Los cristianos, cuando están encerrados en las profundidades de las aflicciones, «cuando son puestos en oscuros lugares como los muertos, cuando están cercados de modo que no pueden salir», tienen sus ojos puestos solo en Dios, que puede sacarlos del pozo horrible, del lodo cenagoso. Entonces sus pensamientos ascienden al cielo, y el cielo resplandece en sus almas, mientras el mundo, con todas sus deslumbrantes vanidades que hieren el ojo carnal, queda cercenado por todas partes. Se abre una comunicación entre Dios y el alma: «A este miraré, al que es humilde y de espíritu quebrantado», un espíritu quebrantado por la aflicción; sí, con tales morará, para vivificar los corazones de los quebrantados.
Además, en la oscura noche de la adversidad se contemplan bellezas que jamás se vieron en el pleno día de la prosperidad. Manasés, durante todo el tiempo que reinó en Judá, aunque era tierra de luz, nunca conoció a Dios hasta que fue llevado entre espinas, atado con grillos y conducido a Babilonia, donde oró, fue oído, perdonado y liberado; «y entonces conoció Manasés que Jehová era Dios.» Así, en las profundidades de la aflicción, aprendió máximas más sublimes y de mayor consecuencia de las que pudo alcanzar cuando estaba sentado en un trono. ¡Oh, deseable aflicción!, que descubre y magnifica las excelencias celestiales y disminuye las vanidades terrenales.
Cuando mucho del mundo entra en la mente, entonces poco de Dios hay en ella; pues «si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él»; pero cuando poco del mundo, entonces mucho de Dios. La aflicción es también tiempo de soledad, pues el hombre se sienta solo; pero Dios establece al solitario en una familia, en la familia del cielo, y lo consuela con sus propios hijos. En ningún lugar mejor que en la profunda hondura de la aflicción ve el heredero de la gloria venidera el amor, la bondad, la misericordia y la sabiduría de Dios; la excelencia de la verdadera religión, la hermosura de las cosas divinas, el peligro de la prosperidad, el engaño de las riquezas, la vanidad de lo creado y la felicidad del mundo venidero.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: From the depths of afflictions we see stupendous things
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.