A veces olvidamos que Dios tenga algo que ver con los pequeños acontecimientos de nuestra vida cotidiana. Los hombres parecen vivir una vida propia, sin referencia a Dios, sin recibir su influencia, sin recibir ayuda de él. No son conscientes de Dios. Continúan desarrollando sus propios planes, siguiendo su propio juicio, decidiendo las cuestiones por sí mismos, y rara vez parecen advertir que haya alguna intervención divina en sus vidas. Sin embargo, nada es más cierto que Dios actúa siempre en nuestras vidas, en cada vida, en los asuntos más pequeños de cada vida. Puede que no nos hable audiblemente diciéndonos qué hacer. Puede que no parezca intervenir en nuestros planes, dejándolos de lado cuando no son sabios ni buenos. Con todo, nos guía al tomar nuestras elecciones y decisiones, y luego coopera con nosotros al llevarlas a cabo, influyéndonos a menudo sin que lo sepamos.
Decidimos emprender un viaje, siguiendo una ruta determinada; entonces Dios nos guía de tal modo que nuestra ruta cambia y somos llevados por otro camino. Acaso en nuestro viaje encontremos a alguien que nos necesita, y le hagamos alguna bondad, y toda la vida para nosotros o para él sea diferente desde entonces. Toda la vida está llena de Dios. Las enseñanzas de Cristo lo dejan muy claro. Nos dice que nuestro Padre celestial alimenta a las aves. Dos gorriones, dice, se venden por una moneda, son de tan poco valor, y sin embargo Dios no olvida ni siquiera a uno de ellos. «Vosotros valéis más que muchos gorriones», y por tanto el cuidado de Dios por vosotros es muchas veces más constante, más solícito y más tierno.
«Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». Esto no necesita significar que Dios cuente efectivamente nuestros cabellos y sepa si uno cae de nuestra cabeza y se pierde. Significa que él se interesa en todos los acontecimientos y circunstancias más minúsculos de nuestras vidas. Nada que nos concierna es demasiado pequeño para ser considerado por él. Está cerca de nosotros en todo, ayudando, usando, dirigiendo.
Hay una hermosa historia del Antiguo Testamento que nos ofrece un atisbo de la realidad del mundo invisible que siempre nos rodea. El siervo de Eliseo se levantó temprano y, mirando por la ventana, vio un enorme ejército rodeando la ciudad. Se alarmó mucho y exclamó: «¡Ay, señor mío! ¿Qué haremos?». La respuesta del profeta fue: «No temas; porque los que están con nosotros son más que los que están con ellos». Entonces Eliseo oró para que los ojos del joven fueran abiertos, y tuvo una visión de un mundo que no había visto antes. «¡He aquí, el monte estaba lleno de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo!».
Esto no fue un mero sueño, ni una imagen mostrada a este joven para calmar su temor. Fue un atisbo de una realidad que siempre existe. Si pudiéramos ver las cosas del mundo invisible, descubriríamos que cada vida está rodeada de una protección divina tan real e invencible como la que rodeaba al profeta aquella mañana. Si pudiéramos ver las cosas tal como son, hallaríamos que cada vida está divinamente guardada y cada paso divinamente ordenado. Esto es lo que llamamos «providencia divina». Alrededor de cada vida piadosa, acampan ángeles. En Dios vivimos, nos movemos y somos. «Dios está en el campo — cuando más invisible es».
No sólo Dios está con nosotros en íntima comunión, sino que obra con nosotros. Pensamos que hemos hecho algo bueno o hermoso, cuando en realidad Dios lo ha hecho por medio de nosotros o juntamente con nosotros. Un hombre conducía un día un par de hermosos caballos por el campo. Su hijito se sentaba a su lado y sostenía las riendas entre sus manos. El niño estaba muy orgulloso de su hazaña al conducir. No había notado, sin embargo, que detrás de sus manos estaban también las de su padre. Al tomar una curva en el camino, el pequeño sintió que una de las riendas se le tiraba firmemente de la mano. Ahora comprendió cómo era. Mirando el rostro de su padre, le dijo: «Creía que estaba conduciendo, papá, ¡pero no es así!». Así también nosotros pensamos que conducimos, que hacemos ciertas cosas, ¡cuando no es así! Las manos de Dios están detrás de las nuestras.
Tenemos una ilustración de esta actividad divina en los asuntos del mundo, en el libro de los Hechos, en la historia de Felipe, que fue enviado al desierto. Predicaba en la ciudad de Samaria con gran poder y éxito. Entonces, de pronto, el Espíritu lo dirigió a dejar esa obra y salir solo por un camino del desierto. No sabía a dónde iba ni por qué. Nadie vivía en el desierto. ¿Qué podía querer el Maestro que él hiciera allá fuera? Sin embargo, no hizo preguntas. El relato describe un hermoso heroísmo de fe en cuatro palabras: «Se levantó y fue». Durante un tiempo viajó obedientemente, sin llegar a saber qué quería el Señor de él en aquel lugar solitario.
Por fin vio un carro que cruzaba el desierto. Impulsado por un impulso irresistible, corrió hacia el carro. Al acercarse, vio a un hombre sentado en él, leyendo un libro. El hombre del carro vestía el traje de una persona de alto rango. El hombre a pie sintió el impulso de hablar al noble que iba montado. Así que entabló conversación y le preguntó si entendía lo que leía. Acaso viera en el rostro del viajero una mirada turbada o perpleja. Pronto salió a la luz que el hombre del carro necesitaba con urgencia un guía espiritual. Fue una coincidencia notable: allí estaba precisamente el hombre que el noble necesitaba para enseñarle el sentido de la Escritura que no podía comprender. Felipe se sentó a su lado y le explicó las palabras que leía, mostrándole en ellas una revelación de Cristo.
El encuentro de los dos hombres allí en el desierto no fue accidental. Todo había sido dispuesto divinamente. Vemos claramente la providencia en este caso particular. Por lo general no vemos a Dios con tanta claridad en las experiencias de nuestra vida, pero él está siempre en cada una, tan real como lo estuvo en este caso. Continuamente estamos en medio de providencias divinas. Salimos a un viaje sencillo, sin pensar jamás que pueda tener un sentido además de y más allá de nuestro pequeño negocio o placer, que Dios tiene en él un propósito definido. Al poco rato encontramos a alguien, acaso a un extraño, y descubrimos que el encuentro no ha sido accidental. Hemos sido enviados a esa persona en una misión sagrada. Ella nos necesita; hay algo que Dios quiere que hagamos por ella. No hay encuentros accidentales entre las personas. Dios dispone que ciertas personas crucen nuestro camino en un momento definido. Están desalentadas, y nosotros podemos infundir un poco de aliento en sus corazones. Llevan una carga pesada; no podemos quitarles la carga, pues es un don de Dios, y aliviarles de ella las privaría de bendición y de bien, pero podemos poner nuevas fuerzas en sus corazones y hacerlos así más capaces de seguir adelante con sus cargas.
Se nos dice, justo antes del relato de la mujer junto al pozo, que Jesús «tenía que pasar por Samaria». Cansado del viaje, se sentó a descansar junto al pozo. Esta era la parte humana. Parecía accidental. Entonces una mujer vino al pozo a sacar agua. Esto fue Dios enviando a alguien que necesitaba con urgencia ayuda al que no estaba demasiado cansado para mostrar una bondad que significaba vida eterna para un alma pecadora.
Este es el sentido de todo lo que sucede en nuestras vidas. No hay «casualidad». En la parábola del buen samaritano se nos habla de un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó, y que fue atacado por ladrones que lo despojaron, lo golpearon y lo dejaron a la orilla del camino medio muerto. El relato dice: «Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino». «Por casualidad», es decir, por coincidencia, al mismo tiempo, justo cuando se le necesitaba. Dios envió al sacerdote. Todo estaba dispuesto y cronometrado para que él estuviera en el lugar justo cuando el hombre había sido dejado al borde del camino sangrando, casi muerto. La oportuna llegada del sacerdote por aquel camino en el preciso instante de necesidad es lo que llamamos, con mayor piedad, una providencia.
La gente te cuenta cómo, a menudo, justo a tiempo, sucedió algo que los salvó de un peligro inminente del cual no sabían. Dicen que fue providencial. Esto es lo que significa la palabra «casualidad» en esta parábola. «Providencialmente, un sacerdote bajaba por aquel camino en aquel momento». Continuamente somos enviados, providencialmente, para estar en el lugar de necesidad en el momento de necesidad. No es un accidente que un día te encuentres con un hombre que está en apuros y necesita ayuda. ¿Le diste la ayuda que Dios había planeado y dispuesto que tú dieras al estar allí en ese momento?
No fue la casualidad lo que llevó a Jesús al pozo de Jacob aquel día, justo antes de que la mujer viniera a sacar agua. Dios guio aquel encuentro. Fue providencial, diríamos. Ese es el lado divino del sentido de las palabras: «Tenía que pasar por Samaria». Y Jesús no defraudó a Dios; no pasó de largo por el otro lado. Estaba cansado, tan cansado que no podía seguir adelante, sino que se sentó a descansar mientras sus discípulos iban al pueblo a comprar comida. Podría haber dicho que estaba demasiado cansado para hablar con esta mujer cuando ella vino a sacar agua. Eso es lo que dicen algunas personas, también algunas personas cristianas, cuando, providencialmente, una necesidad humana, un dolor, un hambre del corazón, se cruza en su camino. «Estoy demasiado cansado. Estoy agotado. ¡No me siento con ánimos para hacer nada!», o «Me he puesto la bata y las zapatillas, y no puedo volver a salir esta noche». Pero nunca deberíamos defraudar a Dios cuando, providencialmente, él trae a nuestra mano alguna tarea de amor. Por cansados que estemos, deberíamos levantarnos y hacer la obra, dar el alivio, consolar al afligido, cuidar al huérfano, visitar al enfermo, ser amigo del solitario, cuidar del alma del hombre de quien nadie más se cuida.
La vida está llena de Dios. Él viene continuamente a nosotros. En nuestros días más ligeros nos confronta sin cesar con alguna nueva tarea para nuestras manos. Conocemos a personas como extraños, acaso viajando con ellos unos pocos kilómetros en un tren, o por el centro en el tranvía, y se nos brinda la oportunidad de decir una palabra cuya influencia puede cambiar una vida, mostrando el rostro de Cristo a quien no lo conocía, revelando un pensamiento de consuelo que fortalece a un corazón afligido para seguir adelante con su carga de dolor. Aun los encuentros casuales son oportunidades providenciales, dispuestas por el mismo Dios, para ayudar a sus hijos.
Ni siquiera empezamos a saber cuán santa es toda nuestra vida, cuán llena de Dios. Acaso la persona con quien estás sentado y hablando necesita las palabras que tienes listas en tus labios para decirlas. Son palabras de vida, de vida eterna, que no te da tiempo a pronunciar porque hay tantas palabras ociosas que insisten en ser dichas.
Puede que nunca vuelvas a ver a tu amigo, y por tanto tu despedida, aunque sea solo hasta mañana, según supones, debería ser amable y afectuosa, digna de una última despedida. ¡No sabes si puede no ser la última!
Dios está en cada experiencia de la vida. Si viene la enfermedad, «tienes que» pasar por ella. No es accidental. No ha de ser una experiencia vacía. El tiempo en la habitación del enfermo no está destinado a ser tiempo perdido. Habrá deberes, habrá lecciones que aprender, habrá bendiciones que recibir. Si viene el dolor, «tienes que» pasar por él. No será un camino fácil, pero el «tienes que» lo hará sagrado, el camino de Dios, y si lo recorres con reverencia, con confianza, con sumisión, el camino resplandecerá con la presencia de Dios. Si ha de ser el camino de la muerte, tienes que caminar por él, y el «tienes que» lo hará el camino divinamente elegido para ti, un camino que resplandece con amor y gozo.
Capítulo 5.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: God in our Common Life
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.