, fueron tentados a negar al Maestro que amaban; pero al fin los tres entregaron sus vidas por su causa; pues los hijos de Dios son reconducidos por la vara de su amado Pastor al redil de donde se habían extraviado.
Jesús sabía que todos sus amados apóstoles serían restaurados, excepto uno, que era «un diablo.» Judas se distinguía de sus hermanos por esta sombría marca: «indiferencia hacia su Señor.» Fue él quien objetó con tanto ahínco el memorable acto de amor de María, al derramar el precioso ungüento sobre la cabeza de su Salvador. Sin embargo, logró engañar tanto a sus compañeros apóstoles, que se le confió la bolsa que contenía todo lo poco que tenían. El amor y la estima que los cristianos profesos se profesan mutuamente, con frecuencia están muy equivocados. No deberíamos consolarnos con el pensamiento de que los mejores de los hombres nos aprueban, si nuestros corazones tienen conciencia de que no amamos al Salvador. Jesús es amado por todos los santos en la tierra, aun por los más débiles—es amado aún más por los santos en el cielo; ha sido amado siempre por las innumerables huestes de los ángeles gloriosos. ¿Por quién, pues, no es amado? Por los demonios en el infierno; y por algunos hombres ingratos, que, aunque saben que él murió por ellos, se niegan a amarlo.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. He asks the apostles whether they will go away
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.