Saúl había muerto. David estaba fuera del país cuando se libró la batalla fatal en el monte Gilboa. En efecto, estaba con los filisteos cuando estos se preparaban para la batalla. Había estado viviendo en su tierra como un lugar de refugio frente a Saúl, y cuando los filisteos se congregaron en Afec, David parecía tener la intención de ir con ellos a combatir contra su propio pueblo. Pero algunos de los príncipes de los filisteos objetaron la presencia de David y de sus hombres en su ejército, desconfiando de ellos, no fuera que resultaran adversarios el día de la batalla. El rey se disculpó con David por no permitirle quedarse a sumarse a la contienda, y luego lo despidió.
Apenas podemos comprender cómo David podría, en cualquier caso, haber ido con los filisteos a la guerra contra su propio pueblo. Ciertamente fue conveniente que no fuera, si consideramos los resultados de la batalla. Pareció haber también una providencia en su regreso a Siclag, pues llegó justamente a tiempo para acudir al rescate de su familia, que había sido llevada cautiva durante su ausencia.
David se enteró de la muerte de Saúl por medio de un amalecita desconocido, que llegó a él con las vestiduras rasgadas. La historia que el amalecita contó acerca de su propia participación en la tragedia de la muerte de Saúl parece haber sido inventada con el propósito de ganarse el favor de David. Vagando por el campo de batalla, había encontrado el cadáver de Saúl y le había quitado sus ornamentos. Con ellos se apresuró a llegar ante David, e inventó su historia ficticia con la esperanza de asegurar una recompensa adicional por haber librado con su propia mano a David de su enemigo más encarnizado y haber removido el obstáculo que se interponía entre él y el trono. Pero se había equivocado gravemente en su apreciación de David. David pudo haber creído o no la historia del hombre, pero tomó su palabra y descargó sobre él al instante la pena de su impío crimen.
La lamentación de David por Saúl y Jonatán está llena de tiernas palabras. No se encuentra en ella ni un soplo de amargura contra Saúl, y el amor de David por Jonatán está hermosamente expresado. El dean Stanley dice de esta elegía: «Es innecesario detenerse en la belleza poética, la lealtad caballerosa, el tierno amor que caracterizan esta, la más patética de las odas fúnebres. Saúl había caído con todos sus pecados sobre su cabeza, caído en la amargura de la desesperación, y, como podría haber parecido a los ojos humanos, bajo la sombra de la maldición de Dios. Pero no solo no hay en el lamento de David ningún sentimiento de venganza ante la muerte de su perseguidor, sino que se detiene con amor puro en los recuerdos más luminosos del difunto. Habla solamente del Saúl de los tiempos primeros, el conquistador poderoso, el deleite de su pueblo, el padre de su amado y fiel amigo; semejante a él en la vida, unido a él en la muerte. Tales expresiones pueden considerarse con justicia como una justificación del irreprimible instinto de la humanidad que nos compele a detenernos en las mejores cualidades de quienes acaban de partir».
Durante muchos años David había estado esperando llegar a ser rey. Había esperado con gran paciencia y no había hecho ningún esfuerzo por apresurar la providencia de Dios. Ahora Saúl estaba muerto, y David sabía que el reino sería suyo. Aun así muestra el espíritu más obediente y paciente, sin dar ni un solo paso hasta haber consultado a Dios acerca de su deber. Aquí recibimos una buena lección. Siempre deberíamos esperar a Dios, sin apresurar jamás sus providencias. Deberíamos pedir dirección de manera continua, sin emprender ningún camino hasta haber buscado la dirección divina. Hay una palabra de la Biblia que nos aconseja reconocer al Señor en todos nuestros caminos, prometiendo que, si hacemos esto, Él dirigirá nuestras sendas. Deberíamos movernos reverentemente por este mundo, orando sin cesar: «Muéstrame el camino». Aun en los asuntos más pequeños deberíamos procurar conocer la voluntad de Dios, y entonces estaremos seguros de la bendición.
El Señor mandó a David que subiera a Judá, y con su familia se fue a Hebrón. «Y vinieron los de Judá, y allí ungieron a David por rey sobre la casa de Judá». Hace falta mucho tiempo para formar a un buen hombre. Es interesante pensar en la formación de los hombres para puestos importantes. La formación de Pedro, de Juan o de Pablo ocupó mucho tiempo, y el proceso no fue en modo alguno fácil. Es especialmente interesante, en este sentido, pensar en la formación de David. Dios tardó mucho en prepararlo para ser rey. Fue ungido por Samuel y así apartado para su oficio cuando solo era un muchacho pastor. Entonces no estaba capacitado para ser rey. Sabía algo sobre el cuidado de las ovejas, pero nada sobre el gobierno de los hombres. Era necesario que fuera entrenado. Pronto llegó el desafío de Goliat, cuando David mostró su habilidad y su valor. Luego fue llevado a la corte de Saúl, donde aprendió mucho acerca de los hombres y de los caminos de los reyes.
La amistad de Jonatán trajo una nueva experiencia a la vida de David, una experiencia que resultó sumamente enriquecedora. La envidia de Saúl pareció una cosa amarga y cruel que irrumpiera en una carrera tan dichosa como la de David. Pareció retrocederlo en su preparación y bloquear su camino hacia el éxito. Pero sin duda también esto tuvo su lugar en su formación. Le enseñó muchas lecciones. Aprendió de ella paciencia para soportar el agravio y la injusticia. Aprendió dominio propio, una de las lecciones más importantes que alguien pueda aprender, pues si uno no puede controlar su propio espíritu, no puede ser un guía de hombres ni puede jamás sacar el mayor provecho de su propia vida. La amarga enemistad de Saúl alejó a David del lujo y del refinamiento, adonde sus experiencias fueron rudas y duras. Se escondió en cuevas y en los montes. Aprendió cómo vivía la gente común, y se le enseñó la simpatía por los hombres en sus penalidades y pruebas. Sin duda David fue un rey mejor después, a causa de sus largos años de persecución y destierro. Aprendió también el arte de la guerra mediante sus experiencias durante aquel periodo turbulento. Viviendo constantemente en peligro, fue entrenado en la vigilancia y la alerta. Se volvió sabio y hábil también en el trato con los hombres, y quedó así capacitado para el puesto que después ocuparía como rey de una gran nación. En todo esto y en otras maneras, David fue formado y preparado para sus deberes como rey. Entonces, por fin, Dios lo llamó al trono.
No debemos extrañarnos si somos llamados a soportar pruebas, decepciones, dificultades, tentaciones y sufrimientos en nuestros primeros años, pues es de esta manera como Dios nos formaría para un carácter noble y para un servicio abundante. La vida que es toda facilidad y lujo, sin dureza, sin tensión ni lucha, sin prueba de resistencia, sin agravio ni injusticia, puede ser la más placentera, pero no está siendo formada de la manera más eficaz para un servicio benéfico.
Una obra de heroísmo y lealtad conmueve al pueblo hacia la admiración patriótica allí donde se realice. Evidentemente el pueblo estaba orgulloso de lo que habían hecho los hombres de Jabes-galaad. David no tardó en enterarse. «Le contaron a David, diciendo: Los hombres de Jabes-galaad sepultaron a Saúl». Ya hemos aprendido que cuando los filisteos encontraron los cuerpos de Saúl y de sus hijos en el campo de batalla del monte Gilboa, los llevaron consigo y los colgaron del muro de la ciudad de Bet-sán, exponiéndolos a la mirada pública. Esta era su manera de exultar por su victoria.
Jabes-galaad era una ciudad al este del Jordán, a la que Saúl había ayudado en cierta ocasión en medio de la aflicción, librándola de enemigos crueles. La gente recordaba esta antigua bondad, y ahora, al saber que los cuerpos del rey y de sus hijos estaban expuestos de manera tan inhumana, determinaron rescatarlos de semejante deshonor. En consecuencia, penetraron en las líneas enemigas, retiraron los cuerpos del muro, se los llevaron y los quemaron para salvarlos de ulteriores indignidades y deshonras, y sepultaron las cenizas bajo un árbol. Deberíamos mantener siempre vivo en nuestros corazones el recuerdo de las bondades, y nunca deberíamos fallar en la gratitud hacia quienes han hecho obras de amor por nosotros. Harían de este un mundo más dulce y más feliz, si todos los hombres recordaran siempre las bondades que han recibido de otros.
Cuando David se enteró de la bondad que el pueblo de Jabes-galaad había mostrado a los cuerpos de Saúl y de Jonatán, se alegró mucho. Así que envió mensajeros para decirles: «El Señor os bendiga por haber sido tan leales a vuestro rey y por haberle dado una sepultura digna». Esta alabanza al pueblo de Jabes-galaad reveló un espíritu noble en David. Debemos recordar cómo lo había tratado Saúl, procurando matarlo, cazándolo entre las colinas como si fuera una fiera, echándolo del país y obligándolo durante siete años a vivir como desterrado. Sin embargo, a lo largo de todos esos años, David nunca había mostrado resentimiento alguno hacia Saúl. Nunca había retaliado ni había procurado en manera alguna hacerle daño. Dos veces por lo menos había perdonado la vida del rey, negándose a herirlo cuando Saúl estuvo en su poder. A través de toda su amarga experiencia, el corazón de David permaneció manso, libre de resentimiento o amargura. Ahora, al enterarse del honor que el pueblo de Jabes-galaad había rendido al cadáver de Saúl, su corazón se regocijó, y estuvo profundamente agradecido, como si la bondad se le hubiera mostrado a su propio padre.
Todo esto es evidencia de un espíritu noble y magnánimo en David. Es precisamente el espíritu que Jesús, mil años más tarde, recomendó como aquel que pertenece al reino de los cielos. El problema de la verdadera vida es mantener el corazón siempre dulce, cualesquiera que sean las circunstancias y las experiencias de la vida. Todos necesitamos cultivar la generosidad y la grandeza de corazón. Nada revela una nobleza de carácter más fina que un espíritu semejante mostrado a quien en vida había sido un enemigo amargo e implacable. Sin embargo, no es natural soportar el agravio sin resentimiento, devolver amor por odio, bondad por desamor. Solo aquellos cuyos corazones están bajo la influencia de la gracia divina son capaces de tal amor.
«Y ahora que Saúl ha muerto, os pido que seáis mis súbditos fuertes y valientes como la gente de Judá, que me ha ungido como su nuevo rey». Así David aprovechó la oportunidad para decir una palabra de aliento a los hombres que se habían mostrado tan leales a su rey, exhortándolos también a continuar siendo valerosos y fuertes por su país. Ese fue un buen consejo para dar al pueblo de Jabes-galaad. Es un buen consejo para dar a los jóvenes de hoy, pues el valor es una de las más nobles cualidades de la verdadera masculinidad. Thomas Hughes lo señala como el primer elemento de un carácter viril. Tampoco necesitamos esperar la guerra para que se nos presenten oportunidades de ser valientes y corajudos. Hay un valor más alto que el que se muestra en hechos de arrojo en el campo de batalla. Hace falta valor para ser veraz en medio de las muchas tentaciones del mundo a ser falsos. Se requiere valor para hacer lo que es correcto cuando todos los que nos rodean hacen cosas que están mal.
Se requiere valor para confesar a Cristo ante el mundo. No es difícil levantarse en una congregación de cristianos y ser recibido en su número como miembro de la iglesia. Alrededor del joven confesor, entonces, están aquellos que están en plena sintonía con él: sus amigos y otros cristianos que lo aman y están listos para ayudarlo, alentarlo y sostenerlo en toda su vida. La prueba más difícil, sin embargo, de confesar a Cristo se da allá en el mundo, donde falta la simpatía, cuando por todas partes se encuentran quienes no se interesan por las cosas espirituales y con frecuencia son abiertamente hostiles a la religión que ellos representan.
Todos necesitamos que nuestras manos sean fortalecidas de manera continua, aun para la vida y el servicio comunes, y mucho más para el deber y la fidelidad frente a la oposición y la enemistad. Cuando falta el aliento humano, estamos seguros de que Dios estará a nuestro lado y fortalecerá nuestras manos con su propia fuerza. Estamos destinados a pelear las batallas del Señor. Tenemos victorias que ganar contra el mal, contra la injusticia. Hace falta valor para ser un hombre verdadero, una mujer verdadera, en este mundo. Pero Dios nos ayudará si confiamos en Él y nos apoyamos en Él en toda nuestra debilidad y necesidad.
David no encontró un camino sin obstáculos hacia el trono. Saúl estaba muerto, pero había quienes no estaban dispuestos a que su dinastía pereciera con él. Abner era el capitán del ejército de Saúl y, además, era pariente del rey. Después de la batalla fatal en el monte Gilboa, Abner tomó a Is-boset y, bajo poder militar, lo hizo sucesor de Saúl. «Mientras tanto, Abner hijo de Ner, comandante del ejército de Saúl, había tomado a Is-boset hijo de Saúl y lo había llevado a Mahanaim. Lo hizo rey sobre Galaad, los asureos y Jezreel, y también sobre Efraín, Benjamín y todo Israel». En cierto sentido, la corona pertenecía a Is-boset. Era el heredero natural al trono. Si Saúl hubiera sido un buen rey, el trono habría continuado en la familia. Así vemos cómo Saül perjudicó a sus propios hijos con su infidelidad a Dios.
Cada padre tiene una gran responsabilidad por el bien, el éxito y el honor de sus hijos. Debería transmitirles los privilegios y las bendiciones que él mismo ha disfrutado. Si no lo hace, ha pecado contra ellos. No era el plan de Dios que Is-boset fuera rey, pues, a causa de la desobediencia de Saúl, el reino le fue quitado y entregado a David. Fue la ambición de Abner, el general del ejército de Saúl, la que procuró la exaltación de Is-boset contra la voluntad divina. Estaba luchando contra Dios al intentar perpetuar la casa de Saúl.
El verdadero Rey en este mundo, el único que gobierna por derecho divino, es Jesucristo. Todos los que rechazan su señorío están en rebelión contra Dios. Todos los que tratan de poner a cualquier otro por encima de Cristo están resistiendo el gobierno y la soberanía divinos. ¡Debemos inclinarnos ante el Mesías y reconocerlo como nuestro Maestro y nuestro Señor!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: David Becomes King
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.