«Así que debes reconocer que así como un padre disciplina a su hijo, el Señor tu Dios te disciplina para ayudarte.» Deut. 8:5
Puedo decir con sinceridad que de todo cuanto he gustado jamás en este mundo de la misericordia de Dios (y mi camino ha estado notablemente sembrado de bondad divina), me siento más agradecido con Dios por el dolor corporal que he sufrido, y por todas las pruebas de diversa índole que he soportado, que por cualquier otra cosa.
Estoy seguro de que he derivado más beneficio real, y fuerza permanente, y crecimiento en la gracia, y toda cosa preciosa, del horno de la aflicción, de lo que jamás he derivado de la prosperidad.
No sé cómo expresar del todo mi pensamiento, pero aun la depresión del espíritu y la profunda tristeza encierran un encanto peculiar, que la risa en vano intenta emular.
¡Bueno me es haber sido afligido!
Reflexiona y considera cuánta gratitud le debes a Dios por su vara de castigo. Detente mucho en tu corazón en lo que Dios evidentemente considera como una de sus bendiciones distintivas. No pases por alto a la ligera lo que Dios quiere que consideres. Cuenta la cruz y la vara como doblemente dignas de tu más profundo pensamiento.
«Escucha la vara y al que la ha designado.»
Recuerda que siempre que eres castigado, no eres castigado como un amo de esclavos golpea a su víctima, ni como un juez ordena que el criminal sea azotado; sino como un hombre disciplina a su hijo, así eres tú castigado.
Tu castigo es una señal de filialidad, es una muestra de amor. Está destinado a tu bien.
Acepta, pues, en espíritu de filialidad, y «No desprecies el castigo del Señor, ni te desmayes cuando seas corregido por Él.»
¡Es el Señor tu Dios quien te castiga!
¡Si Él no fuera tu Dios, podría dejarte solo!
¡Si no te hubiera escogido para ser suyo, no cuidaría tanto de ti!
¡Si no se hubiera entregado para ser tu tesoro, no sería tan diligente en desarraigarte de todo otro tesoro!
Pero porque eres suyo, apartará tu amor de este pobre mundo.
Quizás quite de ti a un hijo tras otro, para que todo el amor que se derramaba sobre los hijos fluya hacia Él mismo.
Quizás te deje viuda, para que el amor que corría por el cauce de un esposo corra del todo hacia Él mismo.
Quizás quite tus riquezas, para que el consuelo que derivabas de ellas provenga del todo de Él.
Quizás te hiera, y luego te recline sobre su propio seno, débil e indefenso, para que derives una fuerza y un gozo de la comunión cercana e íntima con Él, que jamás habrías tenido, si no hubiera sido porque esos otros goces te fueron quitados.
¡Bendice a Dios por tus castigos!
Que la nota más dulce de tu música sea para Aquel que, como padre amoroso, castiga a sus hijos para su bien.
«Así que debes reconocer que así como un padre disciplina a su hijo, el Señor tu Dios te disciplina para ayudarte.» Deut. 8:5
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: Perhaps He will smite you!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.